sábado, 30 de diciembre de 2017

El puente y la ribera


Amanece la típica mañana de invierno, una mañana de esas en las que de verdad apetece salir a tomar el fresco y estirar las piernas por hacer algo de actividad física (cualquier cosa mejor que quedarse dormitando en el sofá). Será la luz o serán los incipientes rayos del sol tras días y días de heladas, nieblas y cencelladas. Cada mañana una sorpresa diferente. Hace frío pero el día es hermoso. Preparo un café y retiro la ceniza de la chimenea; tras la larga noche apenas quedan ascuas en el hogar. Coloco un par de troncos de encina para ir caldeando el ambiente y salgo a pasear. Vuelvo al río una vez más, es mi recorrido habitual. La luz, el agua y la simetría de los reflejos, enmarcan la tranquila imagen del puente viejo que escondido tras la vegetación, oculta sus ojos a miradas indiscretas. Me paro un momento a pensar, hoy hace ya dos años que se fue mi padre. Imágenes y sensaciones. El puente, a modo de columna vertebral, se integra en el paisaje circundante acabando por confundirse con la propia naturaleza que le rodea. Sus apófisis y costillas se convierten en arcos y tajamares colonizados por el musgo y la vegetación de ribera. La vista desde el borde del río, con sus azules de ensueño, es clara y nítida. A la derecha se distingue la pequeña valla que delimita la zona de esparcimiento de la ribera, en medio la isla con los grandes alisos, al otro lado la chopera ruborizada por los amarillos del primer sol de la mañana. El agua apenas se mueve hasta alcanzar el puente donde adivinamos los remolinos que aprovechan los barbos, aunque no sé yo si con este frío no andarán de vacaciones por lugares más templados. Las hojas secas se amontonan tras los vendavales de los últimos días; todo aquello que sale de la tierra se acaba modificando y trasformando para volver a la tierra. Polvo y barro, no hay otra opción. Es como lo de la energía, que ni se crea ni se destruye, solo se transforma. Camino despacio, siento la energía que me recarga las pilas mientras los rayos del sol templan la mañana. Atravieso el puente y saludo a los viejos olivos que hacen guardia al borde de la carretera. Cuando ya nadie daba un duro por ellos, su recuperación espontánea parece verdaderamente milagrosa. A la derecha la cuesta de la Peñuela y el cerro de las bodegas, de frente la subida a Santa Rosa flanqueada por sus encinas centenarias, a la izquierda el camino del Soto bordeando el cauce del río. Elijo esta última posibilidad, paso de largo junto a las ruinas del molino de la luz, los restos del antiguo matadero municipal y el majuelo de Simón, y me acerco hasta los endrinos que crecen al borde de la carretera. Aún son pequeños y están muy abandonados. Sigo hasta encontrar las ruinas de la antigua harinera. El gallego dice que por aquí había un par de hermosos ciruelos claudios pero no resulta nada evidente localizarlos. El adobe del palomar se va fundiendo con la tierra. Me vuelvo por el camino de los almendros, entre el río y las vías del tren, buscando la Casa de las Brujas que hace años dejó de existir. Ya no se distingue más que el brocal del pozo bajo un añoso nogal. Una pareja de patirrojas se esconden presurosas entre la vegetación. Dicen que van a desmantelar el silo; si es cierto sería una pena, de alguna manera ese silo-faro de Castilla junto a las vías del tren es uno de nuestros signos de identidad. El otro está claro que sería el puente viejo. El hecho de perder las referencias es algo que siempre resulta triste y complicado, es algo que nos acaba dejando una señal amarga en el corazón (al fin y al cabo, el paso del tiempo lo único que consigue es que acabemos como un enorme saco de cicatrices). Al otro lado de la cañada real destaca el portón azul de una de las casetas del campo, humean las chimeneas, por todas partes se cuela el intenso olor a invierno. Uno no muere mientras se le siga recordando.

miércoles, 27 de diciembre de 2017

Cencellada en la ribera


Esta noche ha hecho mucho frío pero eso es algo que a mí no me importa demasiado. De hecho me gusta mucho este frío seco e invernal de la Castilla profunda que nos ayuda a darnos cuenta de que estamos en pleno invierno. Me levanto bien temprano con sensación de descanso. Escucho a lo lejos el silbido del tren. Una vez subo las persianas, me doy cuenta de que una niebla densa invade el ambiente y de que el campo se encuentra completamente blanco. Ya lo dicen los viejos del lugar: “niebla y helada, cencellada”. Curioso fenómeno atmosférico que produce la formación de brillantes plumas y agujas de hielo blanco sobre la superficie de árboles y plantas silvestres. En casa, los arbolitos sin hojas amanecen recubiertos de escarcha, incluso la encina grande aparece tapada por cristales de hielo en uno de sus lados. Aparte de las bajas temperaturas, para originar estos mágicos paisajes tan llenos de encanto que aguantan incluso a la salida del sol, se necesita una cierta niebla o humedad a ras del suelo, así como ausencia de viento. Después del café, me acerco a la ribera por fotografiar el puente y la isla. Me abrigo bien, aún hace frío, la temperatura permanece bastante por debajo de los cero grados. La pareja de garzas escapan nada más percibir mi presencia y los patos se esconden bajo el puente de la carretera. La luz es magnífica así que aprovecho por buscar las mejores localizaciones. El cielo es blanco y los árboles son blancos, destacando únicamente las piedras doradas del puente viejo y su reflejo sobre la superficie del agua. Una cierta luz entre azul y violeta se apodera del entorno, no hay ruido, es todo muy extraño, muy mágico. Me encuentro a Pacopús entretenido en las mismas labores que me ocupan a mí mismo; el día está de postal y hay que aprovecharlo. Nos acercamos al cuérnago por ver el chopo derribado por el airón de la semana pasada; en su tronco crecen los enormes hongos yesqueros que antaño se usaban para prender el fuego pues arden muy bien, según me explica mi amigo Paco. Teniendo en cuenta lo poco que crecen cada año, estos ejemplares de hongos deben haber disfrutado de una larga vida. El caz de la fábrica de luz se encuentra cegado por la vegetación y los restos diversos que embalsan el agua y la impiden correr libremente. Un nogal crece en el talud junto a la fuente. Nos volvemos despacio teniendo cuidado en las zonas de umbría donde la helada se mantiene y donde un resbalón podría ser peligroso. Comienzan a humear chimeneas y glorias; siempre hay que encender antes de las diez, es cuando mejor tiran señala Paco. Vuelvo a casa, paseo por el jardín, los restos que encuentro bajo la antena indican que por allí debe esconderse la coruja. Habrá que estudiar las egagrópilas antes de confirmar nada. Yo creo que debe ser la misma coruja que el verano pasado se ocultaba entre las ramas de la encina grande. Leo en el periódico que una mujer muere congelada en Japón tras pasar 15 años encerrada en casa por sus padres y un escalofrío me recorre todo el cuerpo. Frío, abandono y desolación. Dicen que probablemente se haya muerto por inanición, quien sabe. Mientras tanto la borrasca Bruno amenaza con lluvia y fuertes rachas de viento a lo largo y ancho de toda la península (viento, nevadas y fuerte oleaje en la costa). Parece que nos espera un fin de año agitado. Abrigos y paraguas hacen acto de presencia aunque con el fuerte viento estos últimos resultan más bien de poca utilidad. La mañana templa, sale el sol y aprovecho por visitar el Cerrato más profundo con mi amigo Pacopús. Piedras, encinas y páramos, algunas iglesias, el río y las bodegas. Paramos a comprar pan. Sin duda una mañana agradable y productiva que habrá que repetir en cuanto sea posible.

viernes, 27 de octubre de 2017

La escuadrita de carpintero


Al final conseguimos convencer a Luis para fijar un precio razonable, sabe que venimos con frecuencia y tampoco quiere espantar a los buenos clientes. Así que conseguimos la escuadrita de carpintero con sus incrustaciones de latón y todos tan contentos. Habrá que restaurarla en condiciones, la pobre ha sufrido mucho trote. El secreto es mostrar el mínimo interés por lo que te interesa pero no es sencillo pues los vendedores tienen muchas tablas y se dan cuenta enseguida de lo que quieres. Además, si algo te interesa de verdad, corres el riesgo de dejarlo escapar así que las negociaciones a veces se prolongan un tiempo más que prudencial. Paco sabe regatear hasta el último momento, a veces ofrece tres cuando le piden treinta aunque en ese caso lo normal es bajar a la mitad o algo menos. Nos acercamos a tomar un cafelito con churros; Paco está hambriento y se pide una pulga de jamón, Evelio prefiere un zumo, últimamente anda un poco delicado del corazón y es normal que se cuide. Después de ver las orejas al lobo, ha cogido algo de miedo. Yo me pido, como habitualmente, un cortado con leche fría y un churro que espolvoreo con azúcar (al final me acabaré comiendo los tres churros que nos ponen pues los amigos no muestran especial interés). Dejamos un café pagado para José, que nos ha vendido una romana antigua de Mazariegos con su pilón original. Vamos acabando el paseo. A última hora, cuando los vendedores se dan cuenta de que les queda mucho género por vender, suelen rebajar los precios por no volver a casa con los mismos trastos. Puedes comprar clavos de forja a un euro, espátulas y paletas a dos, martillos a cuatro o cinco, piquetas, azadas y azadillas. Evelio se enfada cuando pide precio por una pesa antigua que le ha llamado la atención, tres o cuatro veces lo que piden habitualmente, así que se retira molesto: “tú con tu mierda y yo con mi dinero”, murmura entre dientes. De alguna manera tiene razón. Si saben que te interesa no tienen piedad y Evelio es un hombre de mucho carácter. Paco encuentra el mango de una badila que andaba buscando desde hace tiempo y que imagina como péndulo para uno de sus relojes o cachaba para sus azadones, así como algunos clavos y chapas que incorpora a sus creaciones; su colección de Chatarras y Ocurrencias es realmente magnífica: familias de martillos o azadillas, parejas de ancianos, curas con sotana o peregrinos con cachaba. Cualquier cosa puedes imaginar. En este pueblo hasta el más tonto hace relojes, comenta Paco con guasa. Julián, que vende libros, videos y trastos diversos, me dice que el anillo en el corazón señala la existencia de hijas casaderas en la casa, aunque no acabo de creerle del todo pues es un hombre muy guasón. Podría ser, habrá que confirmarlo. Julián dice que no sabe de nada pero es astuto como un zorro y al final siempre acaba sacando provecho de cualquier cosa. Últimamente trae gorras, relojes y partituras cuando lo suyo eran los libros pero se conoce que los debe haber vendido todos y ahora se dedica a otras cosas. Mira que se venden mal los libros de los curas, ya nadie los quiere, comenta con su eterna sonrisa. Yo imagino esos misales oscuros con hojas de papel biblia gastados por el tiempo y los rezos. También tiene sellos pero los vende a un precio tan desorbitado que no se le puede prestar ninguna atención. Julián, ¿qué pasa?, ¿te dedicas ahora a la música? Es lo que hay amigo, mira que antiguo, de eso ya no hay, aprovecha que te lo pongo bien barato. Dejo a Julián con sus disquisiciones y sigo mi camino en busca de gangas insospechadas que nunca acaban de aparecer. ¿Cuánto me das?, pon tu el precio insiste Julián, seguro que llegamos a un acuerdo. Un mercadillo donde todo se compra y todo se vende.

viernes, 20 de octubre de 2017

La mano de Fátima


Volveremos más tarde y echaremos otro tiento. ¿Qué tal doce? Vale, llévatelo por doce pero que sepas que estoy perdiendo dinero. Más que perder, que nunca pierden ni un solo céntimo, es que no ganan lo que pretenden pero ese es el juego. A veces ganan más y otras un poco menos pero hay que saber irse adaptando. Encontramos un robador de dos brazos hecho de forja (un artilugio de apenas un palmo que se utilizaba para recuperar las cosas que caían a los pozos), una escuadra antigua de carpintero y una aldaba para la puerta de casa con la “mano de Fátima” y su correspondiente anillo en el dedo corazón (desconozco el motivo por el cual unas veces aparece en el corazón y otras en el anular). Paco estuvo negociando por ella el pasado domingo pero parece que no llegaron a ningún acuerdo; el vendedor no tenía intención de ajustar el precio de manera que ahí seguía, una semana después, esperando en el fondo de una caja de cartón junto con otros objetos de lo más variopinto. Es una aldaba de hierro, vieja y oxidada, que viene con su clavo original, también llamado castigo o golpeador. Pacopús me dice que no me preocupe, yo sé que es muy mañoso y que en cualquier caso él se ocuparía de dejarla como nueva. La mano de Fátima es de origen musulmán, se utilizaba como protección ante desgracias y enfermedades en general así como para el mal de ojo en particular; los cinco dedos de la mano representan la fe, la oración, la limosna, el ayuno y la peregrinación. No tiene nada que ver con el Islam porque esta religión no permite el uso de ningún tipo de ídolo o amuleto. Como “la mano protectora” no se puede comprar para uno mismo sino que te la han de regalar, Paco se encarga de todas las negociaciones, ajusta un precio justo y cuando cierra el trato me la ofrece generoso, pues sabe que hace tiempo ando buscando un llamador antiguo para la puerta de casa. Dicen que la mano de Fátima protege a la casa y a sus habitantes. El otro día me estuve fijando en una muy bonita que adornaba el portón de un caserón antiguo cerca del convento de san Isidoro pues la idea rondaba por mi cabeza desde hace tiempo. Volvemos a por la escuadra (el robador estaba a muy buen precio y no hubo ni que regatear); en realidad está muy sucia y deteriorada y yo no sé si merece la pena interesarse por ella. Paco, que tiene muy buen ojo, se da cuenta de que aún se aprecian incrustaciones de latón en el borde y en el mango de madera (dice que una vez limpias relucirán como el oro) y se lanza a por ella. Es vieja y está rota, la parte de metal tiene un mordisco. No está rota es asina. Qué va a ser asina, está rota (aunque se puede arreglar me dice Paco a media voz). Llévate algo más, anda, y te la dejo a buen precio. Las negociaciones con Luis son harto costosas, es un hombre difícil que pide sin sentido: a veces se pasa por exceso y en otras ocasiones se queda tan corto que parece que lo regalara, de tal manera que nos tiene completamente desconcertados. Hace poco pedía doscientos euros por una aldaba antigua, un precio a todas luces desorbitado. Imposible negociar con los hijos, bastante más sensatos, pues sus cosas las lleva él directamente y no deja que nadie se meta por medio. Insiste en que nos llevemos dos escuadras cuando solo nos interesa la más antigua pero él es avispado e intenta estirar hasta donde puede. Paco está enfadado conmigo, me dice compungido (aunque yo más bien creo que se trata de un lance del juego). Paco es muy buena persona y no se enfada con nadie. Si, se ha enfadado conmigo porque no le quiero vender la escuadrita. Pues pónsela más barata y verás cómo te la compra.

viernes, 13 de octubre de 2017

De nuevo por el mercadillo: hierros y chatarras


Los domingos por la mañana solemos ir al mercadillo que instalan gitanos y anticuarios bajo los soportales de la plaza mayor. Fundamentalmente hierros y chatarras, algunos muebles y diferentes aperos del campo. El mercadillo se celebra desde hace muchos años y es necesario sacar una licencia en el ayuntamiento para poder instalar cualquier tipo de puesto. Uno de los anticuarios me dice que lleva viniendo cada domingo desde hace más de veinte años; por aquel entonces la ciudad celebraba una de las primeras ediciones de las Edades del Hombre. Ahora mismo todos los puestos deben estar adjudicados pero siempre falta alguien y los sitios suelen acabar ocupados, bien por el titular del puesto o por el que viene al fallo. Allí podemos encontrar relojes, libros, cuadros, muebles, botellas, orzas de barro y trastos antiguos, entre otras muchas cosas. A veces se acercan los libreros o los de los sellos pero no suelen ser muy constantes. Una chica joven cada semana se pone delante de una mesa con libros y un extranjero, que no habla castellano, vende fósiles y minerales. Yo creo que es marroquí pero no habla francés. Un hombre con barbas blancas y una enorme levita negra se pasea entre los puestos viendo las novedades. Los gitanos acuden con sus furgonetas viejas repletas de herramientas oxidadas, azadones, azadas, picos, horcas, martillos, cerraduras, clavos viejos, llaves, romanas, planchas, pesas, arados… A primera hora se tiran un buen rato colocando todos sus trastos, luego esperan la llegada de clientes a los que poder engatusar. Un juego donde cada uno paga lo que quiere; a veces se llega a un acuerdo y en otras ocasiones se tantea y se deja pasar. Cualquier cosa que puedas imaginar se puede comprar y vender, desde un grifo a una muñeca rota, un carburo antiguo o una botella de gaseosa. Por lo visto uno de los gitanos, el más serio y responsable, es pastor de almas pero hace días que no viene, se conoce que tiene cosas más importantes que hacer. A mí me da pena porque era un hombre muy amable que solía traer cosas bien bonitas. José venía el otro día con un saco de cencerros por el que decía haber pagado cien euros (el negocio consiste en venderlos de uno en uno por el doble o el triple de lo que se ha pagado por cada uno); al lado su mujer vende libros, porcelanas y trastos diversos. Se llama María y es hermana de Luis, que lleva varios puestos con otro hermano y con sus hijos. Déjaselo barato José, que siempre nos llevan algo, le dice al marido que fuma un cigarrillo tras otro apoyado en una de las columnas de los soportales. José compra casas enteras a precio cerrado a gente que pretende sacar un dinero con los trastos viejos de los abuelos. Vacían así la casa antes de venderla al mejor postor. Aunque no saquen mucho es una solución que favorece a ambas partes; los propietarios resuelven el problema y obtienen un dinero extra al contado al mismo tiempo que José multiplica al menos por cinco su inversión, una vez que consigue vender todos los trastos. En algunos casos se encuentran cosas curiosas. El otro día uno de los gitanos traía un par de bicicletas antiguas, eran bonitas pero estaban tan deterioradas que su restauración suponía una reparación demasiado costosa, si no imposible. Un rumano muy gordo me vende un botijo de Astudillo, barro y miel, por cinco euros; en este caso soy yo quien pone el precio pues él me pedía ocho. Otras veces las negociaciones son bastante más complicadas: ¿Cuánto pides? ¿Tú cuánto me das? Un euro. Anda, anda. ¿Qué pides por eso? Veinte por ser para ti, estoy pidiendo veinticinco, mira por ahí. Te puedo dar diez. Quince, no puedo bajar más.

viernes, 6 de octubre de 2017

Entramos en invierno


Los bares siguen cerrados así que decidimos acercarnos a la bodega a merendar. No hay muchas alternativas, tampoco vamos a pasar la tarde bebiendo sin sentido, dice Paco con toda razón. Benito prepara una tortilla de gambas y setas mientras Paco corta el tomate para la ensalada y Alverio baja a buscar vino a lo más profundo de la tierra. Paco añade la cebolla y una latilla de agujas. Yo preparo el mantel y los platos, coloco el embutido (salchichón, lomo y chorizo); estoy cansado, me he pasado la tarde trabajando en el jardín. El clarete fresquito brilla en el interior del porrón, que corre con soltura de mano en mano. Dice Alverio que aún nos queda un mes; a partir de los Santos, Villa Odoth cambia su cara amable y soleada por un aspecto completamente distinto. Un Jano con sus dos caras. El viento frío que sopla del norte ruge entre las callejuelas del pueblo y se cuela por los resquicios de puertas y ventanas. Los árboles se desnudan, una especie de Alaska profunda (salvando las distancias) a pesar de la falta de nieve. Robles, encinas y alguna sabina aislada. En los peores meses la temperatura en el páramo desciende por debajo de los diez grados bajo cero y eso ya es frío de verdad. Nieblas matutinas y madrugadas de cencellada. Los cardos congelados se transforman en increíbles flores de escarcha, iluminadas por las primeras luces. La tierra permanece dura como la piedra, los campos se mantienen en un reposo total y absoluto. No queda entonces más que el verde pardo y ceniciento de las sufridas encinas que crecen a su libre albedrío en la ladera del monte. Se trata, sin duda, de los magistrales ocres, verdes y grises de Díaz-Caneja en vivo y en directo. Hasta san Isidro no volverá la placidez primaveral aunque a mí me gusta mucho disfrutar del invierno y sus rigores frente a los guiños de las brasas formadas en el interior de la chimenea por los troncos de roble y encina. La madera del roble es blanquita; la encina, mucho más rojiza y compacta, tiene mayor poder calorífico. La llama también es distinta, más viva y hermosa en el caso del roble, más intensa y profunda en la encina, dando a entender de alguna manera esa correlación profunda con la sobriedad del paisaje. El invierno, que en Villa Odoth dura más de seis meses, es una estación bien agradable; el frío y la soledad que nos acompaña cada día, nos invita a refugiarnos en casa y a leer sin prisa. Tiempo de lecturas y de meditaciones, tiempo ganado al tiempo. Apenas un mes de escaso y breve otoño; este año, con las heladas tardías de finales de abril, nos quedamos sin membrillos (y sin cerezas y sin nueces y sin guindas). Parece que de manera irremediable entramos en invierno. Paco ya asó los pimientos y esta mañana se levantó temprano por escabechar las codornices. Hay que dejar todo preparado antes de que lleguen los fríos. Por la tarde estuve limpiando la plancha y los cepos que compramos en el rastrillo (unos cepos tan pequeños que más bien parecen ratoneras); quedaron muy bien, menuda diferencia. Chistes y chascarrillos entre trago y trago; evocamos tiempos pasados, gentes que ya no están entre nosotros, historias de ahora y de antaño a las que volvemos de manera reiterada una y otra vez. Paco es la memoria viva del pueblo. Comemos las uvas de la parra con el pedazo de queso curado que trajo Benito, unas uvas dulces y jugosas gracias a las bolsas que pusimos para evitar que fueran devoradas por los pájaros. Alverio saca un orujo de café, fuerte y aromático, que deja un regusto amargo en el fondo del paladar. La noche es calma y templada. Bajamos al pueblo bajo la atenta mirada de las miles de luces de las estrellas. A veces nos complicamos pero realmente la vida es muy sencilla. Tampoco necesitamos mucho más.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Cazando sueños


Salgo a pasear por hacer una foto del puente de piedra cuando, con las últimas luces, la caliza se tiñe de un naranja intenso y profundo. El reflejo de los arcos contra el agua en movimiento es una imagen que siempre me ha llamado poderosamente la atención. Espero la visita de los azulones, aunque suelen ser bastante reacios a posar y hay que pillarlos un poco a traición. Tengo idea de lo que quiero pero cada día es una aventura diferente. Me dejo llevar sin miedo, embargado por la emoción y la sorpresa de lo que en esta ocasión vaya a encontrar. Los leones siguen inmóviles, el río permanece tranquilo y el murmullo del agua resuena en mis oídos. Cae la tarde y se avivan los colores, el cielo se enciende por detrás de los cerros pelados que suben al páramo. Camino despacio, no tengo ninguna prisa, escucho el silencio y el rumor de las hojas mecidas por el viento. Aspiro el aire con todas mis fuerzas, lleno los pulmones de vida centrado en mis pensamientos. Una lengua de buey (Hepatica fistulina) crece en el tronco de un chopo, a falta de robles o castaños. Busco los dos pequeños almendros que crecen junto a las barbacoas de piedra; uno ha prosperado pero el otro me da la sensación de que se ha perdido definitivamente (a veces las apariencias engañan, mi endrino de la fuente Pocías tardó año y medio en dar señales de vida). Oculto en la espesura canturrea un pajarillo que no consigo identificar. Imagino un petirrojo (por la plasticidad de la escena) pero bien pudiera tratarse de cualquier otra cosa. Suena el toc-toc de un pica-pinos (¿será el que cada mañana se come las almendras de mi amigo Pacopús dejando las cáscaras vacías al pie de una de las encinas?); las urracas, con los destellos metálicos de su esmoquin, juguetean al borde del agua. Los arcos del puente siguen cegados por las ramas que arrastró el agua en la última riada y que nadie desde entonces se ha ocupado en retirar. Una parra crece agarrada a las paredes de adobe de un caserón medio abandonado. Apenas hay agua en el cuérnago así que me acerco hasta la isla, que alcanzo con facilidad saltando sobre las piedras. Hay que prestar mucha atención, recuerdo el año que Amelie se partió una muñeca al resbalar sobre una piedra mojada. Los alisos que ocupan la isla presentan gigantescas dimensiones; en medio de la espesura se ocultan las ruinas del molino con sus techumbres caídas y las enormes losas de piedra que invaden la cacera de entrada. Busco los saúcos que comentaba Isauro el otro día (Sambucus nigra), por lo visto la ribera está llena de estos simpáticos arbustos aunque yo hasta ahora no me había dado cuenta; Evelio me estuvo explicando que con las bayas de saúco se consiguen estupendas mermeladas e incluso un aguardiente muy apreciado por sus propiedades medicinales. Los saúcos forman matas de espeso y denso follaje donde suelen esconderse los buenos espíritus del bosque tales como los duendes, las hadas y los elfos. En Galicia conocen este arbolito, que a veces puede adquirir notables dimensiones, como “sabugeiro”; en realidad se trata de un arbusto de propiedades mágicas con flores blancas y frutos negro-azulados (conocidos allí como uvas de bruja). Intento no hacer ruido por molestar lo menos posible a los misteriosos seres del bosque y pienso que a falta de las típicas setas de enanito donde refugiarse (como la Amanita muscaria), bienvenidas sean las sabugeiras. Sigo caminado, persiguiendo sueños y cazando nubes. Tendré que probar el licor de saúco, seguro que me sorprende y al final me acabaré aficionando.