sábado, 19 de agosto de 2017

El Bar del Pico


Desde la última reforma el bar ha mejorado mucho, hacía falta sanear el tejado con urgencia, renovar la electricidad y dar un lavado de cara integral a todo el local, especialmente al comedor. Ahora, con la plancha y los pinchos, los fines de semana dan muchas comidas y cenas, hay mucha más gente en el pueblo y el ambiente es más alegre y distendido. Dalmacio quería poner una máquina de lotería primitiva pero eso implica muchos permisos que al final no acabaron de autorizar desde la capital. Burócratas de mierda, jura por lo bajo Dalmacio. Sólo con el papeleo ya era como para quitarle las ganas a cualquiera. Yo pienso que habría sido una buena inversión pero las cosas no siempre salen como a uno le gustaría. La gente que ha merendado en las bodegas, se acerca al bar a tomar el café y el chupito; orujo blanco, hierbas o pacharán, ofrece el tabernero. Yo sigo entretenido con mi gin-tonic. Paco, de donde viene lo de Paquito Caudillo, pregunto a mi amigo Pacopús. Es por su padre. Pero ¿no era preso de guerra? Sí, era preso de guerra pero tenía un bigotillo como Franco y todo el mundo le llamaba Caudillo. Menuda contradicción. Aquí los motes se heredan así que su hijo siempre ha sido Paquito Caudillo. Éramos entonces muchos Pacos, yo soy Pacopús, de la familia de los Puses de toda la vida, también estaban los Tarabillas, los Guindillas, los Matapollos… Pues vaya. Por cierto, ¿de dónde viene el apodo de los Puses? Uf, eso es una larga historia que proviene de mi abuelo y mi bisabuelo, ya te contaré con más calma en otro momento. Tiene que ver con la guerra de Prusia donde estuvo batallando el bisabuelo, pero de eso hace ya muchos años. A ver si te acercas un día por la bodega y echamos un rato. Vino no va a faltar. Yo pienso en la guerra de Prusia intentando ubicarla en el tiempo, creo que debió de ser a finales del XIX, recuerdo vagamente los relatos donde Alphonse Daudet narraba las peleas entre franceses y alemanes. Muchos años y muchas historias; Paco es un hombre muy reservado así que por el momento tendré que permanecer con la intriga. Acabo mi gin-tonic y me vuelvo a casa dando un paseo sin prisa bajo el cielo estrellado. Paco se queda en el bar rememorando tiempos pasados. Recuerdo una foto antigua del bisabuelo cazador, una imagen en sepia de finales del XIX donde aparecía un hombretón con una gran barba sin bigote, botas con polainas, sombrero de cuero y una escopeta entre las manos, pero desconozco si se trata del famoso abuelo que inició toda la saga. La guerra de Prusia, por lo visto, tuvo lugar entre 1870 y 1871. Suena el silbido del tren y los petardos del tío Basilio intentando espantar a los tordos, aúllan los perros del vecino, al fondo asoma una luna anaranjada y redonda que se eleva sobre las colinas del Negredo. Me doy cuenta de que, en realidad, me paso el día caminando, una ocupación muy saludable que me mantiene en plena forma. Caminar y pensar, actividades complementarias íntimamente relacionadas. Las ideas que se agolpan en mi cabeza se organizan por su cuenta en un determinado momento, tejiendo una estructura sólida y compacta que no puedo controlar. Una nube autónoma que viaja por su cuenta en el interior del cerebro. Prefiero no pensar. Es como un puzle que al principio no eres capaz de entender, te sobran piezas, te faltan colores, pero al final todo acaba encajando. Aún me sigue rondando la duda sobre el apodo de la familia de mi amigo, tampoco recuerdo el nombre del marido de la señora Amparo, el simpático bilbaíno de Valbuena que no quiso decirme su nombre. Simplemente "el marido de la Amparo", no se me olvidará.

sábado, 12 de agosto de 2017

El bosquecillo de encinas de Vilandrando


Atravieso de nuevo el bosquecillo de encinas, que a esta hora es como un bosque encantado, y bajo hacia el pueblo guiado por las luces de la carretera. Mucho tráfico de camiones en ambos sentidos. Un incesante río de puntitos, un continuo reguero luminoso que no detiene su movimiento ni de día ni de noche. Humean las chimeneas de las bodegas, sin duda su particular momento de gloria. Cualquiera podría imaginar un poblado troglodítico. El aroma de la leña y los manojos de sarmientos se mezcla con el olor de la panceta y las chuletillas a la brasa. Acacias y negrillos, matas de orégano, tomillo y mejorana, té de monte, manzanilla. Camino entre las zarceras y los espigados respiraderos de las bodegas. Doy un tiento al porrón que me ofrece Teodoro (clarete de Villahán confirma con solvencia) y continúo mi recorrido tras aclarar la garganta del polvo del camino. Tras mi caminata vespertina llego al pueblo con hambre y con sed. Podría comerme cualquier cosa, el clarete de Teodoro y el olor de las chuletillas han acabado de despertar mi apetito. Coincido en el bar con Paquito Caudillo (nunca supe de donde venía su mote tan particular) y le cuento que esta tarde estuve paseando por la Colonia. Paquito vive en Bilbao pero viene por el pueblo con mucha frecuencia. Nació en la misma casa donde hoy se ubica el único bar del pueblo. Cada vez está peor, señalo con pesadumbre hacia las ruinas de la Colonia. Sí, una pena lo del Sanatorio (él sigue hablando del Sanatorio, muy anterior a la Colonia Infantil). Me cuenta que su padre estuvo allí trabajando durante muchos años; en realidad su padre, que era alférez de Marina en Cartagena, fue trasladado como preso de guerra para construir el sanatorio a finales de los años treinta (la primera piedra fue colocada en 1939). Mucho dolor y mucho sufrimiento. Al acabar de cumplir su pena, el padre de Paquito Caudillo se quedó empleado en el Sanatorio que había ayudado a construir con sus propias manos; primero como calefactor y luego como electricista, maquinista y todos los oficios relacionados que se acababan resumiendo en uno solo, cumplir con el trabajo para ganar el sustento diario. Al final se acabó casando con una chica del pueblo y reposa, lejos del mar, en el pequeño cementerio rodeado de compañeros de aventuras y desventuras. Mientras me tomo una cerveza bien fría, Dalmacio me prepara unos huevos fritos con lomo y patatas que devoro con sumo placer. Aquí las patatas son patatas de verdad y los huevos son huevos de gallinas libres de Mazuecos (así se comprende la afición de Delibes cuando, mojado y cansado de patear el campo tras conejos y perdices, se acercaba a tomar unas patatas con carne frente a la chimenea del comedor en aquellos lejanos tiempos en que Benito y Mariángeles regentaban el bar). No hay nada como tener hambre para comer con ganas. Pienso en el pueblo de mi amiga Cris, Mazuecos del Valdeginate y sus tortillas de dieciocho huevos. ¿Quieres postre? pregunta Dalmacio. Claro, quiero postre y café. ¿Tienes flan? Sí. ¿Es casero? Si, casero de huevo. Pues ponme un flan de huevo y un cortado con leche fría, por favor. Al acabar de cenar pido un gin-tonic. Dalmacio, todo un experto desde los lejanos tiempos del Sanga, prepara el hielo, la corteza de limón, la ginebra y la tónica según la clásica receta de Luisito, nuestro común amigo recientemente jubilado. Fundamental la tónica bien fría y el hielo de calidad para no aguar la bebida. Sale Mary a saludar, la mujer se pasa el día trabajando en la cocina, tiene buena mano. ¿Cenaste bien? Fenomenal Mary, muchas gracias. Es viernes y el bar, entre las cenas y las copas, se encuentra muy animado. Tampoco hay muchas más alternativas, realmente es el centro de la comarca.

sábado, 5 de agosto de 2017

El sanatorio antituberculoso


Observo con admiración a este viejito menudo y moreno que sube las cuestas del páramo con su BH plegable de más de 40 años, como si fuera un chaval. Antes la cadena rozaba y sonaba un poco pero desde que la he aceitado va de cine. Hay que tener ganas y entusiasmo. Pienso que cuando llega ese momento en que no deseas nada ni necesitas nada, probablemente sea el instante en que te das de bruces con la verdadera felicidad. Muchas veces no somos capaces de reconocerlo pero esa sensación es la que percibo ahora mismo charlando con este hombre de asuntos intrascendentes. La importancia de las pequeñas cosas. Ale, me voy, que se me hace de noche y aún me queda camino. Adiós, vaya con cuidado, a ver si nos vemos por Valbuena uno de estos días. Con Dios. Cuando quiera, allí tiene usted su casa, no tiene más que preguntar por el de Bilbao, el marido de la Amparo, nos conoce todo el mundo. Un vaso de vino y un rato de charla nunca le van a faltar. Le veo alejarse contento y feliz y me doy cuenta de que no me ha dicho ni su nombre; tendré que recordarle como "el marido de la Amparo", el viejito menudo de la bicicleta. Hay días en que el cielo se empeña en enviarnos algún hermoso regalo; me doy cuenta de que la ausencia de deseo tiene mucho que ver con el descubrimiento de la verdadera felicidad. Definitivamente tendré que acercarme a dar una vuelta por Valbuena. Me interno en el laberíntico conjunto de edificios que forman el complejo del antiguo Sanatorio Antituberculoso dedicado al general Varela (San Fernando 1891-Tánger 1951), ministro del ejército durante la dictadura franquista y un hombre con muchísimo poder en su tiempo. José Enrique Varela, compañero de Franco en Marruecos, comenzó su carrera como soldado raso y la acabó como general, algo verdaderamente inusual en este ámbito; se trata de uno de los pocos militares honrado en dos ocasiones con la concesión de la Gran Cruz laureada de San Fernando, la más alta distinción al mérito militar, por su heroísmo en los combates mantenidos en el Protectorado de Marruecos durante los años 1921 y 1922. Apartado del gobierno franquista tras los sucesos de la Basílica de Begoña (un ataque falangista con bombas en una ceremonia religiosa organizada por los carlistas el 16 de agosto de 1942), fue nombrado Alto Comisario de España en Marruecos y murió de leucemia en Tánger. Su hija Casilda fue la primera mujer de Paco de Lucía pese a la fuerte oposición familiar (se casaron en Ámsterdam el 27 de enero de 1977 y tuvieron tres hijos, Casilda, Lucía y Curro. Veinte años más tarde Paco se casó con Gabriela, una mejicana con la que tuvo dos hijos, Antonia y Diego). Sin darme cuenta me encuentro tarareando de manera refleja la melodía de "Entre dos aguas", una asociación mental automática. El Sanatorio Antituberculoso fue planificado en 1938, la primera piedra se puso en 1939. Recorro despacio todo el conjunto, la entrada señorial y la casa del coronel, la piscina con vistas (parece ser que no había piscina igual en todo el entorno), las galerías al sur donde se soleaban los pacientes, los salones y el cine, las casas de los mandos y las casas de los obreros… En su momento llegó a disponer de hasta 200 camas para los enfermos. Sol y aire puro en pleno centro de la meseta. Cuatro plantas más sótano con agujeros en techos y suelos. Una vez que los gitanos y chatarreros se llevaron todo el hierro de los forjados, cayeron pérgolas y techumbres y los edificios se fueron viniendo abajo, uno tras otro, como fichas de dominó. Un antiguo ascensor, roto y oxidado, se esconde en el sótano. Lamentable imagen de desolación y abandono. Me hago una ligera idea de conjunto, imposible imaginar con certeza cómo podría haber sido todo esto en sus tiempos de esplendor.

sábado, 29 de julio de 2017

El amigo de los abejarucos


Miro a mi nuevo amigo de arriba a abajo, se trata de un hombre flaco y fibroso, menudo, con sus alpargatas de esparto y su gorra de lona con la propaganda de John Deere, probablemente la más famosa marca de maquinaria agrícola desde su fundación por un herrero de Illinois en el año 1837. Se conoce que no tiene mucha prisa. Ahora que se acaba de jubilar, me dice que pasa largas temporadas en el pueblo, libre como un pájaro y sin obligaciones de ningún tipo. Sostiene que le llega con lo que tiene y que no necesita nada más, mientras una enorme sonrisa ilumina su rostro. Un hombre satisfecho con la vida y con el destino que le ha tocado en suerte, sin duda lo mejor que podía haberle ocurrido. La gorra, ya gastada por el uso, es amarilla y verde como los abejarucos, los guardias civiles y los pitos reales, el pájaro carpintero más común en la zona. Me fijo en el logo enmarcado en el frontal de la gorra; representa un corzo saltando: "Nunca doy mi nombre a un tractor que no encierra en sí mismo lo mejor de mí mismo". Un verdadero innovador el famoso herrero de Illinois. El hombre sigue diciéndome que le gusta el campo y que sale todos los días a caminar o a pasear en su bici, su mujer es más casera, no hay quien se haga con ella, afirma convencido. Entiendo que le gustaría que su mujer le acompañara en sus paseos diarios pero cada cual tiene sus preferencias y no siempre es fácil ponerse de acuerdo. A ella le gusta ir a Misa y charlar con las amigas, a mi me gusta salir al campo, no hago mal a nadie, qué le vamos a hacer. Todavía se aprecia el fuerte deje extremeño que no ha perdido, a pesar de tantos años fuera de su tierra. Mi primera impresión, y no me suelo equivocar, es que se trata de un hombre recio y austero. El camino del río es muy llano, continúa explicándome con parsimonia, pero el que sube al páramo tiene su desnivel y sus curvas y eso me gusta porque me obliga a esforzarme. Conozco bien ese camino, apostillo con confianza, sale desde el cementerio, pasa junto a la ermita de la Soledad y las ruinas del molino, y sigue paralelo al río durante un buen trecho. Creo que también hay unas ruinas que debían pertenecer a un convento o monasterio. Sí. La iglesia de san Martín de Tours y las ruinas del convento de san Miguel justo a la salida del pueblo, puntualiza con seguridad. Ya no queda casi nada. ¿Conoce el vallecito de san Vicente? No se lo pierda, es una maravilla. Claro que conozco el vallecito de san Vicente, una vaguada secreta donde se esconden los corzos y los jabalíes, lo he recorrido muchas veces en ambos sentidos, he bajado desde los Corrales del Peón y desde el cruce de la Quinta, un antiguo convento abandonado donde una sola pared se mantiene en pie, me he refrescado en la fuente de Canalejas, he hablado con los pastores y me he refugiado en sus chozos de paja o de piedra, conozco también el camino de las Monjas, hay que ir con precaución pues colocaron un montón de colmenas y está todo lleno de carteles señalando "Cuidado, abejas". Uno, ante este tipo de anuncios, no sabe muy bien cómo reaccionar... Avisado estás, aunque no sepas qué hacer para evitar la picadura de un insecto cabreado. El hombrecillo se ríe, me habla de los pájaros y de los árboles, de los tonos metálicos de los abejarucos y de la astucia de los raposos, de las águilas y los milanos. Antes de salir de su pueblo trabajó de pastor. Ahora, que ya ha completado su ciclo de su vida, dice vivir de prestado (lo mismo que en su momento me explicaba mi abuelo y que mi abuela no quería acabar de entender), disfrutando de su tiempo libre con toda la intensidad posible. Ese es el secreto, mi nuevo amigo no necesita nada, es feliz con lo que tiene y con lo que le depara el destino.

domingo, 23 de julio de 2017

El viejo puente de piedra


Salgo de casa, atravieso el río por el viejo puente de sillares de caliza y saludo a sus solitarios e inmóviles leones. El puente, de origen romano, está iluminado por dieciocho ojos de piedra. Recorro sus múltiples arcos, cegados por innumerables restos de la última riada, y contemplo los tajamares donde el agua rompe con fuerza. A un lado la tranquilidad de la isla con sus alisos, sauces y fresnos, al otro los chopos y los rápidos del río con sus corrientes espumosas donde gustan solazarse los peces. A mano izquierda destaca el cuérnago con su caz que se dirige hacia el antiguo molino de luz, junto a la herrería y el taller. Dicen que el molino pertenecía a la familia de don Mariano, un sabio a pesar de su precoz ceguera infantil; la fábrica de luz producía la energía eléctrica necesaria para el alumbrado, siendo capaz de surtir de electricidad incluso a los vecinos de Villandrando y a la cercana Dehesa de Cordovilla. La única construcción que destacaba al otro lado de la actual carretera era el hoy arruinado matadero, claro, la carretera principal pasaba por medio del pueblo y entre las últimas casas y el río no había otra cosa que campos de labor. Al otro lado del puente se extiende el monte con las bodegas a sus pies. Desde el pueblo se adivinan los tejados del Sanatorio medio ocultos por la vegetación. Algunos de los presos obligados a trabajar en su construcción, posteriormente trabajadores del Sanatorio, se acabaron casando con chicas del pueblo y formaron familias con renovada sangre aportada por la nueva juventud instalada a la fuerza lejos de su tierra. Dicen que hubo fusilamientos al pie del monte Ramírez. Imposible escapar al destino. Frente a la alternativa de la muerte no queda más remedio que resistir, eso es lo que hacía toda esta gente. Resistir y sobrevivir como mejor podían. Me dirijo al barrio de las bodegas; continúo por el camino de la Peñuela y atajo por la senda que atraviesa el bosquecito de encinas para salir directamente a las casas de la Colonia (yo soy de los que siguiendo diciendo la Colonia), justo en la curva de la carretera que sube al páramo de Valbuena (el Valle Bueno que señalan los mapas antiguos). A la derecha el talud de los abejarucos, de frente los restos de la antigua cantina del señor Serrucho y el camino de tierra que se dirige a las ruinas. Los guardias pasan despacio a bordo de su coche patrulla, suelen recorrer la zona con frecuencia. Nos saludamos con un gesto, aquí nos conocemos todos. Parece que se dirigen a las Casas de Polanco, en lo alto del páramo. Me cruzo con un abuelo que sube la cuesta apoyado en su vieja bicicleta. Ni cambios ni aluminio, puro hierro del de toda la vida. El hombre no me suena de nada, creo que nunca antes nos hemos visto, suelo ser buen fisonomista y no es fácil que se me olvide una cara conocida. Me cuenta que es de Valbuena, que le gusta hacer deporte y que ha bajado muy bien (a pesar de los baches, el mal asfalto y la ausencia de arcenes) pero ahora que el camino se vuelve a poner cuesta arriba, ha tenido que apearse y continuar empujando la bici. Me explica que siempre le gustó montar en bicicleta y que, a pesar de la edad, aun conserva buena agilidad y reflejos. Doy fe, parece que se mantiene en muy buena forma. En realidad la de Valbuena es mi mujer, puntualiza muy ufano, él es de un pueblo muy pequeño de Extremadura pero viven en Bilbao desde hace más de cincuenta años. Ya sabe usted, en aquel tiempo había que buscar trabajo donde fuera para escapar del hambre y la miseria. Difíciles años de posguerra donde todo escaseaba y había que trabajar duro por sacar un jornal con que alimentar a la familia. Las hijas, vascas casadas con otros vascos de Castilla, Extremadura y Andalucía, hace ya tiempo que viven la vida por su cuenta.

domingo, 16 de julio de 2017

Volvemos por Las Negras


Amanece un día gris con retazos de cielo azul. El poniente sopla con fuerza agitando las copas de las palmeras (hasta ahora soplaba el levante pero de repente cambia la dirección del viento). Pasan los días, uno tras otro, en medio de la tranquilidad y el silencio. Las Negras o Agua Amarga, dice la chica de la oficina de información; en Cabo de Gata estarán volando. Imposible ir a la playa con este cielo y este airón; decidimos visitar el interior. Coincidimos con Javi y su familia en el precioso vivero a la salida de Níjar: “Cactus Níjar es-Cultura” con las magníficas piezas de Anne Kampshulte alegrando el jardín. Anuncian el concierto gratuito del próximo sábado, uno de julio. Toni nos enseña sus cactus y sus olivos, fuerza de la naturaleza a través de la luz y el sol. Algunas plantitas para África (lithops, Faucaria tigrina y Pleiospilos nelii rubrum, de intenso color rojizo). Habrá que reorganizar nuestro jardín. Tendré que reponer algunos ejemplares pues la maceta de los lithops se está despoblando, los chochillos (Pleiospilos) y las portulacarias van bien, los aloes se recuperan despacio y los kalanchoes se multiplican de forma viral. Poco riego y mucha luz, insiste el chico que nos atiende. Ni una gota en invierno, en verano admiten mayor frecuencia de riego pero es fundamental un buen drenaje (los lithops son de poco agua y pocos amigos). Los cactus soportan bien el frío pero no aguantan las heladas; una vez se congela el tejido, la planta se desintegra (como el aloe en Vailima el pasado invierno). Delicadas mimosas, higueras y falsos pimenteros; esta vez no veo ni un solo granado. Javi escoge un pequeño olivo para la terraza de su casa. Trabajar en un jardín debe ser muy reconfortante. Javi tiene intención de acercarse a Agua Amarga, nosotros paseamos un rato por Níjar. Hace calor. Visitamos las tiendas de cerámica, tomamos unas cervezas en el Bar Ortiz, en el cruce de la avenida con la calle de las Eras. Las tapas son distintas cada día, nos dice la camarera, una chavala muy amable con un corte de pelo a lo chico y tatuajes espectaculares. Entre unas cosas y otras, olvido preguntar su nombre. Con las cervezas y las tapas (carne al ajillo, bonito encebollado, bacalao con tomate...) comemos muy bien. En la alfarería habitual encontramos algunas piezas que nos llaman la atención: un enorme botijo de barro rojo y una marmita para cocinar. La chica que nos atiende nos explica que el botijo es de Alicante y la marmita de Albox (o de Sorbas, no recuerda bien); un barro especial que soporta altas temperaturas (nos recomienda sumergirla en agua toda una noche antes de utilizarla). Calidad a precio razonable: diez euros el botijo y doce la marmita con tapa (que imagino sobre la estufa de Vailima cociendo a fuego lento con alubias, oreja, ajo y laurel). En el antiguo Coral, el 11 de la avenida principal, nos ofrecen una mesa de teselas a mitad de precio (esas mesas de mosaico tipo marroquí). Elegimos la de color granate, más discreta que la verde o la azul. La idea sería montar un rincón en la cocina donde desayunar sin prisas. Volvemos por Campohermoso y Las Negras, un recorrido más largo pero bastante más entretenido. Atravesamos las minas de oro, subimos la Amatista y alcanzamos San José. La silueta azul de los Frailes domina el entorno. Las nubes ocultan el sol pero el aire corre como si hubieran encendido un ventilador y las hojas de las buganvillas invaden la piscina con sus diferentes tonos y colores. En la playa apenas hay gente, la arena volando a cada lado acaba siendo molesta. Volvemos a El Faro; berenjena con miel, calamar en aceite y gallopedro frito tal y como nos sugiere Alejandro (dice que resulta más jugoso). Saetías blanco de la zona. Todo un acierto. Cafés y chupitos por cuenta de la casa. Nos despedimos del Cabo con una cerveza artesana en la Abacería.

martes, 11 de julio de 2017

Por el jardín de Rodalquilar


Un rato en la playa del Peñón Blanco en La Isleta del Moro Arráez. Tierra de piratas y berberiscos donde destacan las atalayas, torreones y castillos defensivos a pie de costa. Palmeras y palmitos, la única palmera autóctona europea, crecen desaforadas en el mejor ambiente que pudieran encontrar. Una acacia de las cuatro estaciones nos alegra la mañana. Recuerdo a Bianka, la palmera que lleva toda una vida con nosotros y que desde 2001 no para de crecer, prisionera en una maceta de la que no resulta fácil escapar. Azufaifos y algarrobos en el jardín del Albardinal, matorral desértico (cornicales, lentiscos, cambrones, espartos, rascamoños, hierba del rocío) junto a olivos centenarios, encinas y granados. Destaca un bosquecito de algarrobos jóvenes, también algunos acebuches pequeños que crecen invadidos por la cochinilla algodonosa. Rosa nos avisa que cierran a la una, por no dejarnos encerrados (no sería la primera vez, indica con sorna). Imposible instalarnos en el Playazo con el aire que sopla. Nos acercamos a saludar a Fidel, tenemos suerte, nos dice que cierra los lunes y los martes por cuidar de su pequeña. Fidel está como siempre; le preguntamos por Mariloli, hace tiempo que no la ve, vive al otro lado del pueblo. Va bien. Monique ha vendido su restaurante y se ha instalado en Marruecos con su novio. Charamos un rato, tomamos unas cañas. Rodalquilar está precioso, el arte invade las calles. Aprovecho por sacar algunas fotos con el móvil. La Despensa, la tiendecilla de vinos, sigue funcionando a toda máquina (uno de los chicos nos dice que abren todos los días del año a partir de las ocho y media de la mañana). Nos acercamos a Las Negras pero resulta imposible tomar nada, el mar está picado y la gente se concentra en bares y terrazas. Conseguimos tomar café en La Sal, moderno y agradable restaurante frente al mar con lámparas de esparto y cuadros de chumberas. El pueblo está en obras, se nota que se andan preparando para el verano. Hace mucho menos aire que en San José. Un gato se estira sin ningún pudor a la puerta de una tienda de recuerdos. Me llevo el Eco del Parque de la pasada primavera, la revista que edita periódicamente la asociación de amigos del parque natural (descubro que también es posible consultarla en Internet). Un hombre vende colgantes de piedritas de la cala de san Pedro con iniciales en plata. Volvemos a San José. A última hora de la tarde repetimos cerveza artesanal en la Abacería; Blanca me regala una bonita bolsa de cuero que encuentra en una tienda en la misma calle (moda, cuero, vestidos y regalos). Caminamos hasta el pequeño puerto marítimo al otro lado del paseo. Encontramos a Javier con su perro de aguas, atiende por Niki y es muy gracioso y juguetón. Cena en El Faro: timbal de verduras, sargo a la brasa y tarta casera de queso, con un blanco frío de Laujar (macabeo de la ribera del Andarax, en la Alpujarra almeriense). Nos atiende Alejandro, un muchacho muy simpático y profesional. No acabo de distinguir los pargos de los sargos. Alejandro nos explica que el sargo (Diplodus sargus) es un pescado de roca de color plata que se alimenta de lo que va encontrando en los fondos marinos, en cambio el pargo (Pagrus pagrus) es un tipo de besugo de coloración más rosada y carne más seca, que también se conoce como urta o bocinegro. Saludamos a Darly, la jefa, dice que se acuerda de nosotros y nos da muchos recuerdos para Marisa. Nos acercamos al Pirata Maimono por cerrar la noche. Gente por todos los sitios. La cena me ha dado sed, me tomo un par de cervezas. El paseo de vuelta al hotel, con la tranquilidad de la noche, resulta especialmente agradable. Corre el aire perfumado por el aroma de la flor del jazmín.

miércoles, 5 de julio de 2017

La playa de Genoveses


Después de desayunar y comprar el periódico, paseamos hasta Genoveses, una de las playas más hermosas de todo el entorno. Genoveses es de las pocas playas con sombra junto con la preciosa cala de los Toros, agazapada en un bosquecito de pinos y palmeras (también conocida como cala del Barranco Negro). En cualquier caso siempre se puede encontrar algún hueco protegido entre los paredones de roca cuando pega mucho el sol. El tiempo discurre sin prisa, entretenidos sin ninguna ocupación especial. Luce el sol, la mañana es agradable. Los coches se atascan a la entrada del parque esperando su turno de entrada. Fotografío el molino contra el cielo azul, los pitacos y la rambla. Las ruinas de los cortijos se deshacen como castillos de arena. La playa está tranquila, corre una suave brisa que riza la superficie del agua. Azul contra azul. Un velero se balancea en medio de la ensenada. Algunas fotos mientras me resguardo del sol implacable bajo la sombra de los eucaliptos. Leo, descanso, miro el mar hasta perderme en su distancia infinita y azul. El calor es sofocante, el agua está caliente pero no hay mucha gente y el descanso en la playa resulta reparador. Una tropilla de peces pequeños se acercan a saludar. Sigo la línea de la costa con la vista, imagino los contornos quebrados de Cala Amarilla, Cala Príncipe y el Barronal. Una pareja bucea en la zona rocosa a la izquierda de la playa, se conoce que debe haber mucha vida marina pues parecen emocionados. Las piedras emergen cubiertas por el verde de las algas. Un hombre de pelo blanco presume de haber visto un mero de medio metro pero ante las incongruencias que manifiesta me da la impresión de que más bien ha podido soñarlo. Sus dos hijas veinteañeras, guapas y distantes, toman el sol sin prestarle ninguna atención. El hombre se ajusta un viejo sombrero de paja y se sienta en una toalla al sol sin quitarse siquiera la camiseta con la que ha estado buceando. Su mujer tampoco parece hacerle ningún caso. Pienso en una posible ocupación que me permitiera vivir sin trabajar aunque en ese caso nada sería igual. Me propongo caminar con asiduidad, un reto fácilmente asumible. Dejo vagar la imaginación con total libertad, una vida fácil y sencilla cerca del mar. Hace calor así que nos retiramos prudentemente a descansar; el sol de las horas centrales del día es tremendamente dañino y hay que cuidarse. Volvemos caminando por el estrecho sendero que conduce hasta el molino, un buen atajo respecto al camino habitual que discurre por el acantilado al borde del mar. Las sencillas flores de papel, blancas y azules, crecen a ambos lados de la senda entre pitacos y chumberas (se trata de un tipo de limonium endémico de la zona). Calor y moscas. Paramos en la terraza del Pirata Maimono por tomar una cerveza y picar algo; después del vigoroso paseo bajo el sol, llegamos sudorosos y sedientos. Escribo a Juan, a Jareck y a Ruth, hoy en día con el Internet se llega a todas partes. A última hora nos acercamos a comprar provisiones de primera necesidad. Encontramos sal, vino y aceite en una de las tiendecillas del pueblo; Tetas de la Sacristana, un tinto de Laujar (Fondón) en la Alpujarra almeriense, el "jaén blanca" de Cristina Calvache y una botella de Flor de Indalia (coupage blanco con vermentino, macabeo, chardonnay y sauvignon blanc), de la ribera del Andarax. Dicen que el vino de la Sacristana marida muy bien con el arroz con setas, el civet de liebre o el pichón asado, también con las legumbres estofadas y los quesos curados. Habrá que probarlo. Cenamos en la Abacería: cerveza, ahumados y carpaccio de atún rojo; compramos aceitunas rellenas, vino espumoso tipo sangría y vinagre de higo de la Chinata. Sin duda una agradable experiencia. Habrá que volver.

viernes, 30 de junio de 2017

Una semana en San José


Unos días en el Cabo de las Ágatas, un paraíso junto al mar, por desconectar de la rutina diaria. En el solsticio de verano los días son largos y luminosos, uno de los escasos sucesos mágicos que ocurren a lo largo del año, sin duda un acontecimiento atávico y ancestral. Allí, al borde del mar, soy capaz de detener el tiempo y pararme a pensar, me encuentro conmigo mismo, un ejercicio mental que resulta muy útil practicar de vez en cuando. Hace ya cerca de un año de nuestra última visita y sin duda se echa de menos (quizá influya en ello la existencia de mis genes mediterráneos). Salimos temprano desde casa; parada técnica en Albacete por visitar el Pasaje de Lodares y comprar alguna navaja curiosa. Esta vez me decido por una navaja de bolsillo con las cachas de avellano del famoso fabricante Miguel Nieto (con hoja de acero AN58); el vendedor me desaconseja la de encina o la de olivo por ser una madera más blanda, aunque yo siempre había pensado en la superior dureza del olivo. Se conoce que tenía en mente venderme la de avellano, que en cualquier caso resulta muy hermosa además de práctica y funcional. Desayunamos en el Antiguo Casino (café y tostada de tomate), como tenemos costumbre. En el escaparate de Simón, en Tesifonte Gallego, descubro una navajita de olivo, en este caso una Jocker en acero 440, de calidad superior. Poco antes de llegar a nuestro destino repostamos en la estación de servicio de la Venta del Pobre, justo a la entrada del parque sobrenatural. Se nota el olor a sal por la cercana presencia del mar. En la playa hace calor, hay gente por todas partes, las terrazas y los bares están bien concurridos. Nos reciben los salmonetes, los chopitos y las cervezas en la terraza de El Emigrante. Descansamos un rato en la piscina del hotel; el día está siendo muy caluroso así que me subo a la habitación y enciendo el aire acondicionado. Blanca tiene ganas de playa pero a mí la tarde se me hace muy larga y prefiero entretenerme con mis escritos y mis lecturas. Releo el relato sobre la Estrella del Pastor, un conjunto de vivencias y sensaciones escritas hace unos años, ilustrado por el ojo de mi cámara. El tiempo pasa sin apenas darnos cuenta, los años no perdonan. Esta noche reservamos en La Gallineta (Scorpaena scrofa), por celebrar la noche de san Juan haciendo algo diferente. Un sitio selecto que nunca defrauda. Una chica muy simpática nos explica que cuidan su propia huerta donde crece el cebollino y otras hierbas. Ensalada verde con huevo poché, pipas de girasol y virutas de jamón, lomos de sardina ahumada y crujiente de pescado estilo Estambul con una botella de Flor de Indalia, un blanco muy frío de la ribera del Andarax. Sigue haciendo calor, nos atacan las moscas a pesar de intentar espantarlas con un ventilador. Están muy pesadas, quizá sea su hora, la caída de la tarde es el peor momento del día (no nos dejarán tranquilos hasta que no entre definitivamente la noche). Finalizamos la cena con un sorbete artesanal de hierbaluisa, la hierba que huele a limón. El paseo está muy animado. Conocemos a Enrico, un italiano que vende fósiles y piedras semipreciosas en un puesto frente al mar. Compramos un llavero de ágata y otro de ojo de tigre. Las piedras preciosas conservan en su interior toda la fuerza de la naturaleza. Enrico nos dice que es amigo de Manuma, el fotógrafo, que también vende piedras en el aparcamiento frente al faro del Cabo y el arrecife de las Sirenas. Al lado una chavala expone diferentes extractos de aloe puro, el gel que habitualmente suelo usar para el cuidado de la piel. La textura y el olor son agradables así que me llevo el envase de un litro, mucho más económico en proporción que las presentaciones más pequeñas. Ni rastro de Manuma en esta ocasión.

viernes, 23 de junio de 2017

El ventano de Antequera


He comprado un ventanuco viejo en Cabra, Córdoba, en una de esas tiendas virtuales que pululan por Internet. Los habitantes de Cabra se llaman egabrenses, una de las habituales preguntas que me planteaba Clemente cada fin de semana, junto con el nombre de los habitantes de Madagascar o el cotidiano repaso de las diferentes capitales europeas (antes de la disolución de la federación rusa las capitales europeas eran muchas menos pues en el territorio ruso no había que memorizar nada más que Moscú). Una tienda virtual en el gigantesco mercado global donde me ofrecen una ventana tan real y verdadera como la vida misma. Por las fotos ya tiene unos pocos años y una larga vida recorrida. El contacto con el vendedor es sencillo e intuitivo a pesar de que nuestra edad nos impida la agilidad de los auténticos nativos digitales. Después de algunos tanteos ajustamos un precio razonable que satisface a ambas partes (lo importante es quedarte con la sensación de que no te engañan y de que pagas lo que el producto se merece). “Magnífica compra y a muy buen precio”, señala el vendedor en su mensaje de confirmación (yo pienso que habrá que esperar para comprobarlo, el problema de Internet es que compras sin tocar el producto y a veces puedes llevarte desagradables sorpresas). En cualquier caso me da la impresión de que se trata de una buena compra. Poco más de cinco euros por el transporte a través de mensajería exprés. El vendedor puntualiza que la ventana es del siglo XIX, cualquiera sabe, quizá una coletilla por intentar atraer mayor interés. Enseguida recibo el pedido, embalado y protegido como si fuera una momia egipcia. Mauricio lo recoge esta misma mañana. Me doy cuenta de que la ventana está más deteriorada de lo que yo pensaba, la madera está muy vieja, cuarteada y reseca tanto por los años de vida como por la falta de mantenimiento periódico (la madera bien cuidada es eterna pero una vez abandonada, se deteriora rápidamente). La reja está oxidada pero resulta muy curiosa, en realidad no son más que tres hierros de forja de apenas cincuenta centímetros que se entrecruzan definiendo seis perfectos rectángulos regulares; uno de los hierros, el horizontal, tiene dos orificios por donde entran los dos hierros verticales. El ventanuco, por lo visto, procede de Antequera, a unos 65 kilómetros de Cabra. Aparte del marco de madera con su reja de forja, también conserva el viejo cuartillo que servía para cerrar la ventana. Las bisagras son modernas, el hierro está completamente oxidado y la madera tiene restos de pintura que se desprende en capas nada más tocarla. Mucho trabajo por delante. Habrá que limpiar bien todo el conjunto, decapar y quitar la pintura muerta, sanear y tratar la madera con productos especiales para combatir carcomas y polillas. Lo peor es la mala conservación de la madera, sometida durante años a la más cruda intemperie sin ningún tipo de protección. Pacopús, que entiende un montón de antigüedades, me dice que va a ser difícil recuperarla (de todas maneras yo tengo mucha fe en su buen hacer). Es cierto que en estos momentos da la impresión de una ventana de cartón piedra; sin duda el aceite o la grasa ayudarán a intentar darle una nueva la vida. Tras la limpieza y restauración, tengo intención de tratarla con una mezcla de aguarrás y cera virgen, una combinación que nutre su in1terior y realza los mejores brillos proporcionando protección contra los elementos atmosféricos. La idea sería colgarla en la pared de la caseta que da a la zona de la pérgola, al otro lado de la casa-nido de corcho que puse para los pájaros. Un trompe-l’oeil o trampantojo en primera persona (ilusión óptica que hace creer ver algo distinto de lo que en realidad se aprecia). Iremos viendo.

viernes, 16 de junio de 2017

Mi segunda oportunidad


Han transcurrido ya más de cuatro semanas desde mi absurda caída de un taburete y de mi golpetazo en la cabeza; afortunadamente un incidente sin consecuencias aunque, de haberse complicado, el resultado podría haber sido fatal. Sigo sin recordar absolutamente nada ni de la caída ni de las dos horas posteriores; la contusión ha desaparecido, la cefalea y el aturdimiento pasaron y el TAC cerebral resultó normal. Pensándolo fríamente, podría haberme matado. Ahora lo que tengo que hacer es aprovechar el tiempo, disfrutar de la vida e intentar ser feliz, algo que depende exclusivamente de mi. Es el momento de poner al día mi innumerable lista de deseos: viajar y escribir, caminar por la montaña, hacer fotos, leer, cuidar el jardín, mantener el blog, montar en bici, cocinar, pasear por el campo, hacer deporte, estudiar inglés, tocar la guitarra. Montones de cosas sencillas que me hacen disfrutar y para las que necesito mucho tiempo y poco dinero. El secreto consiste en disminuir las necesidades y vivir con menos para poder dedicarnos en conciencia a todo aquello que nos hace felices. Cobran especial importancia pequeños placeres hasta ahora inadvertidos, una copa de vino, una hermosa puesta de sol, un paseo por el bosque. Siempre hay posibles alternativas. Pienso en Gary, un amigo jubilado que se dedica a pintar y a viajar por el mundo; también pienso en Pepe y sus diferentes “caminos”, una obsesión, una manera elegante de escapar a la rutina diaria. Simplemente disfrutar y vivir. Yo también aspiro a vivir de las cosas que me gustan y a las que estos amigos dedican su tiempo y sus esfuerzos de manera habitual. Sin embargo, me doy cuenta de que voy dejando pasar el tiempo sin modificar nada en absoluto. La vida es demasiado corta, cuando quieres darte cuenta la mayor parte del tiempo se ha consumido y ya no queda nada más. Es como cuando alguien se muere y desaparece para siempre, no hay vuelta atrás. Esto tiene que cambiar, quizá se trate de una quimera, una entelequia, pero lo cierto es que no puedo seguir así. El cambio ha de ser ahora, no puedo esperar mucho más pues el tiempo discurre de manera inexorable. “Tempus fugit” recordaba Clemente a la menor oportunidad que se le presentaba. Diez años, dos años, incluso un año se me hace un futuro muy lejano. La única vía consiste en fijar un objetivo, marcar los pasos y seguir avanzando. Me doy cuenta de que la vida me ha dado una segunda oportunidad y tengo que aprovecharla, es un tren que no puedo dejar escapar. Me viene a la cabeza la historia de Scott, un joven emprendedor que una vez que consigue vivir de sus sueños, toma un año sabático y fallece de manera accidental subiendo al Kilimanjaro con su mujer. No sé si es mala suerte o si el destino cruel castiga con dureza a quienes intentan escapar de una vida ordenada y convencional. Scott, al menos, intentó vivir sus sueños en primera persona. Pienso que cada persona tiene un don, un súper-poder que le convierte en alguien especial. Todos somos personas especiales. Lo importante es encontrar tu lugar en el mundo, hacer lo que te gusta y ser capaz de transmitir emociones. La emoción es la palanca del cambio, algo que ayuda a conseguir todo aquello que uno se propone (siempre dentro de un orden). Ese es el secreto, transmitir emociones. Llegados a este punto, decido cambiar mi vida. Tengo claro que soy el único dueño de mi destino. Las ideas más locas bullen en el interior de mi cabeza, dudo entre irme a vivir al campo, dedicarme a viajar o montar una librería virtual en Internet. Es el momento de perder el miedo y hacer caso a nuestras emociones más profundas. Es mundo es de los valientes. Hay que ser capaz de atreverse a intentarlo, está en nuestras manos. No podemos dejar de soñar.

domingo, 11 de junio de 2017

Al mercadillo de los domingos


Hoy sopla el aire con fuerza y el cielo amanece completamente gris. Vuelan las nubes dejando caer chaparrones ocasionales con una periodicidad difícil de adivinar. Me levanto temprano y me acerco al mercadillo con los amigos, Evelio y Pacopús, más que nada por dar una vuelta y estirar las piernas. Irenio anda ocupado, trabaja en la huerta justo a la salida del pueblo, se conoce que está preparando el terreno para los pimientos. Parece un milagro pero su nogal es de los pocos que han resistido las heladas tardías que han arrasado toda la comarca. Apenas veinte minutos de viaje. Damos una vuelta por la plaza, compramos el periódico (que hoy viene con un librito de Chema Madoz, un verdadero poeta visual) y tomamos café con churros. Evelio, que acaba de sufrir un infarto, pide un zumo de naranja natural. Paco me cuenta que ayer cenó un revuelto de setas y una de sus codornices escabechadas, lástima no haber coincidido. Paseamos por el mercadillo y charlamos con los gitanos, ocupados en montar los puestos. Me llevo una argolla de las que había antes a la puerta de las casas para atar los burros y las caballerías. Me piden tres euros, no me parece mal. Tengo intención de colocarla a la puerta de la Caseta. Paco se lleva una badila y algunas chapas para sus relojes. Saludo a Julián, es un artista, cada vez trae menos libros y más trastos, hoy viene con un montón de videos y discos antiguos. La mesa, coja e inestable, no parece que vaya a aguantar todo lo que va echando encima. Un par de libros bajo una de las patas ayuda a estabilizar el conjunto. Me fijo en un serrucho pequeño con el mango de madera, intentando que no se me note mucho interés. Parece antiguo. ¿Cuánto pides por el serrucho? Estoy pidiendo veinte euros pero a ti te lo doy por quince. Ofrezco diez pero el paisano no parece tener ninguna intención de rebajar el precio; a mí me parece un poco caro así que lo dejo estar. Jose tiene algunas llaves viejas pero las vende muy caras. Las mejores son las huecas, me dice Paco, que entiende de todo. La mujer de Jose lleva un puesto libros viejos; un muchacho más joven ha traído un par de bicicletas, son bonitas pero no valen más que para decoración. Me entero que uno de los gitanos, un hombre muy tranquilo que habla bajito y pausado, es pastor evangélico de la comunidad. Sin duda el más alto y elegante de todos. Vuelve a llover, nos resguardamos bajo los soportales. Evelio se interesa por todo, hace tiempo que no viene y se le nota excitado. Al final se lleva una romana con su pilón, una aldaba de hierro con la Mano de Fátima y un par de carburos de los que antiguamente se usaban en las minas. Encuentro un pequeño martillo muy curioso, curvo y picudo, que no se bien para qué podía servir; Paco dice que sería para picar las paredes en las bodegas. Está oxidado y parece muy antiguo. Después de pasar una agradable mañana nos volvemos a casa. Subimos por la carretera del páramo, un itinerario más entretenido pero mucho más hermoso; la luz es increíble, las encinas destacan entre campos de amapolas y un cielo recién lavado por las nubes primaverales. Al volver a Villa Odoth, Feliciano sanea su campo donde la hierba crece sin medida (Feliciano es un hombre muy trabajador que no respeta ni las fiestas de guardar). Cuando dejas de cuidar los árboles, se acaban asilvestrando y se pierden de manera irremediable, comenta con mucho conocimiento. Sigue chaparreando. Feliciano tenía idea de ir preparando la huerta pero con la que está cayendo tendrá que dejarlo para otro día. En misa hoy hay cuatro gatos. La señora Alejandra anda con mareos y se ha quedado en casa. Al acabar la misa nos acercamos al bar, bastante más concurrido que la iglesia. La vida sigue. Calmo la sed con una cerveza y disfruto de un verdejo fresquito que me aclara la garganta.

martes, 6 de junio de 2017

De Milagros a Villa Odoth


Retomo el Diario del Absurdo tras un año de abandono por diversas circunstancias. Volvemos a Villa Odoth por pasar el fin de semana desconectados del mundo. Cuando las tripas comienzan a protestar, paramos en Milagros y comemos unos huevos fritos con morcilla, el plato estrella de la casa con permiso de las chuletillas y el cordero asado (“El lagar de Milagros” es un sitio precioso donde merece la pena detenerse un rato, sentarse y contemplar despacio todos los trastos antiguos que decoran el local mientras esperas la comida). Coincidimos con un motorista que aparca a nuestro lado y se sienta en la mesa contigua. La Harley que lleva es una preciosidad. Una vez acomodado, pide una Mica, una cerveza artesanal tostada que hacen en la zona. El motorista lleva una camiseta negra de la Bripac, se conoce que debe ser paracaidista. Con la parada el viaje se hace mucho más corto y bastante más divertido. Nada más salir del restaurante se pone a llover de manera desaforada (yo pienso en el motorista, que tendrá que quedarse un rato hasta que escampe). Hay mucha agua en la carretera, las cunetas se llenan de lodo y el verde de las hojas de las viñas destacan contra el gris plomizo del cielo. Subimos por la Ribera del Duero (Anta, Ventosilla, Pagos del Rey), Villafruela y Royuela de Río Franco, hasta alcanzar el molino de Escuderos a través de una carretera solitaria y preciosa donde descubrimos el bosque de Retortillo y sus viejas encinas retorcidas. No tenemos ninguna prisa así que llegamos a casa a media tarde. Sol y nubes, está todo muy mojado, se conoce que por aquí también ha llovido con ganas. La casa del Coyote crece de día en día. Vailima es mi casa en Villa Odoth. La temperatura es buena pero estamos avisados sobre las tormentas de estos próximos días. A mí eso me da igual con tal de estar en casa haciendo lo que me gusta. Creo que si tuviera tiempo montaría una pequeña huerta pero en mis condiciones actuales es algo que resulta imposible de todo punto. Paseo por el jardín saludando a mis árboles, los ciruelos han mejorado mucho con los tratamientos (insecticida y abono foliar, que por lo visto es muy bueno para los olivos) y las hojas nuevas crecen sanas y lustrosas. La hierba ha crecido sin medida a lo largo de estas dos semanas pero con las últimas lluvias resulta imposible pasar la máquina cortacésped; también han crecido los cerezos y las parras, las encinas se han llenado de hojas nuevas y las higueras se van recuperando de los estragos de la helada, se conoce que tienen mucha fuerza interior. Me entretengo un rato haciendo cosas divertidas sin mayor trascendencia, es cierto que las emociones se contagian, imagino algo mejor, el cambio reside en mi propio interior. Insisto con el inglés y con la guitarra, cada vez sale más fácil, es cuestión de practicar de vez en cuando para que los dedos recobren la agilidad perdida. Hago una lista de las cosas agradables con las que llenar mi vida, una ilusión que me ayuda a centrar las ideas. Preparo una ensalada con hojas frescas de espinacas y mejillones en escabeche, corto queso y embutido, preparo unas cervezas. Se va haciendo de noche, los murciélagos salen a patrullar mientras los mirlos aún canturrean por el jardín. Todos los pájaros negros de Villa Odoth son tordos salvo los cuervos, de un porte bastante mayor. Aviones y golondrinas compiten en acrobacias aéreas, los abejarucos vuelan muy alto y apenas se distinguen salvo sus grititos característicos. Hace tiempo que no veo a la lechuza que se escondía en la encina grande; imagino que una vez descubierta, se habrá buscado un lugar más discreto para descansar. Poco a poco van apareciendo las estrellas que iluminan el jardín. Se hace tarde y enseguida me voy a acostar, el día ha sido muy largo.

jueves, 1 de junio de 2017

Paseando por Villa Odoth


Cae la tarde, el sol va perdiendo fuerza tras un día luminoso y brillante. Avanza inexorable la primavera. El campo se encuentra en su mejor momento, toda la fuerza y la intensidad de la naturaleza se manifiesta en este preciso instante. Vegas y páramos. La magia de la floración de la encina, un árbol tan sobrio como discreto, constituye la verdadera esencia de esta tierra recia y sufrida. Indefectiblemente me viene a la memoria el magnífico librito de Muñoz Rojas titulado "Cosas del campo". Me acerco a las ruinas del Sanatorio, al otro lado de la carretera general (La Colonia que dicen los más jóvenes, el Sanatorio que señalan los veteranos). El antiguo Sanatorio Antituberculoso constituye un conjunto de edificios arruinados, situado en la ladera del monte de encinas que nos protege de los aires del norte. Muchos militares reposan en el pequeño cementerio de Villa Odoth; claro, el sanatorio fue construido por presos de guerra y la tuberculosis en aquellos años tenía una mortalidad muy elevada (aún no se habían descubierto los antibióticos y los tratamientos eran bastante poco efectivos). Un sueño la penicilina, ni idea de la isoniacida ni la rifampicina, caballos de batalla en esta desigual lucha del hombre contra la enfermedad.