lunes, 23 de mayo de 2016

La señora Cecilia


Ayer enterraron en Vailima a la señora Cecilia, que ya había cumplido los 103 años. Toda una institución. De cabeza estaba muy bien pero estos últimos días la mujer andaba algo malilla, cuentan las nietas. El jueves por la noche se acostó para no volver a despertar. Dado que todos tenemos que morir, esta forma (en tu cama, con tu familia y sin sufrir) resulta una de las mejores maneras de hacerlo. La velan en casa, como hicieron siempre en los pueblos hasta que se implantó la moda de morir en los hospitales y se crearon entonces los fríos y artificiales tanatorios donde todo está muy limpio y aséptico, proliferan las flores cultivadas pero se echa en falta la mistela, los mantecados y algo más de calor humano. En casa se encuentra acompañada por la familia, los vecinos y amigos, lo normal después de una vida tan prolongada. Saludo a César y le doy un apretón de manos; la señora Cecilia era su abuela.

Hoy me levanto temprano por preparar las alubias con codorniz que llevo barruntando toda la semana. Las alubias son de Luisito, "ni grandes ni pequeñas, de las clásicas de toda la vida" afirma convencido; la codorniz es de Pacopús, que aparte de fabricar relojes y asar pimientos con leña de encina, prepara unas sublimes codornices estofadas y un bacalao imposible de imaginar.

De recados por la capital. Tenemos la gran suerte de conseguir sin demasiadas dificultades la válvula EGR necesaria para que Simón nos vuelva a poner en marcha el coche (sin duda el asunto más importante de toda la mañana). Aprovechamos el viaje y las rebajas de este fin de semana por reponer el material del jardín: abono para los frutales, sulfato para las parras, alambre, hilo para la máquina corta bordes, una cuña para abrir la leña de encina... Nos encontramos con Rubén, "el Mochuelo", acompañado de Igor. Recojo el libro de Avelino Hernández en la librería Amarilla, "Donde la vieja Castilla se acaba", en una impecable re-edición pues el original data del año 1982 y resulta imposible de encontrar. El libro, de tapa dura y portada en blanco y negro, tiene una pinta espléndida a pesar de venir precintado dentro de un plástico protector que evita el manoseo de curiosos y entrometidos y te permite descubrir su encanto sin mancha. De lejos ya presiento que me va a gustar. Me aprovisiono en "El Corcho" de jabones de olor (lavanda y amapola) y, una vez acabados los recados, volvemos a Vailima. El día es magnífico, absolutamente primaveral. Hablo un rato con el olivo que me escucha bien atento, la encina anda perdiendo hojas que me dedico a recoger con paciencia, quito algunas ramas incómodas del endrino (que no parece seco del todo pero que sigue sin dar claras señales de vida), me entretengo arrancando malas hierbas con la piqueta, la herramienta sin duda más aprovechada de todas las que he ido adquiriendo a lo largo de estos últimos años de vida campestre. Las cerezas van engordando, despuntan las parras, la higuera junto al pozo ha dado un buen estirón. Riego con un preparado de hierro el más amarillo de los ginkgos por intentar conseguir el verdor de sus hermanos. Paco me comenta que viene el tiempo de sulfatar el majuelo así que tomo buena nota. Le propongo un escueto boletín semanal que recopile las tareas pendientes en cada estación (que si el sulfato, que si el cobre o el insecticida) pero él, escéptico, me da a entender que no tiene mucho sentido. Cada cuál es muy suyo y hace las cosas cuando le viene en gana, viene a decirme, así que mejor evitar dar lecciones a nadie.

Después de una comida sencilla pero contundente (alubias con codorniz, tinto reserva y queso añejo de Fuentes de Valdepero), saco la mecedora al porche e intento leer un rato. Con el sopor de la comida y los aromas del pacharán, acabo dormido como un bendito para lo cual colabora de manera importante el arrullo de los pájaros y el equilibrio estable proporcionado por la mecedora, que me acuna con mimo entre sus brazos de madera de olivo. Cuando consigo recuperarme, viajo por Soria con el amigo Avelino. Precioso libro viajero de esos que puedes abrir por cualquier parte en cualquier momento. Rabiosa actualidad a pesar de los casi treinta y cinco años transcurridos desde entonces. Los días son largos de tal manera que me da tiempo a seguir trabajando un rato en el jardín. Una nube viajera alegra el césped y me ahorra tener que regar. Este año tendremos muchos caracoles. Luis siempre decía que agua de lluvia no quita de regar pero la tierra está húmeda y por el momento no le hace falta mucho más. Se va haciendo de noche. Enciendo las luces del porche. Al caer las sombras, nos acercamos por el pueblo a tomar una cerveza y charlar un rato con la gente, algo que no se paga con dinero. A la vuelta nos reciben las estrellas.