sábado, 19 de agosto de 2017

El Bar del Pico


Desde la última reforma el bar ha mejorado mucho, hacía falta sanear el tejado con urgencia, renovar la electricidad y dar un lavado de cara integral a todo el local, especialmente al comedor. Ahora, con la plancha y los pinchos, los fines de semana dan muchas comidas y cenas, hay mucha más gente en el pueblo y el ambiente es más alegre y distendido. Dalmacio quería poner una máquina de lotería primitiva pero eso implica muchos permisos que al final no acabaron de autorizar desde la capital. Burócratas de mierda, jura por lo bajo Dalmacio. Sólo con el papeleo ya era como para quitarle las ganas a cualquiera. Yo pienso que habría sido una buena inversión pero las cosas no siempre salen como a uno le gustaría. La gente que ha merendado en las bodegas, se acerca al bar a tomar el café y el chupito; orujo blanco, hierbas o pacharán, ofrece el tabernero. Yo sigo entretenido con mi gin-tonic. Paco, de donde viene lo de Paquito Caudillo, pregunto a mi amigo Pacopús. Es por su padre. Pero ¿no era preso de guerra? Sí, era preso de guerra pero tenía un bigotillo como Franco y todo el mundo le llamaba Caudillo. Menuda contradicción. Aquí los motes se heredan así que su hijo siempre ha sido Paquito Caudillo. Éramos entonces muchos Pacos, yo soy Pacopús, de la familia de los Puses de toda la vida, también estaban los Tarabillas, los Guindillas, los Matapollos… Pues vaya. Por cierto, ¿de dónde viene el apodo de los Puses? Uf, eso es una larga historia que proviene de mi abuelo y mi bisabuelo, ya te contaré con más calma en otro momento. Tiene que ver con la guerra de Prusia donde estuvo batallando el bisabuelo, pero de eso hace ya muchos años. A ver si te acercas un día por la bodega y echamos un rato. Vino no va a faltar. Yo pienso en la guerra de Prusia intentando ubicarla en el tiempo, creo que debió de ser a finales del XIX, recuerdo vagamente los relatos donde Alphonse Daudet narraba las peleas entre franceses y alemanes. Muchos años y muchas historias; Paco es un hombre muy reservado así que por el momento tendré que permanecer con la intriga. Acabo mi gin-tonic y me vuelvo a casa dando un paseo sin prisa bajo el cielo estrellado. Paco se queda en el bar rememorando tiempos pasados. Recuerdo una foto antigua del bisabuelo cazador, una imagen en sepia de finales del XIX donde aparecía un hombretón con una gran barba sin bigote, botas con polainas, sombrero de cuero y una escopeta entre las manos, pero desconozco si se trata del famoso abuelo que inició toda la saga. La guerra de Prusia, por lo visto, tuvo lugar entre 1870 y 1871. Suena el silbido del tren y los petardos del tío Basilio intentando espantar a los tordos, aúllan los perros del vecino, al fondo asoma una luna anaranjada y redonda que se eleva sobre las colinas del Negredo. Me doy cuenta de que, en realidad, me paso el día caminando, una ocupación muy saludable que me mantiene en plena forma. Caminar y pensar, actividades complementarias íntimamente relacionadas. Las ideas que se agolpan en mi cabeza se organizan por su cuenta en un determinado momento, tejiendo una estructura sólida y compacta que no puedo controlar. Una nube autónoma que viaja por su cuenta en el interior del cerebro. Prefiero no pensar. Es como un puzle que al principio no eres capaz de entender, te sobran piezas, te faltan colores, pero al final todo acaba encajando. Aún me sigue rondando la duda sobre el apodo de la familia de mi amigo, tampoco recuerdo el nombre del marido de la señora Amparo, el simpático bilbaíno de Valbuena que no quiso decirme su nombre. Simplemente "el marido de la Amparo", no se me olvidará.

sábado, 12 de agosto de 2017

El bosquecillo de encinas de Vilandrando


Atravieso de nuevo el bosquecillo de encinas, que a esta hora es como un bosque encantado, y bajo hacia el pueblo guiado por las luces de la carretera. Mucho tráfico de camiones en ambos sentidos. Un incesante río de puntitos, un continuo reguero luminoso que no detiene su movimiento ni de día ni de noche. Humean las chimeneas de las bodegas, sin duda su particular momento de gloria. Cualquiera podría imaginar un poblado troglodítico. El aroma de la leña y los manojos de sarmientos se mezcla con el olor de la panceta y las chuletillas a la brasa. Acacias y negrillos, matas de orégano, tomillo y mejorana, té de monte, manzanilla. Camino entre las zarceras y los espigados respiraderos de las bodegas. Doy un tiento al porrón que me ofrece Teodoro (clarete de Villahán confirma con solvencia) y continúo mi recorrido tras aclarar la garganta del polvo del camino. Tras mi caminata vespertina llego al pueblo con hambre y con sed. Podría comerme cualquier cosa, el clarete de Teodoro y el olor de las chuletillas han acabado de despertar mi apetito. Coincido en el bar con Paquito Caudillo (nunca supe de donde venía su mote tan particular) y le cuento que esta tarde estuve paseando por la Colonia. Paquito vive en Bilbao pero viene por el pueblo con mucha frecuencia. Nació en la misma casa donde hoy se ubica el único bar del pueblo. Cada vez está peor, señalo con pesadumbre hacia las ruinas de la Colonia. Sí, una pena lo del Sanatorio (él sigue hablando del Sanatorio, muy anterior a la Colonia Infantil). Me cuenta que su padre estuvo allí trabajando durante muchos años; en realidad su padre, que era alférez de Marina en Cartagena, fue trasladado como preso de guerra para construir el sanatorio a finales de los años treinta (la primera piedra fue colocada en 1939). Mucho dolor y mucho sufrimiento. Al acabar de cumplir su pena, el padre de Paquito Caudillo se quedó empleado en el Sanatorio que había ayudado a construir con sus propias manos; primero como calefactor y luego como electricista, maquinista y todos los oficios relacionados que se acababan resumiendo en uno solo, cumplir con el trabajo para ganar el sustento diario. Al final se acabó casando con una chica del pueblo y reposa, lejos del mar, en el pequeño cementerio rodeado de compañeros de aventuras y desventuras. Mientras me tomo una cerveza bien fría, Dalmacio me prepara unos huevos fritos con lomo y patatas que devoro con sumo placer. Aquí las patatas son patatas de verdad y los huevos son huevos de gallinas libres de Mazuecos (así se comprende la afición de Delibes cuando, mojado y cansado de patear el campo tras conejos y perdices, se acercaba a tomar unas patatas con carne frente a la chimenea del comedor en aquellos lejanos tiempos en que Benito y Mariángeles regentaban el bar). No hay nada como tener hambre para comer con ganas. Pienso en el pueblo de mi amiga Cris, Mazuecos del Valdeginate y sus tortillas de dieciocho huevos. ¿Quieres postre? pregunta Dalmacio. Claro, quiero postre y café. ¿Tienes flan? Sí. ¿Es casero? Si, casero de huevo. Pues ponme un flan de huevo y un cortado con leche fría, por favor. Al acabar de cenar pido un gin-tonic. Dalmacio, todo un experto desde los lejanos tiempos del Sanga, prepara el hielo, la corteza de limón, la ginebra y la tónica según la clásica receta de Luisito, nuestro común amigo recientemente jubilado. Fundamental la tónica bien fría y el hielo de calidad para no aguar la bebida. Sale Mary a saludar, la mujer se pasa el día trabajando en la cocina, tiene buena mano. ¿Cenaste bien? Fenomenal Mary, muchas gracias. Es viernes y el bar, entre las cenas y las copas, se encuentra muy animado. Tampoco hay muchas más alternativas, realmente es el centro de la comarca.

sábado, 5 de agosto de 2017

El sanatorio antituberculoso


Observo con admiración a este viejito menudo y moreno que sube las cuestas del páramo con su BH plegable de más de 40 años, como si fuera un chaval. Antes la cadena rozaba y sonaba un poco pero desde que la he aceitado va de cine. Hay que tener ganas y entusiasmo. Pienso que cuando llega ese momento en que no deseas nada ni necesitas nada, probablemente sea el instante en que te das de bruces con la verdadera felicidad. Muchas veces no somos capaces de reconocerlo pero esa sensación es la que percibo ahora mismo charlando con este hombre de asuntos intrascendentes. La importancia de las pequeñas cosas. Ale, me voy, que se me hace de noche y aún me queda camino. Adiós, vaya con cuidado, a ver si nos vemos por Valbuena uno de estos días. Con Dios. Cuando quiera, allí tiene usted su casa, no tiene más que preguntar por el de Bilbao, el marido de la Amparo, nos conoce todo el mundo. Un vaso de vino y un rato de charla nunca le van a faltar. Le veo alejarse contento y feliz y me doy cuenta de que no me ha dicho ni su nombre; tendré que recordarle como "el marido de la Amparo", el viejito menudo de la bicicleta. Hay días en que el cielo se empeña en enviarnos algún hermoso regalo; me doy cuenta de que la ausencia de deseo tiene mucho que ver con el descubrimiento de la verdadera felicidad. Definitivamente tendré que acercarme a dar una vuelta por Valbuena. Me interno en el laberíntico conjunto de edificios que forman el complejo del antiguo Sanatorio Antituberculoso dedicado al general Varela (San Fernando 1891-Tánger 1951), ministro del ejército durante la dictadura franquista y un hombre con muchísimo poder en su tiempo. José Enrique Varela, compañero de Franco en Marruecos, comenzó su carrera como soldado raso y la acabó como general, algo verdaderamente inusual en este ámbito; se trata de uno de los pocos militares honrado en dos ocasiones con la concesión de la Gran Cruz laureada de San Fernando, la más alta distinción al mérito militar, por su heroísmo en los combates mantenidos en el Protectorado de Marruecos durante los años 1921 y 1922. Apartado del gobierno franquista tras los sucesos de la Basílica de Begoña (un ataque falangista con bombas en una ceremonia religiosa organizada por los carlistas el 16 de agosto de 1942), fue nombrado Alto Comisario de España en Marruecos y murió de leucemia en Tánger. Su hija Casilda fue la primera mujer de Paco de Lucía pese a la fuerte oposición familiar (se casaron en Ámsterdam el 27 de enero de 1977 y tuvieron tres hijos, Casilda, Lucía y Curro. Veinte años más tarde Paco se casó con Gabriela, una mejicana con la que tuvo dos hijos, Antonia y Diego). Sin darme cuenta me encuentro tarareando de manera refleja la melodía de "Entre dos aguas", una asociación mental automática. El Sanatorio Antituberculoso fue planificado en 1938, la primera piedra se puso en 1939. Recorro despacio todo el conjunto, la entrada señorial y la casa del coronel, la piscina con vistas (parece ser que no había piscina igual en todo el entorno), las galerías al sur donde se soleaban los pacientes, los salones y el cine, las casas de los mandos y las casas de los obreros… En su momento llegó a disponer de hasta 200 camas para los enfermos. Sol y aire puro en pleno centro de la meseta. Cuatro plantas más sótano con agujeros en techos y suelos. Una vez que los gitanos y chatarreros se llevaron todo el hierro de los forjados, cayeron pérgolas y techumbres y los edificios se fueron viniendo abajo, uno tras otro, como fichas de dominó. Un antiguo ascensor, roto y oxidado, se esconde en el sótano. Lamentable imagen de desolación y abandono. Me hago una ligera idea de conjunto, imposible imaginar con certeza cómo podría haber sido todo esto en sus tiempos de esplendor.