viernes, 15 de septiembre de 2017

Bacalao con Pacopus 1


La pista paralela al río que cojo para salir del Valle Bueno constituye en cierto modo su escapatoria natural hacia el sur. No hay opción, el camino discurre entre el curso fluvial y los altos del páramo, serpenteando perezoso al borde del agua. Corretean los corzos entre campos de espigas y girasoles. Las fincas se solapan una tras otra: la Dehesa de Matanzas, el camino del Majuelo, la Campera de San Pedro, la Islilla y la Vega. Afronto con alegría la cuesta de las bodegas y atravieso el bosquecillo de encinas antes de llegar al caserío de Santa Rosa, donde me espera un ejército de pequeños olivos perfectamente alineados. Un bando de cigüeñas se distribuye homogéneamente por el campo buscando el sustento diario (sapos y culebras, gusanos, ratones, caracoles…). Aunque no lo parezca, las cigüeñas son grandes depredadores; dice la canción que la cigüeña batalla con la culebra y nos mata los bichos que son dañinos. Me encuentro a Pacopús descansando en la terraza de “El Pico”. Le comento que esta mañana estuve en la Quinta y le hablo de la culebra y de las cigüeñas, él me enseña la foto de la pareja de cigüeños que mató el pedrisco hace unos días, dos ejemplares jóvenes medio desplumados rodeados de granizos como pelotas de golf. Tomamos un vino y le cuento con detalle mi excursión matutina. “Menuda chaqueta”, comenta socarrón, al mismo tiempo que me propone compartir el bacalao al pilpil que preparó ayer tarde (está mucho mejor de un día para otro, afirma con conocimiento de causa). Imposible llevarle la contraria; Paco, entre otras muchas cosas, es un gran cocinero de bacalao; el Club Ranero lo hace bueno pero el pilpil lo borda. Lo importante para el pilpil son los ingredientes: ajo, aceite de oliva y bacalao, señala, aunque yo creo que el verdadero secreto reside en la cazuela de barro que cuida con esmero para poder seguir utilizando durante mucho tiempo (me dice que era de su suegro y que ya debe tener cerca de los setenta años, la cazuela, no su suegro que murió hace años). Una marmita mágica que cuida como oro en paño. Pedimos otro vino y hablamos de bacalaos, sin duda es un gran entendido. Yo, mentalmente, voy tomando nota de todo. El bacalao ha de ser de buena calidad, mejor que no sea muy grueso para que se impregne bien del aroma de la salsa, dice Paco; hay que desalarlo durante dos días con cambios de agua cada ocho horas; el aceite de oliva virgen; los ajos, en lonchas… Tras organizar los preparativos (se seca el bacalao, se calienta el aceite, se fríen los ajos y se reservan) viene lo principal; hay que colocar el bacalao, con la piel hacia abajo, en el aceite caliente donde se frieron los ajos, removiendo sin pausa con movimientos circulares (como si estuviéramos bailando, dice Paco). El aceite no debe estar demasiado caliente; lo que se tiene que mover es el bacalao, insiste mi amigo, no la cazuela. Me imagino en esas circunstancias, no debe ser tan sencillo como parece, además yo no soy muy bailón y me da la impresión de que mis movimientos parecerían un tanto forzados (recuerdo aquel día en que Loren peleaba a brazo partido con unas tajadas de bacalao sin conseguir ligar el aceite para lograr una emulsión en condiciones). Al final la salsa, sin grumos, ha de ligar perfectamente. Paco, no sigas, por favor, que se me hace la boca agua. Así, como quien no quiere la cosa, le recuerdo que tampoco se le dan nada mal los pimientos asados ni las codornices escabechadas y él sonríe con un cierto aire de complicidad. Algún bote me queda todavía, susurra entre dientes para que no le oiga nadie. ¿De pimientos o de codornices? De pimientos y de codornices, comenta con malicia.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Paseo por el valle Bueno


Una vez en el pueblo busco la fuente por refrescarme un poco. Las avispas andan revueltas con el agua y el calor. Un par de perros me ladran con desgana, nos conocemos de otras veces así que esta vez ni se dignan a levantarse. Enseguida me encuentro con el abuelo que conocí ayer en el camino de la Colonia, el amigo de los abejarucos al que olvidé preguntar su nombre. Ya sabía yo que me lo iba a encontrar, tenía el presentimiento y estas sensaciones no me suelen fallar. Me dice que se llama Venancio, me invita a tomar un vino en el Tele-Club y charlamos un rato sobre la vida y sus circunstancias. En cualquier caso parece mucho más joven que ayer, la primera impresión a veces engaña. En el pueblo se encuentra muy bien, cada día sale a pasear por el campo, bien andando o bien en bici; me cuenta que esta mañana subió al páramo alto por el Vallejón, anduvo por los corrales de la Mora y retornó por la vaguada del arroyo del Prado. El páramo está más alto que las tierras circundantes, de ahí las estupendas vistas que se disfrutan desde arriba. Yo le pregunto si subió en bici como ayer pero me dice que el camino es malo y que hay mucho desnivel, por lo que la empresa resultaría harto complicada. Además, puntualiza con convicción, es bueno usar las piernas, el recorrido no es largo pero resulta entretenido. Tenemos una buena casa bien acondicionada, continúa Venancio, era de los suegros. Cuando se fueron, la heredó la mujer y la arreglamos toda entera. La mujer tiene amigas y se entretiene mucho, va a misa, juega a las cartas, yo he puesto un huertecillo con tomates y cebollas, poca cosa, por pasar el rato; las hijas, en cambio, vienen muy poco, ya sabe usted, viven en Bilbao y en Barcelona, se conoce que les va más la playa, cosas de jóvenes, al final en estos pueblos no quedan más que los viejos. Ellas dicen que aquí no tienen nada que hacer y que los críos se aburren. Yo vengo porque me gusta, no se crea, ninguna obligación, yo ya estoy muy trabajado pero aquí me lo paso muy bien, mucho mejor que en Bilbao donde no puedo salir al campo ni a ningún sitio. Cada día una cosa distinta, no me falta la faena ni el entretenimiento. Si, ya veo que no para. Y por las noches a la bodega, si le apetece, está usted invitado. Muchas gracias, lo tendré en cuenta. Me encuentro bien a gusto charlando con Venancio pero aún me queda camino y no me quiero demorar demasiado. Tengo idea de comer en casa aunque los horarios no me preocupan en exceso. Intento pagar los vinos, algo que resulta de todo punto imposible ante la insistencia de Venancio por hacerse cargo de la cuenta. Yo pensé que los jubilados no podían pagar, que no les llegaba la pensión. Quite, quite, que estaré jubilado pero este es mi pueblo y estando yo presente aquí no me paga el vino un forastero. Al acabar, Venancio insiste en acompañarme hasta la ermita, al otro extremo del pueblo, justo desde donde sale la pista de tierra hacia Villandrando. Nos despedimos prometiendo, si Dios quiere, volver a vernos en breve. La ermita del Espíritu Santo se encuentra poco después del cementerio, cuatro paredes de bloque gris recortadas contra el cielo. Por encima de los muros sobresalen las copas de algunos cipreses intentando escapar del camposanto. Un abuelo, sentado a la sombra de la pared de la ermita, lee muy ufano un periódico atrasado. ¿Qué hay de nuevo por el mundo?, pregunto curioso. Nada distinto a lo de ayer o a lo de la semana pasada, nada distinto de lo que nos contarán mañana. Hoy en día nos tienen engañados. El periódico es antiguo pero me entretiene mucho. Al fin y al cabo siempre dicen lo mismo así que me vale para leer y recordar cosas. Pues tiene toda la razón del mundo, afirmo convencido, y allí le dejo, platicando a solas con su periódico.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Al convento de la Quinta


Me levanto temprano apenas comienza a despuntar el día; siempre me gustó madrugar por ver amanecer. Enseguida el sol se eleva por encima de las colinas del Negredo. “Yo tenía una granja en África, a los pies de las colinas del Ngong”, escribe Karen Blixen al comienzo de su famosa novela Out of Africa posteriormente llevada al cine con gran éxito. Mis territorios no son tan exóticos como los de Dinesen o Stevenson (Kenia, Samoa, Vailima…) pero tampoco tienen mucho que envidiarles. Una delicia; puro Cerrato, puro Delibes. Dispongo de mi distrito del norte y de mi distrito del sur y me dirijo a cada uno de ellos en función de mi estado de ánimo y de otras particulares circunstancias. Me tomo un café y salgo a caminar. Paco anda liado, esta vez no podrá acompañarme así que voy un poco a mi libre albedrío (entre otros asuntos tenemos pendiente la subida a las yeseras en mitad del cerro de las bodegas y la excursión en busca del orégano que crece en la ladera del monte, que aún no ha acabado de crecer). Atravieso el río por el puente de piedra, dejo a mano derecha la desviación al convento de San Salvador del Moral, apenas unas ruinas en el interior de una finca privada rodeada de nogales, y subo hasta lo más alto del páramo por la carretera de la Colonia. Hoy tengo intención de acercarme a las ruinas del convento de la Quinta, un paraje idílico en medio del monte que me descubrió por casualidad mi amigo Pacopús. No tiene pérdida me dice, subes al páramo de Valbuena y en la primera curva a la izquierda te tiras a la derecha por una senda que se va perdiendo en la espesura (caminos que a mí me recuerdan a nuestro san Juan de la Cruz, el poeta místico por antonomasia). Reviso mis mapas, la empresa no parece demasiado complicada. Las encinas salpican el campo, el cielo es azul y la brisa fresca acaricia mi piel. La recta que atraviesa el páramo es inmensa y desolada. Algunos majanos destacan en medio de los campos donde sobrevuela el cernícalo y el milano real. La tranquilidad es absoluta, no pasa ni un solo coche. El Matacán a un lado y los Corrales al otro, con la fuente de Canalejas y su pilón de piedra escondida en la cuesta que baja hacia el río. En un determinado momento el camino hace una ligera curva; a la izquierda se adivina la vaguada del vallecito de san Vicente, al otro lado, entre alambreras cinegéticas y ralos bosquecillos de encinas, encuentro una senda más estrecha que en un principio discurre entre campos de cultivo y vallas de piedra seca. Sigo el camino que se interna en la espesura y después de una buena caminata alcanzo mi objetivo. Empieza a hacer calor. Descanso un rato frente al muro del convento de la Quinta. Un friso, un contrafuerte, apenas nada; un suspiro en el tiempo. Hierbas aromáticas y algunos frutales, se conoce que los monjes tenían buena mano: matas de romero, mejorana, orégano y tomillo salsero crecen por doquier. Ni rastro de la fuente que debía existir en el entorno. Encuentro algunas piedras labradas y restos de cimentaciones antiguas olvidadas en medio del silencio y la soledad. Una lástima pues apenas queda nada de la riqueza de otros tiempos. Aprovecho por echar un trago de agua y dar cuenta del frugal almuerzo de mi zurrón (un poco de queso, aceitunas, algunas cerezas). Valoro dos posibles opciones, bien continuar hacia la encina bonita y rodear el monte del Caballo buscando la curva grande que baja al pueblo (lo cual alargaría mucho el recorrido) o descolgarme directamente por la vaguada del arroyo Camporredondo que se adivina justo frente a mis pies. Me inclino por esta última posibilidad, mucho más cómoda y rápida, así que atravieso la umbría del bosque y enseguida descubro la senda que de manera sencilla me conduce en un suspiro hasta Valbuena.

viernes, 25 de agosto de 2017

Coto Redondo


La noche es espléndida, el aire permanece en calma y el cielo se mantiene completamente despejado y cubierto de estrellas. Entre la Polar y la Vía Láctea descubro el rumbo a seguir, el “milky way” de las guías celestes, nuestro particular Camino de Santiago. Repararon la casa del Caminero; ahora se encuentra llena de libros, cuentos e historias fantásticas que podemos atrapar con la punta de los dedos. Una brillante idea de Carmen, la flamante señora alcaldesa. Hasta no hace mucho tiempo el caserón no era más que una ruina donde guardar los diferentes aperos del consistorio y donde acumular trastos de dudosa utilidad, cubiertos por una gruesa capa de polvo y de olvido. Una ayudita del Ayuntamiento, otro poco de la Junta y un empujón de la Diputación. Ahora, con la colaboración de todas las fuerzas sociales, acaba de inaugurarse un espacio cultural para el disfrute de pequeños y mayores (préstamo de libros, cursos de informática para jubilados, inglés para niños, cuentacuentos, etc.). A un lado de la puerta principal crece un olivo viejo y sarmentoso; su tronco reseco y arrugado, de las dimensiones de un cuerpo humano, rebrota desde la base con la inalterable fuerza del paso del tiempo (los que plantaron al otro lado del puente de piedra acabaron asilvestrados). Es extraño lo bien que crece el olivo a pesar de encontrarse en tierra extraña. La gasolinera está hasta arriba de camiones que pasan la noche en el aparcamiento cumpliendo el reglamentario alto en el camino (los periodos de reposo están ahora muy vigilados y el tacógrafo obliga a respetar de forma escrupulosa las necesarias horas de descanso). Algunas chavalas un poco ligeras intentan buscarse la vida, dulcineas sin suerte tras el rastro de un porvenir sin futuro. Venteros, carreteros y dulcineas, tal cual como la vida misma. Imagino algunos Sanchos pero un solo Quijote enfrascado en la compulsiva lectura de sus libros de caballerías. Los camioneros atraviesan Europa de un extremo a otro en enormes vehículos cargados con diferentes tipos de mercancías: de Portugal a Alemania, de Gibraltar a Eslovenia, incluso algunos llegan hasta Polonia o Rumanía, en los confines más orientales de la Comunidad. Sin duda los camioneros son nuestros carreteros del siglo XXI. Me tomo un café con Avelino, que trabaja esta noche. Charlamos un rato. Me cuenta cuando, de pequeño, se entretenía matando ratas con Isauro en el “moledero” junto a la herrería. Me pregunta por el "Coto Redondo" que me llevé el otro día (la gama alta de Pagos del Negredo, elaborado con cepas viejas del Cerrato). Muy bueno, comento con rotundidad, un vino fuerte e intenso con recuerdos a fruta madura y vainilla. Un poco caro, remarca Avelino. Claro, no se puede tener todo. Eso me parece a mí. Dejo a Avelino con sus cavilaciones y me vuelvo despacio por el camino de la Casa de las Brujas (apenas un pozo y un nogal en mitad de un campo de alfalfa que el amigo Teo cuida con cariño). Ni un solo ruido turba el silencio de la noche. Las luces rojas de los molinos en lo alto del páramo proporcionan el toque particular de un imaginario anuncio navideño. Los almendros viejos ya están dormidos. Paso sigiloso, casi de puntillas, por no molestar a los espíritus que habitan este mágico entorno (el cementerio no está lejos y en estas noches tan agradables muchas de las ánimas salen a dar una vuelta y a estirar las piernas pues andan siempre encogidas y con demasiada humedad, algo que no va nada bien para los huesos). La sombra del silo se alarga con la luz de la luna; en la estación fantasma ya no paran los trenes. Al otro lado de las vías, en el paraje de Lancha Quebrada, despierta el majuelo de Basilio alterando la calma del entorno con los petardos que pretenden espantar a los tordos.

sábado, 19 de agosto de 2017

El Bar del Pico


Desde la última reforma el bar ha mejorado mucho, hacía falta sanear el tejado con urgencia, renovar la electricidad y dar un lavado de cara integral a todo el local, especialmente al comedor. Ahora, con la plancha y los pinchos, los fines de semana dan muchas comidas y cenas, hay mucha más gente en el pueblo y el ambiente es más alegre y distendido. Dalmacio quería poner una máquina de lotería primitiva pero eso implica muchos permisos que al final no acabaron de autorizar desde la capital. Burócratas de mierda, jura por lo bajo Dalmacio. Sólo con el papeleo ya era como para quitarle las ganas a cualquiera. Yo pienso que habría sido una buena inversión pero las cosas no siempre salen como a uno le gustaría. La gente que ha merendado en las bodegas, se acerca al bar a tomar el café y el chupito; orujo blanco, hierbas o pacharán, ofrece el tabernero. Yo sigo entretenido con mi gin-tonic. Paco, de donde viene lo de Paquito Caudillo, pregunto a mi amigo Pacopús. Es por su padre. Pero ¿no era preso de guerra? Sí, era preso de guerra pero tenía un bigotillo como Franco y todo el mundo le llamaba Caudillo. Menuda contradicción. Aquí los motes se heredan así que su hijo siempre ha sido Paquito Caudillo. Éramos entonces muchos Pacos, yo soy Pacopús, de la familia de los Puses de toda la vida, también estaban los Tarabillas, los Guindillas, los Matapollos… Pues vaya. Por cierto, ¿de dónde viene el apodo de los Puses? Uf, eso es una larga historia que proviene de mi abuelo y mi bisabuelo, ya te contaré con más calma en otro momento. Tiene que ver con la guerra de Prusia donde estuvo batallando el bisabuelo, pero de eso hace ya muchos años. A ver si te acercas un día por la bodega y echamos un rato. Vino no va a faltar. Yo pienso en la guerra de Prusia intentando ubicarla en el tiempo, creo que debió de ser a finales del XIX, recuerdo vagamente los relatos donde Alphonse Daudet narraba las peleas entre franceses y alemanes. Muchos años y muchas historias; Paco es un hombre muy reservado así que por el momento tendré que permanecer con la intriga. Acabo mi gin-tonic y me vuelvo a casa dando un paseo sin prisa bajo el cielo estrellado. Paco se queda en el bar rememorando tiempos pasados. Recuerdo una foto antigua del bisabuelo cazador, una imagen en sepia de finales del XIX donde aparecía un hombretón con una gran barba sin bigote, botas con polainas, sombrero de cuero y una escopeta entre las manos, pero desconozco si se trata del famoso abuelo que inició toda la saga. La guerra de Prusia, por lo visto, tuvo lugar entre 1870 y 1871. Suena el silbido del tren y los petardos del tío Basilio intentando espantar a los tordos, aúllan los perros del vecino, al fondo asoma una luna anaranjada y redonda que se eleva sobre las colinas del Negredo. Me doy cuenta de que, en realidad, me paso el día caminando, una ocupación muy saludable que me mantiene en plena forma. Caminar y pensar, actividades complementarias íntimamente relacionadas. Las ideas que se agolpan en mi cabeza se organizan por su cuenta en un determinado momento, tejiendo una estructura sólida y compacta que no puedo controlar. Una nube autónoma que viaja por su cuenta en el interior del cerebro. Prefiero no pensar. Es como un puzle que al principio no eres capaz de entender, te sobran piezas, te faltan colores, pero al final todo acaba encajando. Aún me sigue rondando la duda sobre el apodo de la familia de mi amigo, tampoco recuerdo el nombre del marido de la señora Amparo, el simpático bilbaíno de Valbuena que no quiso decirme su nombre. Simplemente "el marido de la Amparo", no se me olvidará.

sábado, 12 de agosto de 2017

El bosquecillo de encinas de Vilandrando


Atravieso de nuevo el bosquecillo de encinas, que a esta hora es como un bosque encantado, y bajo hacia el pueblo guiado por las luces de la carretera. Mucho tráfico de camiones en ambos sentidos. Un incesante río de puntitos, un continuo reguero luminoso que no detiene su movimiento ni de día ni de noche. Humean las chimeneas de las bodegas, sin duda su particular momento de gloria. Cualquiera podría imaginar un poblado troglodítico. El aroma de la leña y los manojos de sarmientos se mezcla con el olor de la panceta y las chuletillas a la brasa. Acacias y negrillos, matas de orégano, tomillo y mejorana, té de monte, manzanilla. Camino entre las zarceras y los espigados respiraderos de las bodegas. Doy un tiento al porrón que me ofrece Teodoro (clarete de Villahán confirma con solvencia) y continúo mi recorrido tras aclarar la garganta del polvo del camino. Tras mi caminata vespertina llego al pueblo con hambre y con sed. Podría comerme cualquier cosa, el clarete de Teodoro y el olor de las chuletillas han acabado de despertar mi apetito. Coincido en el bar con Paquito Caudillo (nunca supe de donde venía su mote tan particular) y le cuento que esta tarde estuve paseando por la Colonia. Paquito vive en Bilbao pero viene por el pueblo con mucha frecuencia. Nació en la misma casa donde hoy se ubica el único bar del pueblo. Cada vez está peor, señalo con pesadumbre hacia las ruinas de la Colonia. Sí, una pena lo del Sanatorio (él sigue hablando del Sanatorio, muy anterior a la Colonia Infantil). Me cuenta que su padre estuvo allí trabajando durante muchos años; en realidad su padre, que era alférez de Marina en Cartagena, fue trasladado como preso de guerra para construir el sanatorio a finales de los años treinta (la primera piedra fue colocada en 1939). Mucho dolor y mucho sufrimiento. Al acabar de cumplir su pena, el padre de Paquito Caudillo se quedó empleado en el Sanatorio que había ayudado a construir con sus propias manos; primero como calefactor y luego como electricista, maquinista y todos los oficios relacionados que se acababan resumiendo en uno solo, cumplir con el trabajo para ganar el sustento diario. Al final se acabó casando con una chica del pueblo y reposa, lejos del mar, en el pequeño cementerio rodeado de compañeros de aventuras y desventuras. Mientras me tomo una cerveza bien fría, Dalmacio me prepara unos huevos fritos con lomo y patatas que devoro con sumo placer. Aquí las patatas son patatas de verdad y los huevos son huevos de gallinas libres de Mazuecos (así se comprende la afición de Delibes cuando, mojado y cansado de patear el campo tras conejos y perdices, se acercaba a tomar unas patatas con carne frente a la chimenea del comedor en aquellos lejanos tiempos en que Benito y Mariángeles regentaban el bar). No hay nada como tener hambre para comer con ganas. Pienso en el pueblo de mi amiga Cris, Mazuecos del Valdeginate y sus tortillas de dieciocho huevos. ¿Quieres postre? pregunta Dalmacio. Claro, quiero postre y café. ¿Tienes flan? Sí. ¿Es casero? Si, casero de huevo. Pues ponme un flan de huevo y un cortado con leche fría, por favor. Al acabar de cenar pido un gin-tonic. Dalmacio, todo un experto desde los lejanos tiempos del Sanga, prepara el hielo, la corteza de limón, la ginebra y la tónica según la clásica receta de Luisito, nuestro común amigo recientemente jubilado. Fundamental la tónica bien fría y el hielo de calidad para no aguar la bebida. Sale Mary a saludar, la mujer se pasa el día trabajando en la cocina, tiene buena mano. ¿Cenaste bien? Fenomenal Mary, muchas gracias. Es viernes y el bar, entre las cenas y las copas, se encuentra muy animado. Tampoco hay muchas más alternativas, realmente es el centro de la comarca.

sábado, 5 de agosto de 2017

El sanatorio antituberculoso


Observo con admiración a este viejito menudo y moreno que sube las cuestas del páramo con su BH plegable de más de 40 años, como si fuera un chaval. Antes la cadena rozaba y sonaba un poco pero desde que la he aceitado va de cine. Hay que tener ganas y entusiasmo. Pienso que cuando llega ese momento en que no deseas nada ni necesitas nada, probablemente sea el instante en que te das de bruces con la verdadera felicidad. Muchas veces no somos capaces de reconocerlo pero esa sensación es la que percibo ahora mismo charlando con este hombre de asuntos intrascendentes. La importancia de las pequeñas cosas. Ale, me voy, que se me hace de noche y aún me queda camino. Adiós, vaya con cuidado, a ver si nos vemos por Valbuena uno de estos días. Con Dios. Cuando quiera, allí tiene usted su casa, no tiene más que preguntar por el de Bilbao, el marido de la Amparo, nos conoce todo el mundo. Un vaso de vino y un rato de charla nunca le van a faltar. Le veo alejarse contento y feliz y me doy cuenta de que no me ha dicho ni su nombre; tendré que recordarle como "el marido de la Amparo", el viejito menudo de la bicicleta. Hay días en que el cielo se empeña en enviarnos algún hermoso regalo; me doy cuenta de que la ausencia de deseo tiene mucho que ver con el descubrimiento de la verdadera felicidad. Definitivamente tendré que acercarme a dar una vuelta por Valbuena. Me interno en el laberíntico conjunto de edificios que forman el complejo del antiguo Sanatorio Antituberculoso dedicado al general Varela (San Fernando 1891-Tánger 1951), ministro del ejército durante la dictadura franquista y un hombre con muchísimo poder en su tiempo. José Enrique Varela, compañero de Franco en Marruecos, comenzó su carrera como soldado raso y la acabó como general, algo verdaderamente inusual en este ámbito; se trata de uno de los pocos militares honrado en dos ocasiones con la concesión de la Gran Cruz laureada de San Fernando, la más alta distinción al mérito militar, por su heroísmo en los combates mantenidos en el Protectorado de Marruecos durante los años 1921 y 1922. Apartado del gobierno franquista tras los sucesos de la Basílica de Begoña (un ataque falangista con bombas en una ceremonia religiosa organizada por los carlistas el 16 de agosto de 1942), fue nombrado Alto Comisario de España en Marruecos y murió de leucemia en Tánger. Su hija Casilda fue la primera mujer de Paco de Lucía pese a la fuerte oposición familiar (se casaron en Ámsterdam el 27 de enero de 1977 y tuvieron tres hijos, Casilda, Lucía y Curro. Veinte años más tarde Paco se casó con Gabriela, una mejicana con la que tuvo dos hijos, Antonia y Diego). Sin darme cuenta me encuentro tarareando de manera refleja la melodía de "Entre dos aguas", una asociación mental automática. El Sanatorio Antituberculoso fue planificado en 1938, la primera piedra se puso en 1939. Recorro despacio todo el conjunto, la entrada señorial y la casa del coronel, la piscina con vistas (parece ser que no había piscina igual en todo el entorno), las galerías al sur donde se soleaban los pacientes, los salones y el cine, las casas de los mandos y las casas de los obreros… En su momento llegó a disponer de hasta 200 camas para los enfermos. Sol y aire puro en pleno centro de la meseta. Cuatro plantas más sótano con agujeros en techos y suelos. Una vez que los gitanos y chatarreros se llevaron todo el hierro de los forjados, cayeron pérgolas y techumbres y los edificios se fueron viniendo abajo, uno tras otro, como fichas de dominó. Un antiguo ascensor, roto y oxidado, se esconde en el sótano. Lamentable imagen de desolación y abandono. Me hago una ligera idea de conjunto, imposible imaginar con certeza cómo podría haber sido todo esto en sus tiempos de esplendor.