domingo, 16 de julio de 2017

Volvemos por Las Negras


Amanece un día gris con retazos de cielo azul. El poniente sopla con fuerza agitando las copas de las palmeras (hasta ahora soplaba el levante pero de repente cambia la dirección del viento). Pasan los días, uno tras otro, en medio de la tranquilidad y el silencio. Las Negras o Agua Amarga, dice la chica de la oficina de información; en Cabo de Gata estarán volando. Imposible ir a la playa con este cielo y este airón; decidimos visitar el interior. Coincidimos con Javi y su familia en el precioso vivero a la salida de Níjar: “Cactus Níjar es-Cultura” con las magníficas piezas de Anne Kampshulte alegrando el jardín. Anuncian el concierto gratuito del próximo sábado, uno de julio. Toni nos enseña sus cactus y sus olivos, fuerza de la naturaleza a través de la luz y el sol. Algunas plantitas para África (lithops, Faucaria tigrina y Pleiospilos nelii rubrum, de intenso color rojizo). Habrá que reorganizar nuestro jardín. Tendré que reponer algunos ejemplares pues la maceta de los lithops se está despoblando, los chochillos (Pleiospilos) y las portulacarias van bien, los aloes se recuperan despacio y los kalanchoes se multiplican de forma viral. Poco riego y mucha luz, insiste el chico que nos atiende. Ni una gota en invierno, en verano admiten mayor frecuencia de riego pero es fundamental un buen drenaje (los lithops son de poco agua y pocos amigos). Los cactus soportan bien el frío pero no aguantan las heladas; una vez se congela el tejido, la planta se desintegra (como el aloe en Vailima el pasado invierno). Delicadas mimosas, higueras y falsos pimenteros; esta vez no veo ni un solo granado. Javi escoge un pequeño olivo para la terraza de su casa. Trabajar en un jardín debe ser muy reconfortante. Javi tiene intención de acercarse a Agua Amarga, nosotros paseamos un rato por Níjar. Hace calor. Visitamos las tiendas de cerámica, tomamos unas cervezas en el Bar Ortiz, en el cruce de la avenida con la calle de las Eras. Las tapas son distintas cada día, nos dice la camarera, una chavala muy amable con un corte de pelo a lo chico y tatuajes espectaculares. Entre unas cosas y otras, olvido preguntar su nombre. Con las cervezas y las tapas (carne al ajillo, bonito encebollado, bacalao con tomate...) comemos muy bien. En la alfarería habitual encontramos algunas piezas que nos llaman la atención: un enorme botijo de barro rojo y una marmita para cocinar. La chica que nos atiende nos explica que el botijo es de Alicante y la marmita de Albox (o de Sorbas, no recuerda bien); un barro especial que soporta altas temperaturas (nos recomienda sumergirla en agua toda una noche antes de utilizarla). Calidad a precio razonable: diez euros el botijo y doce la marmita con tapa (que imagino sobre la estufa de Vailima cociendo a fuego lento con alubias, oreja, ajo y laurel). En el antiguo Coral, el 11 de la avenida principal, nos ofrecen una mesa de teselas a mitad de precio (esas mesas de mosaico tipo marroquí). Elegimos la de color granate, más discreta que la verde o la azul. La idea sería montar un rincón en la cocina donde desayunar sin prisas. Volvemos por Campohermoso y Las Negras, un recorrido más largo pero bastante más entretenido. Atravesamos las minas de oro, subimos la Amatista y alcanzamos San José. La silueta azul de los Frailes domina el entorno. Las nubes ocultan el sol pero el aire corre como si hubieran encendido un ventilador y las hojas de las buganvillas invaden la piscina con sus diferentes tonos y colores. En la playa apenas hay gente, la arena volando a cada lado acaba siendo molesta. Volvemos a El Faro; berenjena con miel, calamar en aceite y gallopedro frito tal y como nos sugiere Alejandro (dice que resulta más jugoso). Saetías blanco de la zona. Todo un acierto. Cafés y chupitos por cuenta de la casa. Nos despedimos del Cabo con una cerveza artesana en la Abacería.

martes, 11 de julio de 2017

Por el jardín de Rodalquilar


Un rato en la playa del Peñón Blanco en La Isleta del Moro Arráez. Tierra de piratas y berberiscos donde destacan las atalayas, torreones y castillos defensivos a pie de costa. Palmeras y palmitos, la única palmera autóctona europea, crecen desaforadas en el mejor ambiente que pudieran encontrar. Una acacia de las cuatro estaciones nos alegra la mañana. Recuerdo a Bianka, la palmera que lleva toda una vida con nosotros y que desde 2001 no para de crecer, prisionera en una maceta de la que no resulta fácil escapar. Azufaifos y algarrobos en el jardín del Albardinal, matorral desértico (cornicales, lentiscos, cambrones, espartos, rascamoños, hierba del rocío) junto a olivos centenarios, encinas y granados. Destaca un bosquecito de algarrobos jóvenes, también algunos acebuches pequeños que crecen invadidos por la cochinilla algodonosa. Rosa nos avisa que cierran a la una, por no dejarnos encerrados (no sería la primera vez, indica con sorna). Imposible instalarnos en el Playazo con el aire que sopla. Nos acercamos a saludar a Fidel, tenemos suerte, nos dice que cierra los lunes y los martes por cuidar de su pequeña. Fidel está como siempre; le preguntamos por Mariloli, hace tiempo que no la ve, vive al otro lado del pueblo. Va bien. Monique ha vendido su restaurante y se ha instalado en Marruecos con su novio. Charamos un rato, tomamos unas cañas. Rodalquilar está precioso, el arte invade las calles. Aprovecho por sacar algunas fotos con el móvil. La Despensa, la tiendecilla de vinos, sigue funcionando a toda máquina (uno de los chicos nos dice que abren todos los días del año a partir de las ocho y media de la mañana). Nos acercamos a Las Negras pero resulta imposible tomar nada, el mar está picado y la gente se concentra en bares y terrazas. Conseguimos tomar café en La Sal, moderno y agradable restaurante frente al mar con lámparas de esparto y cuadros de chumberas. El pueblo está en obras, se nota que se andan preparando para el verano. Hace mucho menos aire que en San José. Un gato se estira sin ningún pudor a la puerta de una tienda de recuerdos. Me llevo el Eco del Parque de la pasada primavera, la revista que edita periódicamente la asociación de amigos del parque natural (descubro que también es posible consultarla en Internet). Un hombre vende colgantes de piedritas de la cala de san Pedro con iniciales en plata. Volvemos a San José. A última hora de la tarde repetimos cerveza artesanal en la Abacería; Blanca me regala una bonita bolsa de cuero que encuentra en una tienda en la misma calle (moda, cuero, vestidos y regalos). Caminamos hasta el pequeño puerto marítimo al otro lado del paseo. Encontramos a Javier con su perro de aguas, atiende por Niki y es muy gracioso y juguetón. Cena en El Faro: timbal de verduras, sargo a la brasa y tarta casera de queso, con un blanco frío de Laujar (macabeo de la ribera del Andarax, en la Alpujarra almeriense). Nos atiende Alejandro, un muchacho muy simpático y profesional. No acabo de distinguir los pargos de los sargos. Alejandro nos explica que el sargo (Diplodus sargus) es un pescado de roca de color plata que se alimenta de lo que va encontrando en los fondos marinos, en cambio el pargo (Pagrus pagrus) es un tipo de besugo de coloración más rosada y carne más seca, que también se conoce como urta o bocinegro. Saludamos a Darly, la jefa, dice que se acuerda de nosotros y nos da muchos recuerdos para Marisa. Nos acercamos al Pirata Maimono por cerrar la noche. Gente por todos los sitios. La cena me ha dado sed, me tomo un par de cervezas. El paseo de vuelta al hotel, con la tranquilidad de la noche, resulta especialmente agradable. Corre el aire perfumado por el aroma de la flor del jazmín.

miércoles, 5 de julio de 2017

La playa de Genoveses


Después de desayunar y comprar el periódico, paseamos hasta Genoveses, una de las playas más hermosas de todo el entorno. Genoveses es de las pocas playas con sombra junto con la preciosa cala de los Toros, agazapada en un bosquecito de pinos y palmeras (también conocida como cala del Barranco Negro). En cualquier caso siempre se puede encontrar algún hueco protegido entre los paredones de roca cuando pega mucho el sol. El tiempo discurre sin prisa, entretenidos sin ninguna ocupación especial. Luce el sol, la mañana es agradable. Los coches se atascan a la entrada del parque esperando su turno de entrada. Fotografío el molino contra el cielo azul, los pitacos y la rambla. Las ruinas de los cortijos se deshacen como castillos de arena. La playa está tranquila, corre una suave brisa que riza la superficie del agua. Azul contra azul. Un velero se balancea en medio de la ensenada. Algunas fotos mientras me resguardo del sol implacable bajo la sombra de los eucaliptos. Leo, descanso, miro el mar hasta perderme en su distancia infinita y azul. El calor es sofocante, el agua está caliente pero no hay mucha gente y el descanso en la playa resulta reparador. Una tropilla de peces pequeños se acercan a saludar. Sigo la línea de la costa con la vista, imagino los contornos quebrados de Cala Amarilla, Cala Príncipe y el Barronal. Una pareja bucea en la zona rocosa a la izquierda de la playa, se conoce que debe haber mucha vida marina pues parecen emocionados. Las piedras emergen cubiertas por el verde de las algas. Un hombre de pelo blanco presume de haber visto un mero de medio metro pero ante las incongruencias que manifiesta me da la impresión de que más bien ha podido soñarlo. Sus dos hijas veinteañeras, guapas y distantes, toman el sol sin prestarle ninguna atención. El hombre se ajusta un viejo sombrero de paja y se sienta en una toalla al sol sin quitarse siquiera la camiseta con la que ha estado buceando. Su mujer tampoco parece hacerle ningún caso. Pienso en una posible ocupación que me permitiera vivir sin trabajar aunque en ese caso nada sería igual. Me propongo caminar con asiduidad, un reto fácilmente asumible. Dejo vagar la imaginación con total libertad, una vida fácil y sencilla cerca del mar. Hace calor así que nos retiramos prudentemente a descansar; el sol de las horas centrales del día es tremendamente dañino y hay que cuidarse. Volvemos caminando por el estrecho sendero que conduce hasta el molino, un buen atajo respecto al camino habitual que discurre por el acantilado al borde del mar. Las sencillas flores de papel, blancas y azules, crecen a ambos lados de la senda entre pitacos y chumberas (se trata de un tipo de limonium endémico de la zona). Calor y moscas. Paramos en la terraza del Pirata Maimono por tomar una cerveza y picar algo; después del vigoroso paseo bajo el sol, llegamos sudorosos y sedientos. Escribo a Juan, a Jareck y a Ruth, hoy en día con el Internet se llega a todas partes. A última hora nos acercamos a comprar provisiones de primera necesidad. Encontramos sal, vino y aceite en una de las tiendecillas del pueblo; Tetas de la Sacristana, un tinto de Laujar (Fondón) en la Alpujarra almeriense, el "jaén blanca" de Cristina Calvache y una botella de Flor de Indalia (coupage blanco con vermentino, macabeo, chardonnay y sauvignon blanc), de la ribera del Andarax. Dicen que el vino de la Sacristana marida muy bien con el arroz con setas, el civet de liebre o el pichón asado, también con las legumbres estofadas y los quesos curados. Habrá que probarlo. Cenamos en la Abacería: cerveza, ahumados y carpaccio de atún rojo; compramos aceitunas rellenas, vino espumoso tipo sangría y vinagre de higo de la Chinata. Sin duda una agradable experiencia. Habrá que volver.

viernes, 30 de junio de 2017

Una semana en San José


Unos días en el Cabo de las Ágatas, un paraíso junto al mar, por desconectar de la rutina diaria. En el solsticio de verano los días son largos y luminosos, uno de los escasos sucesos mágicos que ocurren a lo largo del año, sin duda un acontecimiento atávico y ancestral. Allí, al borde del mar, soy capaz de detener el tiempo y pararme a pensar, me encuentro conmigo mismo, un ejercicio mental que resulta muy útil practicar de vez en cuando. Hace ya cerca de un año de nuestra última visita y sin duda se echa de menos (quizá influya en ello la existencia de mis genes mediterráneos). Salimos temprano desde casa; parada técnica en Albacete por visitar el Pasaje de Lodares y comprar alguna navaja curiosa. Esta vez me decido por una navaja de bolsillo con las cachas de avellano del famoso fabricante Miguel Nieto (con hoja de acero AN58); el vendedor me desaconseja la de encina o la de olivo por ser una madera más blanda, aunque yo siempre había pensado en la superior dureza del olivo. Se conoce que tenía en mente venderme la de avellano, que en cualquier caso resulta muy hermosa además de práctica y funcional. Desayunamos en el Antiguo Casino (café y tostada de tomate), como tenemos costumbre. En el escaparate de Simón, en Tesifonte Gallego, descubro una navajita de olivo, en este caso una Jocker en acero 440, de calidad superior. Poco antes de llegar a nuestro destino repostamos en la estación de servicio de la Venta del Pobre, justo a la entrada del parque sobrenatural. Se nota el olor a sal por la cercana presencia del mar. En la playa hace calor, hay gente por todas partes, las terrazas y los bares están bien concurridos. Nos reciben los salmonetes, los chopitos y las cervezas en la terraza de El Emigrante. Descansamos un rato en la piscina del hotel; el día está siendo muy caluroso así que me subo a la habitación y enciendo el aire acondicionado. Blanca tiene ganas de playa pero a mí la tarde se me hace muy larga y prefiero entretenerme con mis escritos y mis lecturas. Releo el relato sobre la Estrella del Pastor, un conjunto de vivencias y sensaciones escritas hace unos años, ilustrado por el ojo de mi cámara. El tiempo pasa sin apenas darnos cuenta, los años no perdonan. Esta noche reservamos en La Gallineta (Scorpaena scrofa), por celebrar la noche de san Juan haciendo algo diferente. Un sitio selecto que nunca defrauda. Una chica muy simpática nos explica que cuidan su propia huerta donde crece el cebollino y otras hierbas. Ensalada verde con huevo poché, pipas de girasol y virutas de jamón, lomos de sardina ahumada y crujiente de pescado estilo Estambul con una botella de Flor de Indalia, un blanco muy frío de la ribera del Andarax. Sigue haciendo calor, nos atacan las moscas a pesar de intentar espantarlas con un ventilador. Están muy pesadas, quizá sea su hora, la caída de la tarde es el peor momento del día (no nos dejarán tranquilos hasta que no entre definitivamente la noche). Finalizamos la cena con un sorbete artesanal de hierbaluisa, la hierba que huele a limón. El paseo está muy animado. Conocemos a Enrico, un italiano que vende fósiles y piedras semipreciosas en un puesto frente al mar. Compramos un llavero de ágata y otro de ojo de tigre. Las piedras preciosas conservan en su interior toda la fuerza de la naturaleza. Enrico nos dice que es amigo de Manuma, el fotógrafo, que también vende piedras en el aparcamiento frente al faro del Cabo y el arrecife de las Sirenas. Al lado una chavala expone diferentes extractos de aloe puro, el gel que habitualmente suelo usar para el cuidado de la piel. La textura y el olor son agradables así que me llevo el envase de un litro, mucho más económico en proporción que las presentaciones más pequeñas. Ni rastro de Manuma en esta ocasión.

viernes, 23 de junio de 2017

El ventano de Antequera


He comprado un ventanuco viejo en Cabra, Córdoba, en una de esas tiendas virtuales que pululan por Internet. Los habitantes de Cabra se llaman egabrenses, una de las habituales preguntas que me planteaba Clemente cada fin de semana, junto con el nombre de los habitantes de Madagascar o el cotidiano repaso de las diferentes capitales europeas (antes de la disolución de la federación rusa las capitales europeas eran muchas menos pues en el territorio ruso no había que memorizar nada más que Moscú). Una tienda virtual en el gigantesco mercado global donde me ofrecen una ventana tan real y verdadera como la vida misma. Por las fotos ya tiene unos pocos años y una larga vida recorrida. El contacto con el vendedor es sencillo e intuitivo a pesar de que nuestra edad nos impida la agilidad de los auténticos nativos digitales. Después de algunos tanteos ajustamos un precio razonable que satisface a ambas partes (lo importante es quedarte con la sensación de que no te engañan y de que pagas lo que el producto se merece). “Magnífica compra y a muy buen precio”, señala el vendedor en su mensaje de confirmación (yo pienso que habrá que esperar para comprobarlo, el problema de Internet es que compras sin tocar el producto y a veces puedes llevarte desagradables sorpresas). En cualquier caso me da la impresión de que se trata de una buena compra. Poco más de cinco euros por el transporte a través de mensajería exprés. El vendedor puntualiza que la ventana es del siglo XIX, cualquiera sabe, quizá una coletilla por intentar atraer mayor interés. Enseguida recibo el pedido, embalado y protegido como si fuera una momia egipcia. Mauricio lo recoge esta misma mañana. Me doy cuenta de que la ventana está más deteriorada de lo que yo pensaba, la madera está muy vieja, cuarteada y reseca tanto por los años de vida como por la falta de mantenimiento periódico (la madera bien cuidada es eterna pero una vez abandonada, se deteriora rápidamente). La reja está oxidada pero resulta muy curiosa, en realidad no son más que tres hierros de forja de apenas cincuenta centímetros que se entrecruzan definiendo seis perfectos rectángulos regulares; uno de los hierros, el horizontal, tiene dos orificios por donde entran los dos hierros verticales. El ventanuco, por lo visto, procede de Antequera, a unos 65 kilómetros de Cabra. Aparte del marco de madera con su reja de forja, también conserva el viejo cuartillo que servía para cerrar la ventana. Las bisagras son modernas, el hierro está completamente oxidado y la madera tiene restos de pintura que se desprende en capas nada más tocarla. Mucho trabajo por delante. Habrá que limpiar bien todo el conjunto, decapar y quitar la pintura muerta, sanear y tratar la madera con productos especiales para combatir carcomas y polillas. Lo peor es la mala conservación de la madera, sometida durante años a la más cruda intemperie sin ningún tipo de protección. Pacopús, que entiende un montón de antigüedades, me dice que va a ser difícil recuperarla (de todas maneras yo tengo mucha fe en su buen hacer). Es cierto que en estos momentos da la impresión de una ventana de cartón piedra; sin duda el aceite o la grasa ayudarán a intentar darle una nueva la vida. Tras la limpieza y restauración, tengo intención de tratarla con una mezcla de aguarrás y cera virgen, una combinación que nutre su in1terior y realza los mejores brillos proporcionando protección contra los elementos atmosféricos. La idea sería colgarla en la pared de la caseta que da a la zona de la pérgola, al otro lado de la casa-nido de corcho que puse para los pájaros. Un trompe-l’oeil o trampantojo en primera persona (ilusión óptica que hace creer ver algo distinto de lo que en realidad se aprecia). Iremos viendo.

viernes, 16 de junio de 2017

Mi segunda oportunidad


Han transcurrido ya más de cuatro semanas desde mi absurda caída de un taburete y de mi golpetazo en la cabeza; afortunadamente un incidente sin consecuencias aunque, de haberse complicado, el resultado podría haber sido fatal. Sigo sin recordar absolutamente nada ni de la caída ni de las dos horas posteriores; la contusión ha desaparecido, la cefalea y el aturdimiento pasaron y el TAC cerebral resultó normal. Pensándolo fríamente, podría haberme matado. Ahora lo que tengo que hacer es aprovechar el tiempo, disfrutar de la vida e intentar ser feliz, algo que depende exclusivamente de mi. Es el momento de poner al día mi innumerable lista de deseos: viajar y escribir, caminar por la montaña, hacer fotos, leer, cuidar el jardín, mantener el blog, montar en bici, cocinar, pasear por el campo, hacer deporte, estudiar inglés, tocar la guitarra. Montones de cosas sencillas que me hacen disfrutar y para las que necesito mucho tiempo y poco dinero. El secreto consiste en disminuir las necesidades y vivir con menos para poder dedicarnos en conciencia a todo aquello que nos hace felices. Cobran especial importancia pequeños placeres hasta ahora inadvertidos, una copa de vino, una hermosa puesta de sol, un paseo por el bosque. Siempre hay posibles alternativas. Pienso en Gary, un amigo jubilado que se dedica a pintar y a viajar por el mundo; también pienso en Pepe y sus diferentes “caminos”, una obsesión, una manera elegante de escapar a la rutina diaria. Simplemente disfrutar y vivir. Yo también aspiro a vivir de las cosas que me gustan y a las que estos amigos dedican su tiempo y sus esfuerzos de manera habitual. Sin embargo, me doy cuenta de que voy dejando pasar el tiempo sin modificar nada en absoluto. La vida es demasiado corta, cuando quieres darte cuenta la mayor parte del tiempo se ha consumido y ya no queda nada más. Es como cuando alguien se muere y desaparece para siempre, no hay vuelta atrás. Esto tiene que cambiar, quizá se trate de una quimera, una entelequia, pero lo cierto es que no puedo seguir así. El cambio ha de ser ahora, no puedo esperar mucho más pues el tiempo discurre de manera inexorable. “Tempus fugit” recordaba Clemente a la menor oportunidad que se le presentaba. Diez años, dos años, incluso un año se me hace un futuro muy lejano. La única vía consiste en fijar un objetivo, marcar los pasos y seguir avanzando. Me doy cuenta de que la vida me ha dado una segunda oportunidad y tengo que aprovecharla, es un tren que no puedo dejar escapar. Me viene a la cabeza la historia de Scott, un joven emprendedor que una vez que consigue vivir de sus sueños, toma un año sabático y fallece de manera accidental subiendo al Kilimanjaro con su mujer. No sé si es mala suerte o si el destino cruel castiga con dureza a quienes intentan escapar de una vida ordenada y convencional. Scott, al menos, intentó vivir sus sueños en primera persona. Pienso que cada persona tiene un don, un súper-poder que le convierte en alguien especial. Todos somos personas especiales. Lo importante es encontrar tu lugar en el mundo, hacer lo que te gusta y ser capaz de transmitir emociones. La emoción es la palanca del cambio, algo que ayuda a conseguir todo aquello que uno se propone (siempre dentro de un orden). Ese es el secreto, transmitir emociones. Llegados a este punto, decido cambiar mi vida. Tengo claro que soy el único dueño de mi destino. Las ideas más locas bullen en el interior de mi cabeza, dudo entre irme a vivir al campo, dedicarme a viajar o montar una librería virtual en Internet. Es el momento de perder el miedo y hacer caso a nuestras emociones más profundas. Es mundo es de los valientes. Hay que ser capaz de atreverse a intentarlo, está en nuestras manos. No podemos dejar de soñar.

domingo, 11 de junio de 2017

Al mercadillo de los domingos


Hoy sopla el aire con fuerza y el cielo amanece completamente gris. Vuelan las nubes dejando caer chaparrones ocasionales con una periodicidad difícil de adivinar. Me levanto temprano y me acerco al mercadillo con los amigos, Evelio y Pacopús, más que nada por dar una vuelta y estirar las piernas. Irenio anda ocupado, trabaja en la huerta justo a la salida del pueblo, se conoce que está preparando el terreno para los pimientos. Parece un milagro pero su nogal es de los pocos que han resistido las heladas tardías que han arrasado toda la comarca. Apenas veinte minutos de viaje. Damos una vuelta por la plaza, compramos el periódico (que hoy viene con un librito de Chema Madoz, un verdadero poeta visual) y tomamos café con churros. Evelio, que acaba de sufrir un infarto, pide un zumo de naranja natural. Paco me cuenta que ayer cenó un revuelto de setas y una de sus codornices escabechadas, lástima no haber coincidido. Paseamos por el mercadillo y charlamos con los gitanos, ocupados en montar los puestos. Me llevo una argolla de las que había antes a la puerta de las casas para atar los burros y las caballerías. Me piden tres euros, no me parece mal. Tengo intención de colocarla a la puerta de la Caseta. Paco se lleva una badila y algunas chapas para sus relojes. Saludo a Julián, es un artista, cada vez trae menos libros y más trastos, hoy viene con un montón de videos y discos antiguos. La mesa, coja e inestable, no parece que vaya a aguantar todo lo que va echando encima. Un par de libros bajo una de las patas ayuda a estabilizar el conjunto. Me fijo en un serrucho pequeño con el mango de madera, intentando que no se me note mucho interés. Parece antiguo. ¿Cuánto pides por el serrucho? Estoy pidiendo veinte euros pero a ti te lo doy por quince. Ofrezco diez pero el paisano no parece tener ninguna intención de rebajar el precio; a mí me parece un poco caro así que lo dejo estar. Jose tiene algunas llaves viejas pero las vende muy caras. Las mejores son las huecas, me dice Paco, que entiende de todo. La mujer de Jose lleva un puesto libros viejos; un muchacho más joven ha traído un par de bicicletas, son bonitas pero no valen más que para decoración. Me entero que uno de los gitanos, un hombre muy tranquilo que habla bajito y pausado, es pastor evangélico de la comunidad. Sin duda el más alto y elegante de todos. Vuelve a llover, nos resguardamos bajo los soportales. Evelio se interesa por todo, hace tiempo que no viene y se le nota excitado. Al final se lleva una romana con su pilón, una aldaba de hierro con la Mano de Fátima y un par de carburos de los que antiguamente se usaban en las minas. Encuentro un pequeño martillo muy curioso, curvo y picudo, que no se bien para qué podía servir; Paco dice que sería para picar las paredes en las bodegas. Está oxidado y parece muy antiguo. Después de pasar una agradable mañana nos volvemos a casa. Subimos por la carretera del páramo, un itinerario más entretenido pero mucho más hermoso; la luz es increíble, las encinas destacan entre campos de amapolas y un cielo recién lavado por las nubes primaverales. Al volver a Villa Odoth, Feliciano sanea su campo donde la hierba crece sin medida (Feliciano es un hombre muy trabajador que no respeta ni las fiestas de guardar). Cuando dejas de cuidar los árboles, se acaban asilvestrando y se pierden de manera irremediable, comenta con mucho conocimiento. Sigue chaparreando. Feliciano tenía idea de ir preparando la huerta pero con la que está cayendo tendrá que dejarlo para otro día. En misa hoy hay cuatro gatos. La señora Alejandra anda con mareos y se ha quedado en casa. Al acabar la misa nos acercamos al bar, bastante más concurrido que la iglesia. La vida sigue. Calmo la sed con una cerveza y disfruto de un verdejo fresquito que me aclara la garganta.