viernes, 13 de octubre de 2017

De nuevo por el mercadillo: hierros y chatarras


Los domingos por la mañana solemos ir al mercadillo que instalan gitanos y anticuarios bajo los soportales de la plaza mayor. Fundamentalmente hierros y chatarras, algunos muebles y diferentes aperos del campo. El mercadillo se celebra desde hace muchos años y es necesario sacar una licencia en el ayuntamiento para poder instalar cualquier tipo de puesto. Uno de los anticuarios me dice que lleva viniendo cada domingo desde hace más de veinte años; por aquel entonces la ciudad celebraba una de las primeras ediciones de las Edades del Hombre. Ahora mismo todos los puestos deben estar adjudicados pero siempre falta alguien y los sitios suelen acabar ocupados, bien por el titular del puesto o por el que viene al fallo. Allí podemos encontrar relojes, libros, cuadros, muebles, botellas, orzas de barro y trastos antiguos, entre otras muchas cosas. A veces se acercan los libreros o los de los sellos pero no suelen ser muy constantes. Una chica joven cada semana se pone delante de una mesa con libros y un extranjero, que no habla castellano, vende fósiles y minerales. Yo creo que es marroquí pero no habla francés. Un hombre con barbas blancas y una enorme levita negra se pasea entre los puestos viendo las novedades. Los gitanos acuden con sus furgonetas viejas repletas de herramientas oxidadas, azadones, azadas, picos, horcas, martillos, cerraduras, clavos viejos, llaves, romanas, planchas, pesas, arados… A primera hora se tiran un buen rato colocando todos sus trastos, luego esperan la llegada de clientes a los que poder engatusar. Un juego donde cada uno paga lo que quiere; a veces se llega a un acuerdo y en otras ocasiones se tantea y se deja pasar. Cualquier cosa que puedas imaginar se puede comprar y vender, desde un grifo a una muñeca rota, un carburo antiguo o una botella de gaseosa. Por lo visto uno de los gitanos, el más serio y responsable, es pastor de almas pero hace días que no viene, se conoce que tiene cosas más importantes que hacer. A mí me da pena porque era un hombre muy amable que solía traer cosas bien bonitas. José venía el otro día con un saco de cencerros por el que decía haber pagado cien euros (el negocio consiste en venderlos de uno en uno por el doble o el triple de lo que se ha pagado por cada uno); al lado su mujer vende libros, porcelanas y trastos diversos. Se llama María y es hermana de Luis, que lleva varios puestos con otro hermano y con sus hijos. Déjaselo barato José, que siempre nos llevan algo, le dice al marido que fuma un cigarrillo tras otro apoyado en una de las columnas de los soportales. José compra casas enteras a precio cerrado a gente que pretende sacar un dinero con los trastos viejos de los abuelos. Vacían así la casa antes de venderla al mejor postor. Aunque no saquen mucho es una solución que favorece a ambas partes; los propietarios resuelven el problema y obtienen un dinero extra al contado al mismo tiempo que José multiplica al menos por cinco su inversión, una vez que consigue vender todos los trastos. En algunos casos se encuentran cosas curiosas. El otro día uno de los gitanos traía un par de bicicletas antiguas, eran bonitas pero estaban tan deterioradas que su restauración suponía una reparación demasiado costosa, si no imposible. Un rumano muy gordo me vende un botijo de Astudillo, barro y miel, por cinco euros; en este caso soy yo quien pone el precio pues él me pedía ocho. Otras veces las negociaciones son bastante más complicadas: ¿Cuánto pides? ¿Tú cuánto me das? Un euro. Anda, anda. ¿Qué pides por eso? Veinte por ser para ti, estoy pidiendo veinticinco, mira por ahí. Te puedo dar diez. Quince, no puedo bajar más.

viernes, 6 de octubre de 2017

Entramos en invierno


Los bares siguen cerrados así que decidimos acercarnos a la bodega a merendar. No hay muchas alternativas, tampoco vamos a pasar la tarde bebiendo sin sentido, dice Paco con toda razón. Benito prepara una tortilla de gambas y setas mientras Paco corta el tomate para la ensalada y Alverio baja a buscar vino a lo más profundo de la tierra. Paco añade la cebolla y una latilla de agujas. Yo preparo el mantel y los platos, coloco el embutido (salchichón, lomo y chorizo); estoy cansado, me he pasado la tarde trabajando en el jardín. El clarete fresquito brilla en el interior del porrón, que corre con soltura de mano en mano. Dice Alverio que aún nos queda un mes; a partir de los Santos, Villa Odoth cambia su cara amable y soleada por un aspecto completamente distinto. Un Jano con sus dos caras. El viento frío que sopla del norte ruge entre las callejuelas del pueblo y se cuela por los resquicios de puertas y ventanas. Los árboles se desnudan, una especie de Alaska profunda (salvando las distancias) a pesar de la falta de nieve. Robles, encinas y alguna sabina aislada. En los peores meses la temperatura en el páramo desciende por debajo de los diez grados bajo cero y eso ya es frío de verdad. Nieblas matutinas y madrugadas de cencellada. Los cardos congelados se transforman en increíbles flores de escarcha, iluminadas por las primeras luces. La tierra permanece dura como la piedra, los campos se mantienen en un reposo total y absoluto. No queda entonces más que el verde pardo y ceniciento de las sufridas encinas que crecen a su libre albedrío en la ladera del monte. Se trata, sin duda, de los magistrales ocres, verdes y grises de Díaz-Caneja en vivo y en directo. Hasta san Isidro no volverá la placidez primaveral aunque a mí me gusta mucho disfrutar del invierno y sus rigores frente a los guiños de las brasas formadas en el interior de la chimenea por los troncos de roble y encina. La madera del roble es blanquita; la encina, mucho más rojiza y compacta, tiene mayor poder calorífico. La llama también es distinta, más viva y hermosa en el caso del roble, más intensa y profunda en la encina, dando a entender de alguna manera esa correlación profunda con la sobriedad del paisaje. El invierno, que en Villa Odoth dura más de seis meses, es una estación bien agradable; el frío y la soledad que nos acompaña cada día, nos invita a refugiarnos en casa y a leer sin prisa. Tiempo de lecturas y de meditaciones, tiempo ganado al tiempo. Apenas un mes de escaso y breve otoño; este año, con las heladas tardías de finales de abril, nos quedamos sin membrillos (y sin cerezas y sin nueces y sin guindas). Parece que de manera irremediable entramos en invierno. Paco ya asó los pimientos y esta mañana se levantó temprano por escabechar las codornices. Hay que dejar todo preparado antes de que lleguen los fríos. Por la tarde estuve limpiando la plancha y los cepos que compramos en el rastrillo (unos cepos tan pequeños que más bien parecen ratoneras); quedaron muy bien, menuda diferencia. Chistes y chascarrillos entre trago y trago; evocamos tiempos pasados, gentes que ya no están entre nosotros, historias de ahora y de antaño a las que volvemos de manera reiterada una y otra vez. Paco es la memoria viva del pueblo. Comemos las uvas de la parra con el pedazo de queso curado que trajo Benito, unas uvas dulces y jugosas gracias a las bolsas que pusimos para evitar que fueran devoradas por los pájaros. Alverio saca un orujo de café, fuerte y aromático, que deja un regusto amargo en el fondo del paladar. La noche es calma y templada. Bajamos al pueblo bajo la atenta mirada de las miles de luces de las estrellas. A veces nos complicamos pero realmente la vida es muy sencilla. Tampoco necesitamos mucho más.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Cazando sueños


Salgo a pasear por hacer una foto del puente de piedra cuando, con las últimas luces, la caliza se tiñe de un naranja intenso y profundo. El reflejo de los arcos contra el agua en movimiento es una imagen que siempre me ha llamado poderosamente la atención. Espero la visita de los azulones, aunque suelen ser bastante reacios a posar y hay que pillarlos un poco a traición. Tengo idea de lo que quiero pero cada día es una aventura diferente. Me dejo llevar sin miedo, embargado por la emoción y la sorpresa de lo que en esta ocasión vaya a encontrar. Los leones siguen inmóviles, el río permanece tranquilo y el murmullo del agua resuena en mis oídos. Cae la tarde y se avivan los colores, el cielo se enciende por detrás de los cerros pelados que suben al páramo. Camino despacio, no tengo ninguna prisa, escucho el silencio y el rumor de las hojas mecidas por el viento. Aspiro el aire con todas mis fuerzas, lleno los pulmones de vida centrado en mis pensamientos. Una lengua de buey (Hepatica fistulina) crece en el tronco de un chopo, a falta de robles o castaños. Busco los dos pequeños almendros que crecen junto a las barbacoas de piedra; uno ha prosperado pero el otro me da la sensación de que se ha perdido definitivamente (a veces las apariencias engañan, mi endrino de la fuente Pocías tardó año y medio en dar señales de vida). Oculto en la espesura canturrea un pajarillo que no consigo identificar. Imagino un petirrojo (por la plasticidad de la escena) pero bien pudiera tratarse de cualquier otra cosa. Suena el toc-toc de un pica-pinos (¿será el que cada mañana se come las almendras de mi amigo Pacopús dejando las cáscaras vacías al pie de una de las encinas?); las urracas, con los destellos metálicos de su esmoquin, juguetean al borde del agua. Los arcos del puente siguen cegados por las ramas que arrastró el agua en la última riada y que nadie desde entonces se ha ocupado en retirar. Una parra crece agarrada a las paredes de adobe de un caserón medio abandonado. Apenas hay agua en el cuérnago así que me acerco hasta la isla, que alcanzo con facilidad saltando sobre las piedras. Hay que prestar mucha atención, recuerdo el año que Amelie se partió una muñeca al resbalar sobre una piedra mojada. Los alisos que ocupan la isla presentan gigantescas dimensiones; en medio de la espesura se ocultan las ruinas del molino con sus techumbres caídas y las enormes losas de piedra que invaden la cacera de entrada. Busco los saúcos que comentaba Isauro el otro día (Sambucus nigra), por lo visto la ribera está llena de estos simpáticos arbustos aunque yo hasta ahora no me había dado cuenta; Evelio me estuvo explicando que con las bayas de saúco se consiguen estupendas mermeladas e incluso un aguardiente muy apreciado por sus propiedades medicinales. Los saúcos forman matas de espeso y denso follaje donde suelen esconderse los buenos espíritus del bosque tales como los duendes, las hadas y los elfos. En Galicia conocen este arbolito, que a veces puede adquirir notables dimensiones, como “sabugeiro”; en realidad se trata de un arbusto de propiedades mágicas con flores blancas y frutos negro-azulados (conocidos allí como uvas de bruja). Intento no hacer ruido por molestar lo menos posible a los misteriosos seres del bosque y pienso que a falta de las típicas setas de enanito donde refugiarse (como la Amanita muscaria), bienvenidas sean las sabugeiras. Sigo caminado, persiguiendo sueños y cazando nubes. Tendré que probar el licor de saúco, seguro que me sorprende y al final me acabaré aficionando.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Bacalao con Pacopús II


Me acerco a casa buscando una buena botella de vino; elijo uno de los Pesqueras que reservo para ocasiones especiales. Mingo se presenta con un bote de avellanas y una caja de "Socorritos" y así, entre unas cosas y otras (el vino, los pimientos asados, el bacalao), la tarde va discurriendo sin prisa. Cafés, orujos y pacharanes van cayendo uno tras otro, acompañados por sus correspondientes socorritos. La sobremesa se alarga sin darnos cuenta, los relojes parecen haber dejado de funcionar, una calma plácida invade el ambiente. Bebemos el pacharán que preparé el año pasado con los endrinos, gordos como uvas, que nos trajo Paquito desde Bilbao. Paco nos enseña sus relojes y sus chatarras, sus libros de setas y sus frutales, el jerbo, el avellano y los almendros mollares. A mí los almendros no se me dan nada bien. El jerbo, un tipo de serbal como el mostajo o el serbal de los cazadores, es uno de los arbolitos más curiosos que podamos encontrar por la zona; el tronco es muy resistente y se usaba antiguamente para construir los husillos de las prensas de las bodegas. El jerbo puede ser del tipo piriforme o maliforme, según sus frutos tengan forma de pera o de manzana. Irenio dice que el fruto de los jerbos siempre tiene forma de pera, el que tiene forma de manzana es el acerolo. No le falta razón (aunque yo creo que es lo mismo pero no digo nada por no discutir). Paco tiene guindos, nogales, manzanos, cerezos, ciruelos y membrilleros, así como un encantador bosquecito de encinas donde se sienta a meditar a la caída de la tarde. Yo comento que mi nogal todavía no ha echado ni una sola nuez y eso que ya va para cinco años desde que lo plantamos. Un regalo de Julianín; tenía entonces poco más de un metro de altura y crecía por su cuenta en medio del huerto junto al río. Un invierno lo sacamos con cuidado y lo llevamos a casa, donde se ha adaptado muy bien. El ciruelo no agarró y los esquejes de frambuesas se han multiplicado sin medida desde entonces. Por lo visto los nogales no empiezan a producir hasta que no tienen entre cinco y ocho años, se conoce que la naturaleza se toma su tiempo. Paco me habla de las nueces incarceradas, que tienen una corteza muy dura y un fruto pequeño y de poco valor, pero yo no sé decirle de qué clase es mi nogal. Solo sé que es tardío, lo cual le viene muy bien para las heladas a destiempo que acostumbran a sorprendernos en Villa Odoth a finales de primavera. Las heladas tardías son muy nocivas para los frutales. Si vemos que no sale bueno habrá que injertarlo, afirma Paco con rotundidad. Estiramos las piernas, nos acercamos hasta la estación donde ya no paran los trenes y saludamos al silo-faro iluminado por los últimos rayos del sol. La estación aparece desierta, una lástima, al final acabará desapareciendo. Los rápidos y los mercancías disminuyen la velocidad al pasar silbando por la estación fantasma sin prestar la menor atención. Poco a poco van cayendo las luces, nos acercamos al bar de la piscina por refrescarnos un rato. Saludo a Trinidad que lee en el porche junto a los rosales. Trinidad es un hombre muy instruido que sale muy poco de casa. Mingo nos invita a un gin-tonic, tampoco nos vamos a negar. Paco, cuándo me contarás lo de los Puses. Si, si, no te preocupes, cuando tú quieras, ya tendremos tiempo. Ya habrá tiempo de que se le suelte la lengua, pienso mientras disfruto con el gin-tonic y la compañía. Ulula la lechuza, aletea el murciélago. Nos invaden las sombras y los silencios, se conoce que va entrando la noche.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Bacalao con Pacopus I


La pista paralela al río que cojo para salir del Valle Bueno constituye en cierto modo su escapatoria natural hacia el sur. No hay opción, el camino discurre entre el curso fluvial y los altos del páramo, serpenteando perezoso al borde del agua. Corretean los corzos entre campos de espigas y girasoles. Las fincas se solapan una tras otra: la Dehesa de Matanzas, el camino del Majuelo, la Campera de San Pedro, la Islilla y la Vega. Afronto con alegría la cuesta de las bodegas y atravieso el bosquecillo de encinas antes de llegar al caserío de Santa Rosa, donde me espera un ejército de pequeños olivos perfectamente alineados. Un bando de cigüeñas se distribuye homogéneamente por el campo buscando el sustento diario (sapos y culebras, gusanos, ratones, caracoles…). Aunque no lo parezca, las cigüeñas son grandes depredadores; dice la canción que la cigüeña batalla con la culebra y nos mata los bichos que son dañinos. Me encuentro a Pacopús descansando en la terraza de “El Pico”. Le comento que esta mañana estuve en la Quinta y le hablo de la culebra y de las cigüeñas, él me enseña la foto de la pareja de cigüeños que mató el pedrisco hace unos días, dos ejemplares jóvenes medio desplumados rodeados de granizos como pelotas de golf. Tomamos un vino y le cuento con detalle mi excursión matutina. “Menuda chaqueta”, comenta socarrón, al mismo tiempo que me propone compartir el bacalao al pilpil que preparó ayer tarde (está mucho mejor de un día para otro, afirma con conocimiento de causa). Imposible llevarle la contraria; Paco, entre otras muchas cosas, es un gran cocinero de bacalao; el Club Ranero lo hace bueno pero el pilpil lo borda. Lo importante para el pilpil son los ingredientes: ajo, aceite de oliva y bacalao, señala, aunque yo creo que el verdadero secreto reside en la cazuela de barro que cuida con esmero para poder seguir utilizando durante mucho tiempo (me dice que era de su suegro y que ya debe tener cerca de los setenta años, la cazuela, no su suegro que murió hace años). Una marmita mágica que cuida como oro en paño. Pedimos otro vino y hablamos de bacalaos, sin duda es un gran entendido. Yo, mentalmente, voy tomando nota de todo. El bacalao ha de ser de buena calidad, mejor que no sea muy grueso para que se impregne bien del aroma de la salsa, dice Paco; hay que desalarlo durante dos días con cambios de agua cada ocho horas; el aceite de oliva virgen; los ajos, en lonchas… Tras organizar los preparativos (se seca el bacalao, se calienta el aceite, se fríen los ajos y se reservan) viene lo principal; hay que colocar el bacalao, con la piel hacia abajo, en el aceite caliente donde se frieron los ajos, removiendo sin pausa con movimientos circulares (como si estuviéramos bailando, dice Paco). El aceite no debe estar demasiado caliente; lo que se tiene que mover es el bacalao, insiste mi amigo, no la cazuela. Me imagino en esas circunstancias, no debe ser tan sencillo como parece, además yo no soy muy bailón y me da la impresión de que mis movimientos parecerían un tanto forzados (recuerdo aquel día en que Loren peleaba a brazo partido con unas tajadas de bacalao sin conseguir ligar el aceite para lograr una emulsión en condiciones). Al final la salsa, sin grumos, ha de ligar perfectamente. Paco, no sigas, por favor, que se me hace la boca agua. Así, como quien no quiere la cosa, le recuerdo que tampoco se le dan nada mal los pimientos asados ni las codornices escabechadas y él sonríe con un cierto aire de complicidad. Algún bote me queda todavía, susurra entre dientes para que no le oiga nadie. ¿De pimientos o de codornices? De pimientos y de codornices, comenta con malicia.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Paseo por el valle Bueno


Una vez en el pueblo busco la fuente por refrescarme un poco. Las avispas andan revueltas con el agua y el calor. Un par de perros me ladran con desgana, nos conocemos de otras veces así que esta vez ni se dignan a levantarse. Enseguida me encuentro con el abuelo que conocí ayer en el camino de la Colonia, el amigo de los abejarucos al que olvidé preguntar su nombre. Ya sabía yo que me lo iba a encontrar, tenía el presentimiento y estas sensaciones no me suelen fallar. Me dice que se llama Venancio, me invita a tomar un vino en el Tele-Club y charlamos un rato sobre la vida y sus circunstancias. En cualquier caso parece mucho más joven que ayer, la primera impresión a veces engaña. En el pueblo se encuentra muy bien, cada día sale a pasear por el campo, bien andando o bien en bici; me cuenta que esta mañana subió al páramo alto por el Vallejón, anduvo por los corrales de la Mora y retornó por la vaguada del arroyo del Prado. El páramo está más alto que las tierras circundantes, de ahí las estupendas vistas que se disfrutan desde arriba. Yo le pregunto si subió en bici como ayer pero me dice que el camino es malo y que hay mucho desnivel, por lo que la empresa resultaría harto complicada. Además, puntualiza con convicción, es bueno usar las piernas, el recorrido no es largo pero resulta entretenido. Tenemos una buena casa bien acondicionada, continúa Venancio, era de los suegros. Cuando se fueron, la heredó la mujer y la arreglamos toda entera. La mujer tiene amigas y se entretiene mucho, va a misa, juega a las cartas, yo he puesto un huertecillo con tomates y cebollas, poca cosa, por pasar el rato; las hijas, en cambio, vienen muy poco, ya sabe usted, viven en Bilbao y en Barcelona, se conoce que les va más la playa, cosas de jóvenes, al final en estos pueblos no quedan más que los viejos. Ellas dicen que aquí no tienen nada que hacer y que los críos se aburren. Yo vengo porque me gusta, no se crea, ninguna obligación, yo ya estoy muy trabajado pero aquí me lo paso muy bien, mucho mejor que en Bilbao donde no puedo salir al campo ni a ningún sitio. Cada día una cosa distinta, no me falta la faena ni el entretenimiento. Si, ya veo que no para. Y por las noches a la bodega, si le apetece, está usted invitado. Muchas gracias, lo tendré en cuenta. Me encuentro bien a gusto charlando con Venancio pero aún me queda camino y no me quiero demorar demasiado. Tengo idea de comer en casa aunque los horarios no me preocupan en exceso. Intento pagar los vinos, algo que resulta de todo punto imposible ante la insistencia de Venancio por hacerse cargo de la cuenta. Yo pensé que los jubilados no podían pagar, que no les llegaba la pensión. Quite, quite, que estaré jubilado pero este es mi pueblo y estando yo presente aquí no me paga el vino un forastero. Al acabar, Venancio insiste en acompañarme hasta la ermita, al otro extremo del pueblo, justo desde donde sale la pista de tierra hacia Villandrando. Nos despedimos prometiendo, si Dios quiere, volver a vernos en breve. La ermita del Espíritu Santo se encuentra poco después del cementerio, cuatro paredes de bloque gris recortadas contra el cielo. Por encima de los muros sobresalen las copas de algunos cipreses intentando escapar del camposanto. Un abuelo, sentado a la sombra de la pared de la ermita, lee muy ufano un periódico atrasado. ¿Qué hay de nuevo por el mundo?, pregunto curioso. Nada distinto a lo de ayer o a lo de la semana pasada, nada distinto de lo que nos contarán mañana. Hoy en día nos tienen engañados. El periódico es antiguo pero me entretiene mucho. Al fin y al cabo siempre dicen lo mismo así que me vale para leer y recordar cosas. Pues tiene toda la razón del mundo, afirmo convencido, y allí le dejo, platicando a solas con su periódico.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Al convento de la Quinta


Me levanto temprano apenas comienza a despuntar el día; siempre me gustó madrugar por ver amanecer. Enseguida el sol se eleva por encima de las colinas del Negredo. “Yo tenía una granja en África, a los pies de las colinas del Ngong”, escribe Karen Blixen al comienzo de su famosa novela Out of Africa posteriormente llevada al cine con gran éxito. Mis territorios no son tan exóticos como los de Dinesen o Stevenson (Kenia, Samoa, Vailima…) pero tampoco tienen mucho que envidiarles. Una delicia; puro Cerrato, puro Delibes. Dispongo de mi distrito del norte y de mi distrito del sur y me dirijo a cada uno de ellos en función de mi estado de ánimo y de otras particulares circunstancias. Me tomo un café y salgo a caminar. Paco anda liado, esta vez no podrá acompañarme así que voy un poco a mi libre albedrío (entre otros asuntos tenemos pendiente la subida a las yeseras en mitad del cerro de las bodegas y la excursión en busca del orégano que crece en la ladera del monte, que aún no ha acabado de crecer). Atravieso el río por el puente de piedra, dejo a mano derecha la desviación al convento de San Salvador del Moral, apenas unas ruinas en el interior de una finca privada rodeada de nogales, y subo hasta lo más alto del páramo por la carretera de la Colonia. Hoy tengo intención de acercarme a las ruinas del convento de la Quinta, un paraje idílico en medio del monte que me descubrió por casualidad mi amigo Pacopús. No tiene pérdida me dice, subes al páramo de Valbuena y en la primera curva a la izquierda te tiras a la derecha por una senda que se va perdiendo en la espesura (caminos que a mí me recuerdan a nuestro san Juan de la Cruz, el poeta místico por antonomasia). Reviso mis mapas, la empresa no parece demasiado complicada. Las encinas salpican el campo, el cielo es azul y la brisa fresca acaricia mi piel. La recta que atraviesa el páramo es inmensa y desolada. Algunos majanos destacan en medio de los campos donde sobrevuela el cernícalo y el milano real. La tranquilidad es absoluta, no pasa ni un solo coche. El Matacán a un lado y los Corrales al otro, con la fuente de Canalejas y su pilón de piedra escondida en la cuesta que baja hacia el río. En un determinado momento el camino hace una ligera curva; a la izquierda se adivina la vaguada del vallecito de san Vicente, al otro lado, entre alambreras cinegéticas y ralos bosquecillos de encinas, encuentro una senda más estrecha que en un principio discurre entre campos de cultivo y vallas de piedra seca. Sigo el camino que se interna en la espesura y después de una buena caminata alcanzo mi objetivo. Empieza a hacer calor. Descanso un rato frente al muro del convento de la Quinta. Un friso, un contrafuerte, apenas nada; un suspiro en el tiempo. Hierbas aromáticas y algunos frutales, se conoce que los monjes tenían buena mano: matas de romero, mejorana, orégano y tomillo salsero crecen por doquier. Ni rastro de la fuente que debía existir en el entorno. Encuentro algunas piedras labradas y restos de cimentaciones antiguas olvidadas en medio del silencio y la soledad. Una lástima pues apenas queda nada de la riqueza de otros tiempos. Aprovecho por echar un trago de agua y dar cuenta del frugal almuerzo de mi zurrón (un poco de queso, aceitunas, algunas cerezas). Valoro dos posibles opciones, bien continuar hacia la encina bonita y rodear el monte del Caballo buscando la curva grande que baja al pueblo (lo cual alargaría mucho el recorrido) o descolgarme directamente por la vaguada del arroyo Camporredondo que se adivina justo frente a mis pies. Me inclino por esta última posibilidad, mucho más cómoda y rápida, así que atravieso la umbría del bosque y enseguida descubro la senda que de manera sencilla me conduce en un suspiro hasta Valbuena.