
Después de cualquier intervención
quirúrgica hay que afrontar el peor de los tragos, el más amargo, el más duro.
Hablamos del postoperatorio, el obligado peaje tras el dulce sueño de la
anestesia, a pesar de que todo haya ido fenomenal. Este periodo se suele
alargar un par de semanas. Imposibilitado y renqueante, es el momento en el que
te encuentras más vulnerable y precisas el apoyo y la ayuda de los demás para
asuntos considerados insignificantes hasta este momento. Nada entonces como un
buen libro que nos ayude a pasar el tiempo deprisa y a escapar de la realidad
que nos rodea. Me entretengo con literatura castellana, antigua y rotunda pero
no por ello de menor actualidad. Por lo visto la tradición popular denomina
"quebrados" a los herniados, tal y como aparece en el libro de
Avelino Hernández. Una vez más tuvo que ser Joaquín quien pusiera el acento
sobre tal condición. No hay más que recurrir a la sabiduría popular. El cura de
Vailima bendice el procedimiento (indudablemente te curarás pronto, que así sea
y que yo lo vea, me comenta con cariño) y Pacopús me presta su guindal, a pesar
de no llamarse ni Pedro ni Juan. Yo, como siempre, agradecido de corazón.
En realidad no voy mal, no me puedo quejar. La
herida ni la noto, la barriga bien pero sigo cojo y limitado para las pequeñas
actividades de la vida diaria (ponerme el calcetín derecho, coger cualquier
cosa del suelo o atarme las zapatillas). Al final uno va buscando sus trucos y
consigue organizarse. Me tira la ingle, se nota que los tejidos están cicatrizando.
Aún así salgo a pasear todos los días, mañana y tarde, a velocidades
asombrosas: "Yo voy mal pero tú vas peor", me dijo ayer un amable
caballero cargado con un par de bolsas de naranjas (algo imposible para mí en
estos momentos). Hay gente para todo. El caso es que tenía razón porque noto
que me adelantan veloces viejecillos con bastón y deportivas. Otra viejita, muy
amable en este caso, me pregunta que cómo va la pierna y qué me había dicho el
médico. Yo, sin profundizar demasiado, le doy las gracias por su interés. Esto
en realidad es como un pueblo dentro de la ciudad. Ya echo de menos mis
caminatas y paseos por el monte pero habrá que esperar un tiempo a recuperar la
necesaria condición física. Una quimera, incluso, el acercarme por la Dehesa. A
veces, si doy un mal paso, veo las estrellas así que este finde no hemos hecho
ni amago de acercarnos a Vailima.
Como iba comentando previamente, aprovecho por leer
todo lo que puedo. Lo de Avelino Hernández fue una recomendación de Llamazares
que encontré en el periódico. Y si Llamazares recomienda yo acato pues es una
persona con muy buen criterio. He pasado muy buenos ratos con el libro de
Avelino Hernández. Otro que tampoco suele fallar es Muñoz Molina en el
"Babelia"; en su caso la recomendación fue el libro de la España
vacía de Jorge del Molino, un ensayo magnífico. Enseguida te das cuenta de que
todo es circular. El Cuaderno del Duero (comprado en una librería de viejo hace
un par de años por cuatro euros en la preciosa edición de los "libros de la
candamia") que he leído un par de veces sin suficiente concentración, está
dedicado a Avelino, algo en lo que no había reparado hasta este momento. Pero
es que todo esto es la España vacía, recomendada a su vez la semana pasada por
Llamazares en una de sus hermosas columnas del periódico (2 de junio 2016). La
España vacía es Ainielle, claro, pero también es la de las tierras de Ayllón y
de Tiermes, el Burgo de Osma, pueblos abandonados o por abandonar, las Hurdes o
la Tejera Negra... En fin, completando esta crónica viajera por la Castilla
antigua, me permito una particular recomendación, el "Viaje por la Sierra
de Ayllón" de Ferrer Vidal, un clásico desconocido que ya va por su
tercera edición gracias a la pequeña editorial segoviana VeoVeo.
La sierra de Ayllón es Segovia en la esquina donde se abraza con las provincias
vecinas de Soria y Guadalajara.La edición original data del ya lejano 1970. Parece mentira los años trascurridos
desde entonces. Tierras agrestes rojas y negras (El Negredo, Madriguera, El
Muyo), más en la pura tradición de Cela que en la amable y natural visión de
nuestro querido Delibes. La Castilla profunda, la España vacía y despoblada de
Jorge del Molino, los chascarillos de Avelino y las correrías de Ferrer Vidal.
Ando detrás de la "Guía espiritual de Castilla" de Jiménez Lozano
(1984) que me recomienda JG (ya lo he localizado en alguna librería de viejo),
y del "Viaje por la frontera del Duero", de Ferrer Vidal, editado en
su momento en la colección Austral (1980), que también tengo localizado.
Repaso los nombres con A de la Castilla profunda: Aniano, Amado, Abilio, Avelino,
Alipio, Amable, Alejo, Amancio... Irenio el de Valdeginate, que no tiene
ninguna A, nos construye una caseta para guardar el vino y los aperos. Lo más
importante es mantener una temperatura constante sin grandes variaciones. Esta
tarde hay futbol pero yo me entretengo con una cerveza mientras repaso de los
periódicos viejos de toda la semana (la vida cunde mucho más sin tele).
En cuanto consiga alargar mis paseos intentaré acercarme a una librería donde completar mis volúmenes viajeros con la crónica
quijotesca de Llamazares ("Viajes de Don Quijote"). Esta crónica, que
además de Llamazares también es Azorín y de Delibes, de Cela y de
Unamuno, acaba de salir editada en un
volumen tras su publicación por entregas el verano pasado en el periódico.
Capítulos que fui leyendo en su momento a salto de mata y que creo ha llegado
el momento de darle la importancia que merece. Me propongo pues, repasar las
crónicas con la pausa necesaria.
Como siempre, te mando un abrazo junto con el
agradecimiento por esta agradable correspondencia virtual,