977 - Los caracoles de Fibonacci
Hace 1 año
viaje alucinante: palabras, fotos y montañas
Desde casa puedo ver la Maliciosa y los Siete Picos, azules sin duda, como todas las montañas. No me cansaré de repetir que la Maliciosa es la más alpina de nuestras montañas. A su derecha las antenas de televisión, visibles sobre todo por la noche gracias a sus lucecitas rojas, y a la izquierda el Peñotillo, también por encima de los dos mil metros. Los Siete Picos, salvo Majalasna, son perfectamente identificables; a su izquierda destaca el Montón de Trigo. Lástima el bloque que me tapa el pico de Abantos, por encima de El Escorial; al otro lado si que puedo seguir todo el cordal, por encima de las azoteas, hasta el pico de la Almenara. La vida es como las montañas, está llena de altibajos, destacando algunos momentos hermosos y otros con enormes dificultades. Y todo esto hay que tomarlo de la mejor manera posible pues no existen otras opciones ni alternativas. O se toma o se deja, pero hay que ser muy valiente para elegir esta última posibilidad.
Las visiones determinan los comportamientos; si quiero cambiar el comportamiento, debo cambiar la visión. ¿Imaginación o fuerza de voluntad? Un magnolio en el patio, rodeado de algunos tulipanes amarillos. Siempre debe ser posible imaginar algo mejor. El paso de la utopía a la voluntad precisa de un primer paso, debemos ser capaces de dar ese primer paso, pues no es suficiente con imaginarlo. ¿Por qué estoy contento? Porque luce el sol, porque la tarde promete una preciosa puesta de sol, porque al fin en casa, me merezco una cerveza bien fría.
Ciertamente parece un pato, pero en realidad se trata de una nube voladora cazada a media tarde desde el balcón mirador donde crecen mis plantas. Había otra más pequeña, con forma de delfín, que navegaba despacio en medio de un cielo azul. Un rato después, apenas puedo disfrutar de la puesta de sol a causa de las gruesas nubes que se han ido agrupando a lo largo de la tarde, cubriendo homogéneamente el cielo en su totalidad. Las formas de las nubes son tan diferentes como nos permite nuestra imaginación.
"Pan, hielo, perritos calientes, bocadillos calientes". Un curioso establecimiento en la estación de El Espinar, aunque de bocadillos o cualquier otro tipo de pitanza, ¡nada de nada! Realmente pasa desapercibido pero a mí me llamó la atención el peluche de la ventana (y comencé entonces a imaginar una joven pareja con su retoño, la hora de la siesta, fin de semana, la tienda desatendida, el momento de máxima atracción turística…). Todos tenemos que vivir y el trabajo no es más que trabajo. Encuentro que la combinación de colores es uno de los aspectos más llamativos de la foto.
Fin de semana pasado por agua. Viento, lluvia y tiempo detestable aunque es verdad que tiene que llover y que todo lo que venga del cielo, siempre será bienvenido. ¡En nuestra sierra incluso ha llegado a nevar! Aprovecho este parón montañero para empaparme sobre las “cámaras digitales”, con el fin de mejorar la calidad de las imágenes que voy colgando por aquí. Hacía tiempo que tenía ganas de subir de categoría (sustituyendo mi pequeña compacta que tan buenos resultados me ha proporcionado hasta el momento) y creo que “la suerte está echada”, pues no puedo seguir leyendo y dando más vueltas a este asunto.
Si ayer era la semilla, hoy se trata de la flor del diente de león, una hermosura de intenso amarillo, con hojitas verdes y lobuladas en la base de la planta. Por lo visto el diente de león (taraxacum officinale) tiene numerosas propiedades medicinales, fundamentalmente diuréticas, hepatoprotectoras, depurativas e incluso laxantes. Sus hojas amargas, con un alto contenido en hierro y en vitaminas, pueden consumirse en forma de ensalada.
El típico milano o molinillo, también conocido como vilano o flor del cardo (nada que ver con los milanos voladores de cola ahorquillada y plumaje leonado). Yo creo que realmente se trata de la semilla del diente de león, con su inteligente aparato volador cuya finalidad es conseguir una adecuada dispersión y una óptima supervivencia. Siempre les he tenido cierto cariño, son los milanos que sobrevolaban los campos castellanos en los veranos de mi adolescencia.
Desde el balcón de mi casa domino, a vista de pájaro, un territorio enlosado, con parches de diferentes tonos y calidades, trampillas y alcantarillas de diferentes formas y tamaños. Aunque es un lugar de paso, creo que deberían cuidarlo un poco, pues parece bastante dejado. Un par de chavalas charlando junto a un minicoche, vigiladas desde lo alto… "por el ojo que todo lo ve". Yo creo que una de ellas es vecina de la casa, pero desde tan lejos no es fácil acertar.
Atardecer sobre las montañas del oeste, cielos de colores, un espectáculo gratuito cada día. A veces pierdo la oportunidad de disfrutar de esta maravilla, única e irrepetible, que apenas dura algunos minutos. De verdad que lo siento porque cada día que pasa es un día que se pierde (sin embargo, más que llegar, lo importante es el camino). El sol, poco a poco, va cambiando su orientación a lo largo del año. Al oeste se distingue, con un ojo muy fino, la cumbre de la Almenara, la montaña de Robledo de Chavela, en el territorio más salvaje de toda la comunidad (dicen que en el Cofio queda el reducto de los últimos linces pero quizá no sea más que una quimera). Hoy estuve de nuevo en Segovia…
Las Torres, y no precisamente las de la Pedriza, al fondo, confundidas en el azul. Se aprecian desde cualquier sitio (en esta ocasión están tomadas desde las Peñas del Arcipreste), destacando en la llanura madrileña como el nuevo icono de la modernidad… Las “Cuatro Torres” cambian el skyline de la ciudad, transformando los barrios del norte en un nuevo “Manjatan” como leía hace poco en una pintada en un pequeño pueblo de nuestra sierra. Nunca hay que desdeñar los instructivos mensajes que transmiten las pintadas.
El valle del río Moros, desde la Mujer Muerta a la Peñota (con sus tres cumbrecitas, como si fuera una corona de rey) y la peña del Águila en el centro de la imagen, en una mañana soleada. El aire sopla en las crestas; de nuevo montones de florecillas amarillas en la zona del camino del Arcipreste y las peñas del mismo nombre.
Días tan largos que podrían estirarse como si de chicle se tratase; una vida tan agitada que hace girar la cabeza, la mente y todos los sentidos. De vez en cuando necesitamos parar a reflexionar. El tren, en este caso, nos seguirá esperando.
Un mundo de paredes verticales donde los escaladores me recuerdan a las salamanquesas del Cabo de Gata trepando por las paredes, a la caída de la tarde, buscando insectos para cenar. Un mundo de magia y de libertad, de increíbles equilibrios, de camaradería y de amistad.
Encuentro montones florecillas amarillas entre las que destacan los dientes de león, los narcisos y las campanillas silvestres, además de la que aparece en la imagen (y que no sé como se llama). Los botones de oro todavía no han hecho su aparición y aún es temprano para la flor de la jara, que pronto tapizará de blanco las laderas soleadas. Cabras y algunos buitres incubando la pollada, en los rincones menos concurridos. Está claro que la Pedriza se está preparando para la primavera.
Tres breves comentarios después de un largo día de trabajo: