miércoles, 18 de febrero de 2009

Cantiján

Agua lenta y agua rápida, musgo, hojas muertas, seda y piedras; se trata del río Cantiján en sus primeros momentos, poco después de su nacimiento y antes de unirse al Deva entre Pido y Espinama. Es cierto que los ríos son como la vida, un discurrir complejo a través de un cauce repleto de peligros y dificultades; también es cierto el destino final, como ya explicaba Jorge Manrique a propósito de la muerte de su padre. Pero en estos momentos, cuando el arroyo todavía presenta un amplio recorrido hasta su fin, las aguas saltarinas juguetean en las pozas y acarician los pies de las hayas, ya conocemos su especial querencia por la humedad. El musgo verde recubre las piedras acariciadas por los tímidos rayos del sol, tras atravesar la densa capa de vegetación que protege al joven y descarado riachuelo. En todo momento una ardilla curiosa vigila nuestros movimientos desde las ramas desnudas de los árboles más altos. Una verdadera delicia…


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