viernes, 25 de agosto de 2017

Coto Redondo


La noche es espléndida, el aire permanece en calma y el cielo se mantiene completamente despejado y cubierto de estrellas. Entre la Polar y la Vía Láctea descubro el rumbo a seguir, el “milky way” de las guías celestes, nuestro particular Camino de Santiago. Repararon la casa del Caminero; ahora se encuentra llena de libros, cuentos e historias fantásticas que podemos atrapar con la punta de los dedos. Una brillante idea de Carmen, la flamante señora alcaldesa. Hasta no hace mucho tiempo el caserón no era más que una ruina donde guardar los diferentes aperos del consistorio y donde acumular trastos de dudosa utilidad, cubiertos por una gruesa capa de polvo y de olvido. Una ayudita del Ayuntamiento, otro poco de la Junta y un empujón de la Diputación. Ahora, con la colaboración de todas las fuerzas sociales, acaba de inaugurarse un espacio cultural para el disfrute de pequeños y mayores (préstamo de libros, cursos de informática para jubilados, inglés para niños, cuentacuentos, etc.). A un lado de la puerta principal crece un olivo viejo y sarmentoso; su tronco reseco y arrugado, de las dimensiones de un cuerpo humano, rebrota desde la base con la inalterable fuerza del paso del tiempo (los que plantaron al otro lado del puente de piedra acabaron asilvestrados). Es extraño lo bien que crece el olivo a pesar de encontrarse en tierra extraña. La gasolinera está hasta arriba de camiones que pasan la noche en el aparcamiento cumpliendo el reglamentario alto en el camino (los periodos de reposo están ahora muy vigilados y el tacógrafo obliga a respetar de forma escrupulosa las necesarias horas de descanso). Algunas chavalas un poco ligeras intentan buscarse la vida, dulcineas sin suerte tras el rastro de un porvenir sin futuro. Venteros, carreteros y dulcineas, tal cual como la vida misma. Imagino algunos Sanchos pero un solo Quijote enfrascado en la compulsiva lectura de sus libros de caballerías. Los camioneros atraviesan Europa de un extremo a otro en enormes vehículos cargados con diferentes tipos de mercancías: de Portugal a Alemania, de Gibraltar a Eslovenia, incluso algunos llegan hasta Polonia o Rumanía, en los confines más orientales de la Comunidad. Sin duda los camioneros son nuestros carreteros del siglo XXI. Me tomo un café con Avelino, que trabaja esta noche. Charlamos un rato. Me cuenta cuando, de pequeño, se entretenía matando ratas con Isauro en el “moledero” junto a la herrería. Me pregunta por el "Coto Redondo" que me llevé el otro día (la gama alta de Pagos del Negredo, elaborado con cepas viejas del Cerrato). Muy bueno, comento con rotundidad, un vino fuerte e intenso con recuerdos a fruta madura y vainilla. Un poco caro, remarca Avelino. Claro, no se puede tener todo. Eso me parece a mí. Dejo a Avelino con sus cavilaciones y me vuelvo despacio por el camino de la Casa de las Brujas (apenas un pozo y un nogal en mitad de un campo de alfalfa que el amigo Teo cuida con cariño). Ni un solo ruido turba el silencio de la noche. Las luces rojas de los molinos en lo alto del páramo proporcionan el toque particular de un imaginario anuncio navideño. Los almendros viejos ya están dormidos. Paso sigiloso, casi de puntillas, por no molestar a los espíritus que habitan este mágico entorno (el cementerio no está lejos y en estas noches tan agradables muchas de las ánimas salen a dar una vuelta y a estirar las piernas pues andan siempre encogidas y con demasiada humedad, algo que no va nada bien para los huesos). La sombra del silo se alarga con la luz de la luna; en la estación fantasma ya no paran los trenes. Al otro lado de las vías, en el paraje de Lancha Quebrada, despierta el majuelo de Basilio alterando la calma del entorno con los petardos que pretenden espantar a los tordos.

sábado, 19 de agosto de 2017

El Bar del Pico


Desde la última reforma el bar ha mejorado mucho, hacía falta sanear el tejado con urgencia, renovar la electricidad y dar un lavado de cara integral a todo el local, especialmente al comedor. Ahora, con la plancha y los pinchos, los fines de semana dan muchas comidas y cenas, hay mucha más gente en el pueblo y el ambiente es más alegre y distendido. Dalmacio quería poner una máquina de lotería primitiva pero eso implica muchos permisos que al final no acabaron de autorizar desde la capital. Burócratas de mierda, jura por lo bajo Dalmacio. Sólo con el papeleo ya era como para quitarle las ganas a cualquiera. Yo pienso que habría sido una buena inversión pero las cosas no siempre salen como a uno le gustaría. La gente que ha merendado en las bodegas, se acerca al bar a tomar el café y el chupito; orujo blanco, hierbas o pacharán, ofrece el tabernero. Yo sigo entretenido con mi gin-tonic. Paco, de donde viene lo de Paquito Caudillo, pregunto a mi amigo Pacopús. Es por su padre. Pero ¿no era preso de guerra? Sí, era preso de guerra pero tenía un bigotillo como Franco y todo el mundo le llamaba Caudillo. Menuda contradicción. Aquí los motes se heredan así que su hijo siempre ha sido Paquito Caudillo. Éramos entonces muchos Pacos, yo soy Pacopús, de la familia de los Puses de toda la vida, también estaban los Tarabillas, los Guindillas, los Matapollos… Pues vaya. Por cierto, ¿de dónde viene el apodo de los Puses? Uf, eso es una larga historia que proviene de mi abuelo y mi bisabuelo, ya te contaré con más calma en otro momento. Tiene que ver con la guerra de Prusia donde estuvo batallando el bisabuelo, pero de eso hace ya muchos años. A ver si te acercas un día por la bodega y echamos un rato. Vino no va a faltar. Yo pienso en la guerra de Prusia intentando ubicarla en el tiempo, creo que debió de ser a finales del XIX, recuerdo vagamente los relatos donde Alphonse Daudet narraba las peleas entre franceses y alemanes. Muchos años y muchas historias; Paco es un hombre muy reservado así que por el momento tendré que permanecer con la intriga. Acabo mi gin-tonic y me vuelvo a casa dando un paseo sin prisa bajo el cielo estrellado. Paco se queda en el bar rememorando tiempos pasados. Recuerdo una foto antigua del bisabuelo cazador, una imagen en sepia de finales del XIX donde aparecía un hombretón con una gran barba sin bigote, botas con polainas, sombrero de cuero y una escopeta entre las manos, pero desconozco si se trata del famoso abuelo que inició toda la saga. La guerra de Prusia, por lo visto, tuvo lugar entre 1870 y 1871. Suena el silbido del tren y los petardos del tío Basilio intentando espantar a los tordos, aúllan los perros del vecino, al fondo asoma una luna anaranjada y redonda que se eleva sobre las colinas del Negredo. Me doy cuenta de que, en realidad, me paso el día caminando, una ocupación muy saludable que me mantiene en plena forma. Caminar y pensar, actividades complementarias íntimamente relacionadas. Las ideas que se agolpan en mi cabeza se organizan por su cuenta en un determinado momento, tejiendo una estructura sólida y compacta que no puedo controlar. Una nube autónoma que viaja por su cuenta en el interior del cerebro. Prefiero no pensar. Es como un puzle que al principio no eres capaz de entender, te sobran piezas, te faltan colores, pero al final todo acaba encajando. Aún me sigue rondando la duda sobre el apodo de la familia de mi amigo, tampoco recuerdo el nombre del marido de la señora Amparo, el simpático bilbaíno de Valbuena que no quiso decirme su nombre. Simplemente "el marido de la Amparo", no se me olvidará.

sábado, 12 de agosto de 2017

El bosquecillo de encinas de Vilandrando


Atravieso de nuevo el bosquecillo de encinas, que a esta hora es como un bosque encantado, y bajo hacia el pueblo guiado por las luces de la carretera. Mucho tráfico de camiones en ambos sentidos. Un incesante río de puntitos, un continuo reguero luminoso que no detiene su movimiento ni de día ni de noche. Humean las chimeneas de las bodegas, sin duda su particular momento de gloria. Cualquiera podría imaginar un poblado troglodítico. El aroma de la leña y los manojos de sarmientos se mezcla con el olor de la panceta y las chuletillas a la brasa. Acacias y negrillos, matas de orégano, tomillo y mejorana, té de monte, manzanilla. Camino entre las zarceras y los espigados respiraderos de las bodegas. Doy un tiento al porrón que me ofrece Teodoro (clarete de Villahán confirma con solvencia) y continúo mi recorrido tras aclarar la garganta del polvo del camino. Tras mi caminata vespertina llego al pueblo con hambre y con sed. Podría comerme cualquier cosa, el clarete de Teodoro y el olor de las chuletillas han acabado de despertar mi apetito. Coincido en el bar con Paquito Caudillo (nunca supe de donde venía su mote tan particular) y le cuento que esta tarde estuve paseando por la Colonia. Paquito vive en Bilbao pero viene por el pueblo con mucha frecuencia. Nació en la misma casa donde hoy se ubica el único bar del pueblo. Cada vez está peor, señalo con pesadumbre hacia las ruinas de la Colonia. Sí, una pena lo del Sanatorio (él sigue hablando del Sanatorio, muy anterior a la Colonia Infantil). Me cuenta que su padre estuvo allí trabajando durante muchos años; en realidad su padre, que era alférez de Marina en Cartagena, fue trasladado como preso de guerra para construir el sanatorio a finales de los años treinta (la primera piedra fue colocada en 1939). Mucho dolor y mucho sufrimiento. Al acabar de cumplir su pena, el padre de Paquito Caudillo se quedó empleado en el Sanatorio que había ayudado a construir con sus propias manos; primero como calefactor y luego como electricista, maquinista y todos los oficios relacionados que se acababan resumiendo en uno solo, cumplir con el trabajo para ganar el sustento diario. Al final se acabó casando con una chica del pueblo y reposa, lejos del mar, en el pequeño cementerio rodeado de compañeros de aventuras y desventuras. Mientras me tomo una cerveza bien fría, Dalmacio me prepara unos huevos fritos con lomo y patatas que devoro con sumo placer. Aquí las patatas son patatas de verdad y los huevos son huevos de gallinas libres de Mazuecos (así se comprende la afición de Delibes cuando, mojado y cansado de patear el campo tras conejos y perdices, se acercaba a tomar unas patatas con carne frente a la chimenea del comedor en aquellos lejanos tiempos en que Benito y Mariángeles regentaban el bar). No hay nada como tener hambre para comer con ganas. Pienso en el pueblo de mi amiga Cris, Mazuecos del Valdeginate y sus tortillas de dieciocho huevos. ¿Quieres postre? pregunta Dalmacio. Claro, quiero postre y café. ¿Tienes flan? Sí. ¿Es casero? Si, casero de huevo. Pues ponme un flan de huevo y un cortado con leche fría, por favor. Al acabar de cenar pido un gin-tonic. Dalmacio, todo un experto desde los lejanos tiempos del Sanga, prepara el hielo, la corteza de limón, la ginebra y la tónica según la clásica receta de Luisito, nuestro común amigo recientemente jubilado. Fundamental la tónica bien fría y el hielo de calidad para no aguar la bebida. Sale Mary a saludar, la mujer se pasa el día trabajando en la cocina, tiene buena mano. ¿Cenaste bien? Fenomenal Mary, muchas gracias. Es viernes y el bar, entre las cenas y las copas, se encuentra muy animado. Tampoco hay muchas más alternativas, realmente es el centro de la comarca.

sábado, 5 de agosto de 2017

El sanatorio antituberculoso


Observo con admiración a este viejito menudo y moreno que sube las cuestas del páramo con su BH plegable de más de 40 años, como si fuera un chaval. Antes la cadena rozaba y sonaba un poco pero desde que la he aceitado va de cine. Hay que tener ganas y entusiasmo. Pienso que cuando llega ese momento en que no deseas nada ni necesitas nada, probablemente sea el instante en que te das de bruces con la verdadera felicidad. Muchas veces no somos capaces de reconocerlo pero esa sensación es la que percibo ahora mismo charlando con este hombre de asuntos intrascendentes. La importancia de las pequeñas cosas. Ale, me voy, que se me hace de noche y aún me queda camino. Adiós, vaya con cuidado, a ver si nos vemos por Valbuena uno de estos días. Con Dios. Cuando quiera, allí tiene usted su casa, no tiene más que preguntar por el de Bilbao, el marido de la Amparo, nos conoce todo el mundo. Un vaso de vino y un rato de charla nunca le van a faltar. Le veo alejarse contento y feliz y me doy cuenta de que no me ha dicho ni su nombre; tendré que recordarle como "el marido de la Amparo", el viejito menudo de la bicicleta. Hay días en que el cielo se empeña en enviarnos algún hermoso regalo; me doy cuenta de que la ausencia de deseo tiene mucho que ver con el descubrimiento de la verdadera felicidad. Definitivamente tendré que acercarme a dar una vuelta por Valbuena. Me interno en el laberíntico conjunto de edificios que forman el complejo del antiguo Sanatorio Antituberculoso dedicado al general Varela (San Fernando 1891-Tánger 1951), ministro del ejército durante la dictadura franquista y un hombre con muchísimo poder en su tiempo. José Enrique Varela, compañero de Franco en Marruecos, comenzó su carrera como soldado raso y la acabó como general, algo verdaderamente inusual en este ámbito; se trata de uno de los pocos militares honrado en dos ocasiones con la concesión de la Gran Cruz laureada de San Fernando, la más alta distinción al mérito militar, por su heroísmo en los combates mantenidos en el Protectorado de Marruecos durante los años 1921 y 1922. Apartado del gobierno franquista tras los sucesos de la Basílica de Begoña (un ataque falangista con bombas en una ceremonia religiosa organizada por los carlistas el 16 de agosto de 1942), fue nombrado Alto Comisario de España en Marruecos y murió de leucemia en Tánger. Su hija Casilda fue la primera mujer de Paco de Lucía pese a la fuerte oposición familiar (se casaron en Ámsterdam el 27 de enero de 1977 y tuvieron tres hijos, Casilda, Lucía y Curro. Veinte años más tarde Paco se casó con Gabriela, una mejicana con la que tuvo dos hijos, Antonia y Diego). Sin darme cuenta me encuentro tarareando de manera refleja la melodía de "Entre dos aguas", una asociación mental automática. El Sanatorio Antituberculoso fue planificado en 1938, la primera piedra se puso en 1939. Recorro despacio todo el conjunto, la entrada señorial y la casa del coronel, la piscina con vistas (parece ser que no había piscina igual en todo el entorno), las galerías al sur donde se soleaban los pacientes, los salones y el cine, las casas de los mandos y las casas de los obreros… En su momento llegó a disponer de hasta 200 camas para los enfermos. Sol y aire puro en pleno centro de la meseta. Cuatro plantas más sótano con agujeros en techos y suelos. Una vez que los gitanos y chatarreros se llevaron todo el hierro de los forjados, cayeron pérgolas y techumbres y los edificios se fueron viniendo abajo, uno tras otro, como fichas de dominó. Un antiguo ascensor, roto y oxidado, se esconde en el sótano. Lamentable imagen de desolación y abandono. Me hago una ligera idea de conjunto, imposible imaginar con certeza cómo podría haber sido todo esto en sus tiempos de esplendor.

sábado, 29 de julio de 2017

El amigo de los abejarucos


Miro a mi nuevo amigo de arriba a abajo, se trata de un hombre flaco y fibroso, menudo, con sus alpargatas de esparto y su gorra de lona con la propaganda de John Deere, probablemente la más famosa marca de maquinaria agrícola desde su fundación por un herrero de Illinois en el año 1837. Se conoce que no tiene mucha prisa. Ahora que se acaba de jubilar, me dice que pasa largas temporadas en el pueblo, libre como un pájaro y sin obligaciones de ningún tipo. Sostiene que le llega con lo que tiene y que no necesita nada más, mientras una enorme sonrisa ilumina su rostro. Un hombre satisfecho con la vida y con el destino que le ha tocado en suerte, sin duda lo mejor que podía haberle ocurrido. La gorra, ya gastada por el uso, es amarilla y verde como los abejarucos, los guardias civiles y los pitos reales, el pájaro carpintero más común en la zona. Me fijo en el logo enmarcado en el frontal de la gorra; representa un corzo saltando: "Nunca doy mi nombre a un tractor que no encierra en sí mismo lo mejor de mí mismo". Un verdadero innovador el famoso herrero de Illinois. El hombre sigue diciéndome que le gusta el campo y que sale todos los días a caminar o a pasear en su bici, su mujer es más casera, no hay quien se haga con ella, afirma convencido. Entiendo que le gustaría que su mujer le acompañara en sus paseos diarios pero cada cual tiene sus preferencias y no siempre es fácil ponerse de acuerdo. A ella le gusta ir a Misa y charlar con las amigas, a mi me gusta salir al campo, no hago mal a nadie, qué le vamos a hacer. Todavía se aprecia el fuerte deje extremeño que no ha perdido, a pesar de tantos años fuera de su tierra. Mi primera impresión, y no me suelo equivocar, es que se trata de un hombre recio y austero. El camino del río es muy llano, continúa explicándome con parsimonia, pero el que sube al páramo tiene su desnivel y sus curvas y eso me gusta porque me obliga a esforzarme. Conozco bien ese camino, apostillo con confianza, sale desde el cementerio, pasa junto a la ermita de la Soledad y las ruinas del molino, y sigue paralelo al río durante un buen trecho. Creo que también hay unas ruinas que debían pertenecer a un convento o monasterio. Sí. La iglesia de san Martín de Tours y las ruinas del convento de san Miguel justo a la salida del pueblo, puntualiza con seguridad. Ya no queda casi nada. ¿Conoce el vallecito de san Vicente? No se lo pierda, es una maravilla. Claro que conozco el vallecito de san Vicente, una vaguada secreta donde se esconden los corzos y los jabalíes, lo he recorrido muchas veces en ambos sentidos, he bajado desde los Corrales del Peón y desde el cruce de la Quinta, un antiguo convento abandonado donde una sola pared se mantiene en pie, me he refrescado en la fuente de Canalejas, he hablado con los pastores y me he refugiado en sus chozos de paja o de piedra, conozco también el camino de las Monjas, hay que ir con precaución pues colocaron un montón de colmenas y está todo lleno de carteles señalando "Cuidado, abejas". Uno, ante este tipo de anuncios, no sabe muy bien cómo reaccionar... Avisado estás, aunque no sepas qué hacer para evitar la picadura de un insecto cabreado. El hombrecillo se ríe, me habla de los pájaros y de los árboles, de los tonos metálicos de los abejarucos y de la astucia de los raposos, de las águilas y los milanos. Antes de salir de su pueblo trabajó de pastor. Ahora, que ya ha completado su ciclo de su vida, dice vivir de prestado (lo mismo que en su momento me explicaba mi abuelo y que mi abuela no quería acabar de entender), disfrutando de su tiempo libre con toda la intensidad posible. Ese es el secreto, mi nuevo amigo no necesita nada, es feliz con lo que tiene y con lo que le depara el destino.

domingo, 23 de julio de 2017

El viejo puente de piedra


Salgo de casa, atravieso el río por el viejo puente de sillares de caliza y saludo a sus solitarios e inmóviles leones. El puente, de origen romano, está iluminado por dieciocho ojos de piedra. Recorro sus múltiples arcos, cegados por innumerables restos de la última riada, y contemplo los tajamares donde el agua rompe con fuerza. A un lado la tranquilidad de la isla con sus alisos, sauces y fresnos, al otro los chopos y los rápidos del río con sus corrientes espumosas donde gustan solazarse los peces. A mano izquierda destaca el cuérnago con su caz que se dirige hacia el antiguo molino de luz, junto a la herrería y el taller. Dicen que el molino pertenecía a la familia de don Mariano, un sabio a pesar de su precoz ceguera infantil; la fábrica de luz producía la energía eléctrica necesaria para el alumbrado, siendo capaz de surtir de electricidad incluso a los vecinos de Villandrando y a la cercana Dehesa de Cordovilla. La única construcción que destacaba al otro lado de la actual carretera era el hoy arruinado matadero, claro, la carretera principal pasaba por medio del pueblo y entre las últimas casas y el río no había otra cosa que campos de labor. Al otro lado del puente se extiende el monte con las bodegas a sus pies. Desde el pueblo se adivinan los tejados del Sanatorio medio ocultos por la vegetación. Algunos de los presos obligados a trabajar en su construcción, posteriormente trabajadores del Sanatorio, se acabaron casando con chicas del pueblo y formaron familias con renovada sangre aportada por la nueva juventud instalada a la fuerza lejos de su tierra. Dicen que hubo fusilamientos al pie del monte Ramírez. Imposible escapar al destino. Frente a la alternativa de la muerte no queda más remedio que resistir, eso es lo que hacía toda esta gente. Resistir y sobrevivir como mejor podían. Me dirijo al barrio de las bodegas; continúo por el camino de la Peñuela y atajo por la senda que atraviesa el bosquecito de encinas para salir directamente a las casas de la Colonia (yo soy de los que siguiendo diciendo la Colonia), justo en la curva de la carretera que sube al páramo de Valbuena (el Valle Bueno que señalan los mapas antiguos). A la derecha el talud de los abejarucos, de frente los restos de la antigua cantina del señor Serrucho y el camino de tierra que se dirige a las ruinas. Los guardias pasan despacio a bordo de su coche patrulla, suelen recorrer la zona con frecuencia. Nos saludamos con un gesto, aquí nos conocemos todos. Parece que se dirigen a las Casas de Polanco, en lo alto del páramo. Me cruzo con un abuelo que sube la cuesta apoyado en su vieja bicicleta. Ni cambios ni aluminio, puro hierro del de toda la vida. El hombre no me suena de nada, creo que nunca antes nos hemos visto, suelo ser buen fisonomista y no es fácil que se me olvide una cara conocida. Me cuenta que es de Valbuena, que le gusta hacer deporte y que ha bajado muy bien (a pesar de los baches, el mal asfalto y la ausencia de arcenes) pero ahora que el camino se vuelve a poner cuesta arriba, ha tenido que apearse y continuar empujando la bici. Me explica que siempre le gustó montar en bicicleta y que, a pesar de la edad, aun conserva buena agilidad y reflejos. Doy fe, parece que se mantiene en muy buena forma. En realidad la de Valbuena es mi mujer, puntualiza muy ufano, él es de un pueblo muy pequeño de Extremadura pero viven en Bilbao desde hace más de cincuenta años. Ya sabe usted, en aquel tiempo había que buscar trabajo donde fuera para escapar del hambre y la miseria. Difíciles años de posguerra donde todo escaseaba y había que trabajar duro por sacar un jornal con que alimentar a la familia. Las hijas, vascas casadas con otros vascos de Castilla, Extremadura y Andalucía, hace ya tiempo que viven la vida por su cuenta.

domingo, 16 de julio de 2017

Volvemos por Las Negras


Amanece un día gris con retazos de cielo azul. El poniente sopla con fuerza agitando las copas de las palmeras (hasta ahora soplaba el levante pero de repente cambia la dirección del viento). Pasan los días, uno tras otro, en medio de la tranquilidad y el silencio. Las Negras o Agua Amarga, dice la chica de la oficina de información; en Cabo de Gata estarán volando. Imposible ir a la playa con este cielo y este airón; decidimos visitar el interior. Coincidimos con Javi y su familia en el precioso vivero a la salida de Níjar: “Cactus Níjar es-Cultura” con las magníficas piezas de Anne Kampshulte alegrando el jardín. Anuncian el concierto gratuito del próximo sábado, uno de julio. Toni nos enseña sus cactus y sus olivos, fuerza de la naturaleza a través de la luz y el sol. Algunas plantitas para África (lithops, Faucaria tigrina y Pleiospilos nelii rubrum, de intenso color rojizo). Habrá que reorganizar nuestro jardín. Tendré que reponer algunos ejemplares pues la maceta de los lithops se está despoblando, los chochillos (Pleiospilos) y las portulacarias van bien, los aloes se recuperan despacio y los kalanchoes se multiplican de forma viral. Poco riego y mucha luz, insiste el chico que nos atiende. Ni una gota en invierno, en verano admiten mayor frecuencia de riego pero es fundamental un buen drenaje (los lithops son de poco agua y pocos amigos). Los cactus soportan bien el frío pero no aguantan las heladas; una vez se congela el tejido, la planta se desintegra (como el aloe en Vailima el pasado invierno). Delicadas mimosas, higueras y falsos pimenteros; esta vez no veo ni un solo granado. Javi escoge un pequeño olivo para la terraza de su casa. Trabajar en un jardín debe ser muy reconfortante. Javi tiene intención de acercarse a Agua Amarga, nosotros paseamos un rato por Níjar. Hace calor. Visitamos las tiendas de cerámica, tomamos unas cervezas en el Bar Ortiz, en el cruce de la avenida con la calle de las Eras. Las tapas son distintas cada día, nos dice la camarera, una chavala muy amable con un corte de pelo a lo chico y tatuajes espectaculares. Entre unas cosas y otras, olvido preguntar su nombre. Con las cervezas y las tapas (carne al ajillo, bonito encebollado, bacalao con tomate...) comemos muy bien. En la alfarería habitual encontramos algunas piezas que nos llaman la atención: un enorme botijo de barro rojo y una marmita para cocinar. La chica que nos atiende nos explica que el botijo es de Alicante y la marmita de Albox (o de Sorbas, no recuerda bien); un barro especial que soporta altas temperaturas (nos recomienda sumergirla en agua toda una noche antes de utilizarla). Calidad a precio razonable: diez euros el botijo y doce la marmita con tapa (que imagino sobre la estufa de Vailima cociendo a fuego lento con alubias, oreja, ajo y laurel). En el antiguo Coral, el 11 de la avenida principal, nos ofrecen una mesa de teselas a mitad de precio (esas mesas de mosaico tipo marroquí). Elegimos la de color granate, más discreta que la verde o la azul. La idea sería montar un rincón en la cocina donde desayunar sin prisas. Volvemos por Campohermoso y Las Negras, un recorrido más largo pero bastante más entretenido. Atravesamos las minas de oro, subimos la Amatista y alcanzamos San José. La silueta azul de los Frailes domina el entorno. Las nubes ocultan el sol pero el aire corre como si hubieran encendido un ventilador y las hojas de las buganvillas invaden la piscina con sus diferentes tonos y colores. En la playa apenas hay gente, la arena volando a cada lado acaba siendo molesta. Volvemos a El Faro; berenjena con miel, calamar en aceite y gallopedro frito tal y como nos sugiere Alejandro (dice que resulta más jugoso). Saetías blanco de la zona. Todo un acierto. Cafés y chupitos por cuenta de la casa. Nos despedimos del Cabo con una cerveza artesana en la Abacería.