viernes, 29 de septiembre de 2017

Cazando sueños


Salgo a pasear por hacer una foto del puente de piedra cuando, con las últimas luces, la caliza se tiñe de un naranja intenso y profundo. El reflejo de los arcos contra el agua en movimiento es una imagen que siempre me ha llamado poderosamente la atención. Espero la visita de los azulones, aunque suelen ser bastante reacios a posar y hay que pillarlos un poco a traición. Tengo idea de lo que quiero pero cada día es una aventura diferente. Me dejo llevar sin miedo, embargado por la emoción y la sorpresa de lo que en esta ocasión vaya a encontrar. Los leones siguen inmóviles, el río permanece tranquilo y el murmullo del agua resuena en mis oídos. Cae la tarde y se avivan los colores, el cielo se enciende por detrás de los cerros pelados que suben al páramo. Camino despacio, no tengo ninguna prisa, escucho el silencio y el rumor de las hojas mecidas por el viento. Aspiro el aire con todas mis fuerzas, lleno los pulmones de vida centrado en mis pensamientos. Una lengua de buey (Hepatica fistulina) crece en el tronco de un chopo, a falta de robles o castaños. Busco los dos pequeños almendros que crecen junto a las barbacoas de piedra; uno ha prosperado pero el otro me da la sensación de que se ha perdido definitivamente (a veces las apariencias engañan, mi endrino de la fuente Pocías tardó año y medio en dar señales de vida). Oculto en la espesura canturrea un pajarillo que no consigo identificar. Imagino un petirrojo (por la plasticidad de la escena) pero bien pudiera tratarse de cualquier otra cosa. Suena el toc-toc de un pica-pinos (¿será el que cada mañana se come las almendras de mi amigo Pacopús dejando las cáscaras vacías al pie de una de las encinas?); las urracas, con los destellos metálicos de su esmoquin, juguetean al borde del agua. Los arcos del puente siguen cegados por las ramas que arrastró el agua en la última riada y que nadie desde entonces se ha ocupado en retirar. Una parra crece agarrada a las paredes de adobe de un caserón medio abandonado. Apenas hay agua en el cuérnago así que me acerco hasta la isla, que alcanzo con facilidad saltando sobre las piedras. Hay que prestar mucha atención, recuerdo el año que Amelie se partió una muñeca al resbalar sobre una piedra mojada. Los alisos que ocupan la isla presentan gigantescas dimensiones; en medio de la espesura se ocultan las ruinas del molino con sus techumbres caídas y las enormes losas de piedra que invaden la cacera de entrada. Busco los saúcos que comentaba Isauro el otro día (Sambucus nigra), por lo visto la ribera está llena de estos simpáticos arbustos aunque yo hasta ahora no me había dado cuenta; Evelio me estuvo explicando que con las bayas de saúco se consiguen estupendas mermeladas e incluso un aguardiente muy apreciado por sus propiedades medicinales. Los saúcos forman matas de espeso y denso follaje donde suelen esconderse los buenos espíritus del bosque tales como los duendes, las hadas y los elfos. En Galicia conocen este arbolito, que a veces puede adquirir notables dimensiones, como “sabugeiro”; en realidad se trata de un arbusto de propiedades mágicas con flores blancas y frutos negro-azulados (conocidos allí como uvas de bruja). Intento no hacer ruido por molestar lo menos posible a los misteriosos seres del bosque y pienso que a falta de las típicas setas de enanito donde refugiarse (como la Amanita muscaria), bienvenidas sean las sabugeiras. Sigo caminado, persiguiendo sueños y cazando nubes. Tendré que probar el licor de saúco, seguro que me sorprende y al final me acabaré aficionando.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Bacalao con Pacopús II


Me acerco a casa buscando una buena botella de vino; elijo uno de los Pesqueras que reservo para ocasiones especiales. Mingo se presenta con un bote de avellanas y una caja de "Socorritos" y así, entre unas cosas y otras (el vino, los pimientos asados, el bacalao), la tarde va discurriendo sin prisa. Cafés, orujos y pacharanes van cayendo uno tras otro, acompañados por sus correspondientes socorritos. La sobremesa se alarga sin darnos cuenta, los relojes parecen haber dejado de funcionar, una calma plácida invade el ambiente. Bebemos el pacharán que preparé el año pasado con los endrinos, gordos como uvas, que nos trajo Paquito desde Bilbao. Paco nos enseña sus relojes y sus chatarras, sus libros de setas y sus frutales, el jerbo, el avellano y los almendros mollares. A mí los almendros no se me dan nada bien. El jerbo, un tipo de serbal como el mostajo o el serbal de los cazadores, es uno de los arbolitos más curiosos que podamos encontrar por la zona; el tronco es muy resistente y se usaba antiguamente para construir los husillos de las prensas de las bodegas. El jerbo puede ser del tipo piriforme o maliforme, según sus frutos tengan forma de pera o de manzana. Irenio dice que el fruto de los jerbos siempre tiene forma de pera, el que tiene forma de manzana es el acerolo. No le falta razón (aunque yo creo que es lo mismo pero no digo nada por no discutir). Paco tiene guindos, nogales, manzanos, cerezos, ciruelos y membrilleros, así como un encantador bosquecito de encinas donde se sienta a meditar a la caída de la tarde. Yo comento que mi nogal todavía no ha echado ni una sola nuez y eso que ya va para cinco años desde que lo plantamos. Un regalo de Julianín; tenía entonces poco más de un metro de altura y crecía por su cuenta en medio del huerto junto al río. Un invierno lo sacamos con cuidado y lo llevamos a casa, donde se ha adaptado muy bien. El ciruelo no agarró y los esquejes de frambuesas se han multiplicado sin medida desde entonces. Por lo visto los nogales no empiezan a producir hasta que no tienen entre cinco y ocho años, se conoce que la naturaleza se toma su tiempo. Paco me habla de las nueces incarceradas, que tienen una corteza muy dura y un fruto pequeño y de poco valor, pero yo no sé decirle de qué clase es mi nogal. Solo sé que es tardío, lo cual le viene muy bien para las heladas a destiempo que acostumbran a sorprendernos en Villa Odoth a finales de primavera. Las heladas tardías son muy nocivas para los frutales. Si vemos que no sale bueno habrá que injertarlo, afirma Paco con rotundidad. Estiramos las piernas, nos acercamos hasta la estación donde ya no paran los trenes y saludamos al silo-faro iluminado por los últimos rayos del sol. La estación aparece desierta, una lástima, al final acabará desapareciendo. Los rápidos y los mercancías disminuyen la velocidad al pasar silbando por la estación fantasma sin prestar la menor atención. Poco a poco van cayendo las luces, nos acercamos al bar de la piscina por refrescarnos un rato. Saludo a Trinidad que lee en el porche junto a los rosales. Trinidad es un hombre muy instruido que sale muy poco de casa. Mingo nos invita a un gin-tonic, tampoco nos vamos a negar. Paco, cuándo me contarás lo de los Puses. Si, si, no te preocupes, cuando tú quieras, ya tendremos tiempo. Ya habrá tiempo de que se le suelte la lengua, pienso mientras disfruto con el gin-tonic y la compañía. Ulula la lechuza, aletea el murciélago. Nos invaden las sombras y los silencios, se conoce que va entrando la noche.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Bacalao con Pacopus I


La pista paralela al río que cojo para salir del Valle Bueno constituye en cierto modo su escapatoria natural hacia el sur. No hay opción, el camino discurre entre el curso fluvial y los altos del páramo, serpenteando perezoso al borde del agua. Corretean los corzos entre campos de espigas y girasoles. Las fincas se solapan una tras otra: la Dehesa de Matanzas, el camino del Majuelo, la Campera de San Pedro, la Islilla y la Vega. Afronto con alegría la cuesta de las bodegas y atravieso el bosquecillo de encinas antes de llegar al caserío de Santa Rosa, donde me espera un ejército de pequeños olivos perfectamente alineados. Un bando de cigüeñas se distribuye homogéneamente por el campo buscando el sustento diario (sapos y culebras, gusanos, ratones, caracoles…). Aunque no lo parezca, las cigüeñas son grandes depredadores; dice la canción que la cigüeña batalla con la culebra y nos mata los bichos que son dañinos. Me encuentro a Pacopús descansando en la terraza de “El Pico”. Le comento que esta mañana estuve en la Quinta y le hablo de la culebra y de las cigüeñas, él me enseña la foto de la pareja de cigüeños que mató el pedrisco hace unos días, dos ejemplares jóvenes medio desplumados rodeados de granizos como pelotas de golf. Tomamos un vino y le cuento con detalle mi excursión matutina. “Menuda chaqueta”, comenta socarrón, al mismo tiempo que me propone compartir el bacalao al pilpil que preparó ayer tarde (está mucho mejor de un día para otro, afirma con conocimiento de causa). Imposible llevarle la contraria; Paco, entre otras muchas cosas, es un gran cocinero de bacalao; el Club Ranero lo hace bueno pero el pilpil lo borda. Lo importante para el pilpil son los ingredientes: ajo, aceite de oliva y bacalao, señala, aunque yo creo que el verdadero secreto reside en la cazuela de barro que cuida con esmero para poder seguir utilizando durante mucho tiempo (me dice que era de su suegro y que ya debe tener cerca de los setenta años, la cazuela, no su suegro que murió hace años). Una marmita mágica que cuida como oro en paño. Pedimos otro vino y hablamos de bacalaos, sin duda es un gran entendido. Yo, mentalmente, voy tomando nota de todo. El bacalao ha de ser de buena calidad, mejor que no sea muy grueso para que se impregne bien del aroma de la salsa, dice Paco; hay que desalarlo durante dos días con cambios de agua cada ocho horas; el aceite de oliva virgen; los ajos, en lonchas… Tras organizar los preparativos (se seca el bacalao, se calienta el aceite, se fríen los ajos y se reservan) viene lo principal; hay que colocar el bacalao, con la piel hacia abajo, en el aceite caliente donde se frieron los ajos, removiendo sin pausa con movimientos circulares (como si estuviéramos bailando, dice Paco). El aceite no debe estar demasiado caliente; lo que se tiene que mover es el bacalao, insiste mi amigo, no la cazuela. Me imagino en esas circunstancias, no debe ser tan sencillo como parece, además yo no soy muy bailón y me da la impresión de que mis movimientos parecerían un tanto forzados (recuerdo aquel día en que Loren peleaba a brazo partido con unas tajadas de bacalao sin conseguir ligar el aceite para lograr una emulsión en condiciones). Al final la salsa, sin grumos, ha de ligar perfectamente. Paco, no sigas, por favor, que se me hace la boca agua. Así, como quien no quiere la cosa, le recuerdo que tampoco se le dan nada mal los pimientos asados ni las codornices escabechadas y él sonríe con un cierto aire de complicidad. Algún bote me queda todavía, susurra entre dientes para que no le oiga nadie. ¿De pimientos o de codornices? De pimientos y de codornices, comenta con malicia.

viernes, 8 de septiembre de 2017

Paseo por el valle Bueno


Una vez en el pueblo busco la fuente por refrescarme un poco. Las avispas andan revueltas con el agua y el calor. Un par de perros me ladran con desgana, nos conocemos de otras veces así que esta vez ni se dignan a levantarse. Enseguida me encuentro con el abuelo que conocí ayer en el camino de la Colonia, el amigo de los abejarucos al que olvidé preguntar su nombre. Ya sabía yo que me lo iba a encontrar, tenía el presentimiento y estas sensaciones no me suelen fallar. Me dice que se llama Venancio, me invita a tomar un vino en el Tele-Club y charlamos un rato sobre la vida y sus circunstancias. En cualquier caso parece mucho más joven que ayer, la primera impresión a veces engaña. En el pueblo se encuentra muy bien, cada día sale a pasear por el campo, bien andando o bien en bici; me cuenta que esta mañana subió al páramo alto por el Vallejón, anduvo por los corrales de la Mora y retornó por la vaguada del arroyo del Prado. El páramo está más alto que las tierras circundantes, de ahí las estupendas vistas que se disfrutan desde arriba. Yo le pregunto si subió en bici como ayer pero me dice que el camino es malo y que hay mucho desnivel, por lo que la empresa resultaría harto complicada. Además, puntualiza con convicción, es bueno usar las piernas, el recorrido no es largo pero resulta entretenido. Tenemos una buena casa bien acondicionada, continúa Venancio, era de los suegros. Cuando se fueron, la heredó la mujer y la arreglamos toda entera. La mujer tiene amigas y se entretiene mucho, va a misa, juega a las cartas, yo he puesto un huertecillo con tomates y cebollas, poca cosa, por pasar el rato; las hijas, en cambio, vienen muy poco, ya sabe usted, viven en Bilbao y en Barcelona, se conoce que les va más la playa, cosas de jóvenes, al final en estos pueblos no quedan más que los viejos. Ellas dicen que aquí no tienen nada que hacer y que los críos se aburren. Yo vengo porque me gusta, no se crea, ninguna obligación, yo ya estoy muy trabajado pero aquí me lo paso muy bien, mucho mejor que en Bilbao donde no puedo salir al campo ni a ningún sitio. Cada día una cosa distinta, no me falta la faena ni el entretenimiento. Si, ya veo que no para. Y por las noches a la bodega, si le apetece, está usted invitado. Muchas gracias, lo tendré en cuenta. Me encuentro bien a gusto charlando con Venancio pero aún me queda camino y no me quiero demorar demasiado. Tengo idea de comer en casa aunque los horarios no me preocupan en exceso. Intento pagar los vinos, algo que resulta de todo punto imposible ante la insistencia de Venancio por hacerse cargo de la cuenta. Yo pensé que los jubilados no podían pagar, que no les llegaba la pensión. Quite, quite, que estaré jubilado pero este es mi pueblo y estando yo presente aquí no me paga el vino un forastero. Al acabar, Venancio insiste en acompañarme hasta la ermita, al otro extremo del pueblo, justo desde donde sale la pista de tierra hacia Villandrando. Nos despedimos prometiendo, si Dios quiere, volver a vernos en breve. La ermita del Espíritu Santo se encuentra poco después del cementerio, cuatro paredes de bloque gris recortadas contra el cielo. Por encima de los muros sobresalen las copas de algunos cipreses intentando escapar del camposanto. Un abuelo, sentado a la sombra de la pared de la ermita, lee muy ufano un periódico atrasado. ¿Qué hay de nuevo por el mundo?, pregunto curioso. Nada distinto a lo de ayer o a lo de la semana pasada, nada distinto de lo que nos contarán mañana. Hoy en día nos tienen engañados. El periódico es antiguo pero me entretiene mucho. Al fin y al cabo siempre dicen lo mismo así que me vale para leer y recordar cosas. Pues tiene toda la razón del mundo, afirmo convencido, y allí le dejo, platicando a solas con su periódico.

viernes, 1 de septiembre de 2017

Al convento de la Quinta


Me levanto temprano apenas comienza a despuntar el día; siempre me gustó madrugar por ver amanecer. Enseguida el sol se eleva por encima de las colinas del Negredo. “Yo tenía una granja en África, a los pies de las colinas del Ngong”, escribe Karen Blixen al comienzo de su famosa novela Out of Africa posteriormente llevada al cine con gran éxito. Mis territorios no son tan exóticos como los de Dinesen o Stevenson (Kenia, Samoa, Vailima…) pero tampoco tienen mucho que envidiarles. Una delicia; puro Cerrato, puro Delibes. Dispongo de mi distrito del norte y de mi distrito del sur y me dirijo a cada uno de ellos en función de mi estado de ánimo y de otras particulares circunstancias. Me tomo un café y salgo a caminar. Paco anda liado, esta vez no podrá acompañarme así que voy un poco a mi libre albedrío (entre otros asuntos tenemos pendiente la subida a las yeseras en mitad del cerro de las bodegas y la excursión en busca del orégano que crece en la ladera del monte, que aún no ha acabado de crecer). Atravieso el río por el puente de piedra, dejo a mano derecha la desviación al convento de San Salvador del Moral, apenas unas ruinas en el interior de una finca privada rodeada de nogales, y subo hasta lo más alto del páramo por la carretera de la Colonia. Hoy tengo intención de acercarme a las ruinas del convento de la Quinta, un paraje idílico en medio del monte que me descubrió por casualidad mi amigo Pacopús. No tiene pérdida me dice, subes al páramo de Valbuena y en la primera curva a la izquierda te tiras a la derecha por una senda que se va perdiendo en la espesura (caminos que a mí me recuerdan a nuestro san Juan de la Cruz, el poeta místico por antonomasia). Reviso mis mapas, la empresa no parece demasiado complicada. Las encinas salpican el campo, el cielo es azul y la brisa fresca acaricia mi piel. La recta que atraviesa el páramo es inmensa y desolada. Algunos majanos destacan en medio de los campos donde sobrevuela el cernícalo y el milano real. La tranquilidad es absoluta, no pasa ni un solo coche. El Matacán a un lado y los Corrales al otro, con la fuente de Canalejas y su pilón de piedra escondida en la cuesta que baja hacia el río. En un determinado momento el camino hace una ligera curva; a la izquierda se adivina la vaguada del vallecito de san Vicente, al otro lado, entre alambreras cinegéticas y ralos bosquecillos de encinas, encuentro una senda más estrecha que en un principio discurre entre campos de cultivo y vallas de piedra seca. Sigo el camino que se interna en la espesura y después de una buena caminata alcanzo mi objetivo. Empieza a hacer calor. Descanso un rato frente al muro del convento de la Quinta. Un friso, un contrafuerte, apenas nada; un suspiro en el tiempo. Hierbas aromáticas y algunos frutales, se conoce que los monjes tenían buena mano: matas de romero, mejorana, orégano y tomillo salsero crecen por doquier. Ni rastro de la fuente que debía existir en el entorno. Encuentro algunas piedras labradas y restos de cimentaciones antiguas olvidadas en medio del silencio y la soledad. Una lástima pues apenas queda nada de la riqueza de otros tiempos. Aprovecho por echar un trago de agua y dar cuenta del frugal almuerzo de mi zurrón (un poco de queso, aceitunas, algunas cerezas). Valoro dos posibles opciones, bien continuar hacia la encina bonita y rodear el monte del Caballo buscando la curva grande que baja al pueblo (lo cual alargaría mucho el recorrido) o descolgarme directamente por la vaguada del arroyo Camporredondo que se adivina justo frente a mis pies. Me inclino por esta última posibilidad, mucho más cómoda y rápida, así que atravieso la umbría del bosque y enseguida descubro la senda que de manera sencilla me conduce en un suspiro hasta Valbuena.

viernes, 25 de agosto de 2017

Coto Redondo


La noche es espléndida, el aire permanece en calma y el cielo se mantiene completamente despejado y cubierto de estrellas. Entre la Polar y la Vía Láctea descubro el rumbo a seguir, el “milky way” de las guías celestes, nuestro particular Camino de Santiago. Repararon la casa del Caminero; ahora se encuentra llena de libros, cuentos e historias fantásticas que podemos atrapar con la punta de los dedos. Una brillante idea de Carmen, la flamante señora alcaldesa. Hasta no hace mucho tiempo el caserón no era más que una ruina donde guardar los diferentes aperos del consistorio y donde acumular trastos de dudosa utilidad, cubiertos por una gruesa capa de polvo y de olvido. Una ayudita del Ayuntamiento, otro poco de la Junta y un empujón de la Diputación. Ahora, con la colaboración de todas las fuerzas sociales, acaba de inaugurarse un espacio cultural para el disfrute de pequeños y mayores (préstamo de libros, cursos de informática para jubilados, inglés para niños, cuentacuentos, etc.). A un lado de la puerta principal crece un olivo viejo y sarmentoso; su tronco reseco y arrugado, de las dimensiones de un cuerpo humano, rebrota desde la base con la inalterable fuerza del paso del tiempo (los que plantaron al otro lado del puente de piedra acabaron asilvestrados). Es extraño lo bien que crece el olivo a pesar de encontrarse en tierra extraña. La gasolinera está hasta arriba de camiones que pasan la noche en el aparcamiento cumpliendo el reglamentario alto en el camino (los periodos de reposo están ahora muy vigilados y el tacógrafo obliga a respetar de forma escrupulosa las necesarias horas de descanso). Algunas chavalas un poco ligeras intentan buscarse la vida, dulcineas sin suerte tras el rastro de un porvenir sin futuro. Venteros, carreteros y dulcineas, tal cual como la vida misma. Imagino algunos Sanchos pero un solo Quijote enfrascado en la compulsiva lectura de sus libros de caballerías. Los camioneros atraviesan Europa de un extremo a otro en enormes vehículos cargados con diferentes tipos de mercancías: de Portugal a Alemania, de Gibraltar a Eslovenia, incluso algunos llegan hasta Polonia o Rumanía, en los confines más orientales de la Comunidad. Sin duda los camioneros son nuestros carreteros del siglo XXI. Me tomo un café con Avelino, que trabaja esta noche. Charlamos un rato. Me cuenta cuando, de pequeño, se entretenía matando ratas con Isauro en el “moledero” junto a la herrería. Me pregunta por el "Coto Redondo" que me llevé el otro día (la gama alta de Pagos del Negredo, elaborado con cepas viejas del Cerrato). Muy bueno, comento con rotundidad, un vino fuerte e intenso con recuerdos a fruta madura y vainilla. Un poco caro, remarca Avelino. Claro, no se puede tener todo. Eso me parece a mí. Dejo a Avelino con sus cavilaciones y me vuelvo despacio por el camino de la Casa de las Brujas (apenas un pozo y un nogal en mitad de un campo de alfalfa que el amigo Teo cuida con cariño). Ni un solo ruido turba el silencio de la noche. Las luces rojas de los molinos en lo alto del páramo proporcionan el toque particular de un imaginario anuncio navideño. Los almendros viejos ya están dormidos. Paso sigiloso, casi de puntillas, por no molestar a los espíritus que habitan este mágico entorno (el cementerio no está lejos y en estas noches tan agradables muchas de las ánimas salen a dar una vuelta y a estirar las piernas pues andan siempre encogidas y con demasiada humedad, algo que no va nada bien para los huesos). La sombra del silo se alarga con la luz de la luna; en la estación fantasma ya no paran los trenes. Al otro lado de las vías, en el paraje de Lancha Quebrada, despierta el majuelo de Basilio alterando la calma del entorno con los petardos que pretenden espantar a los tordos.

sábado, 19 de agosto de 2017

El Bar del Pico


Desde la última reforma el bar ha mejorado mucho, hacía falta sanear el tejado con urgencia, renovar la electricidad y dar un lavado de cara integral a todo el local, especialmente al comedor. Ahora, con la plancha y los pinchos, los fines de semana dan muchas comidas y cenas, hay mucha más gente en el pueblo y el ambiente es más alegre y distendido. Dalmacio quería poner una máquina de lotería primitiva pero eso implica muchos permisos que al final no acabaron de autorizar desde la capital. Burócratas de mierda, jura por lo bajo Dalmacio. Sólo con el papeleo ya era como para quitarle las ganas a cualquiera. Yo pienso que habría sido una buena inversión pero las cosas no siempre salen como a uno le gustaría. La gente que ha merendado en las bodegas, se acerca al bar a tomar el café y el chupito; orujo blanco, hierbas o pacharán, ofrece el tabernero. Yo sigo entretenido con mi gin-tonic. Paco, de donde viene lo de Paquito Caudillo, pregunto a mi amigo Pacopús. Es por su padre. Pero ¿no era preso de guerra? Sí, era preso de guerra pero tenía un bigotillo como Franco y todo el mundo le llamaba Caudillo. Menuda contradicción. Aquí los motes se heredan así que su hijo siempre ha sido Paquito Caudillo. Éramos entonces muchos Pacos, yo soy Pacopús, de la familia de los Puses de toda la vida, también estaban los Tarabillas, los Guindillas, los Matapollos… Pues vaya. Por cierto, ¿de dónde viene el apodo de los Puses? Uf, eso es una larga historia que proviene de mi abuelo y mi bisabuelo, ya te contaré con más calma en otro momento. Tiene que ver con la guerra de Prusia donde estuvo batallando el bisabuelo, pero de eso hace ya muchos años. A ver si te acercas un día por la bodega y echamos un rato. Vino no va a faltar. Yo pienso en la guerra de Prusia intentando ubicarla en el tiempo, creo que debió de ser a finales del XIX, recuerdo vagamente los relatos donde Alphonse Daudet narraba las peleas entre franceses y alemanes. Muchos años y muchas historias; Paco es un hombre muy reservado así que por el momento tendré que permanecer con la intriga. Acabo mi gin-tonic y me vuelvo a casa dando un paseo sin prisa bajo el cielo estrellado. Paco se queda en el bar rememorando tiempos pasados. Recuerdo una foto antigua del bisabuelo cazador, una imagen en sepia de finales del XIX donde aparecía un hombretón con una gran barba sin bigote, botas con polainas, sombrero de cuero y una escopeta entre las manos, pero desconozco si se trata del famoso abuelo que inició toda la saga. La guerra de Prusia, por lo visto, tuvo lugar entre 1870 y 1871. Suena el silbido del tren y los petardos del tío Basilio intentando espantar a los tordos, aúllan los perros del vecino, al fondo asoma una luna anaranjada y redonda que se eleva sobre las colinas del Negredo. Me doy cuenta de que, en realidad, me paso el día caminando, una ocupación muy saludable que me mantiene en plena forma. Caminar y pensar, actividades complementarias íntimamente relacionadas. Las ideas que se agolpan en mi cabeza se organizan por su cuenta en un determinado momento, tejiendo una estructura sólida y compacta que no puedo controlar. Una nube autónoma que viaja por su cuenta en el interior del cerebro. Prefiero no pensar. Es como un puzle que al principio no eres capaz de entender, te sobran piezas, te faltan colores, pero al final todo acaba encajando. Aún me sigue rondando la duda sobre el apodo de la familia de mi amigo, tampoco recuerdo el nombre del marido de la señora Amparo, el simpático bilbaíno de Valbuena que no quiso decirme su nombre. Simplemente "el marido de la Amparo", no se me olvidará.