
Amanece en
Genoveses. Me entretengo jugando con las nubes entre los troncos de los
eucaliptos secos, la única vegetación de la zona junto con los pitacos y algún
palmito instalado en las vaguadas por donde corre el agua de manera ocasional. Cabelleras
despeinadas por nubes voladoras que nos pasan por encima a toda velocidad. Apenas
nos damos cuenta pero basta apresar un instante para reflexionar sobre la
naturaleza del paso del tiempo. Nubes de algodón teñidas por el rosa de la mañana.
Dos cormoranes se deslizan silenciosos contra el cielo del amanecer mientras
una bandada de pajarillos revolotean junto al borde del agua, único elemento que
turba la impresionante calma de la mañana. Un cuerpo rechoncho con un pico y
unas patitas tan estilizadas que parecen imposibles de sostener el peso del
ave. Sin embargo todos sabemos que las aves vuelan porque tienen los huesos
huecos y el plumón que recubre su cuerpo se pone en marcha con apenas un
soplido del viento. El sol aparece puntual por una esquina de la playa,
comienza a elevarse sobre el horizonte y desaparece la magia de esa primera
hora, la mejor sin duda de toda la jornada. El reflejo que ilumina la
superficie del mar colorea los troncos secos de los eucaliptos; un tono naranja
compacto completamente distinto del rosa sutil que presentan las nubes. Una vez
que aparecen los azules en el cielo, comienza la mañana y llega el momento de
emigrar. Un cortado por entrar en calor después del madrugón. Nos acercamos a Níjar
por comprar un enano para el jardín. Se me ocurre así de repente sin pensar mucho,
una de esas ideas que sobrevuelan un tiempo en la mente hasta que una conjunción
de casualidades hace que se materialice como por arte de magia. Nigerianos en
bici transitan entre los plásticos de los invernaderos, un territorio mestizo e
intercultural. "Se echa plástico". "Blanqueos", anuncian
por doquier. Visitamos la galería de arte y la tienda de antigüedades
africanas. En una de las tiendas de alfarería encontramos un enano muy discreto
que recoge setas intentando pasar desapercibido medio oculto bajo las hojas
secas de una higuera gracias al tono entre gris y amarillento de su superficie;
un enano barbudo y viajero de piedra artificial aunque yo nunca he sabido de la
existencia de dos tipos de piedra. Su aspecto se sitúa entre la imagen de un
druida y la de uno de los apóstoles. Un hombre mayor me explica que lo que más
se vende ahora son los enanos y los Budas, de los que dispone una amplia
variedad encerrados en un cercado de alambre junto a un huerto de naranjos, olivos
e higueras. En vez de gallinas, tinajas, budas y enanos de jardín, que los
zorros aquí son muy astutos. Yo pienso que pondremos a nuestro enano entre la higuera
y el escaramujo para que el paso del tiempo lo acabe cubriendo con la pátina de
la sabiduría y el verdín de la reflexión. No es bueno cambiar los hábitos de la
gente y los enanos, aunque sean de piedra artificial, también tienen su corazoncito
y sus sentimientos. Si se encontraba cómodo bajo una higuera, mantendremos su sabia
decisión aunque en Vailima pasará bastante más frío de lo que soporta
actualmente. De momento habrá que buscarle un nombre acorde con su naturaleza. Un
bonito botijo artesano con colores locales y un par de tinajas de barro completan
el lote de cerámica que trasladamos a Vailima; al fin y al cabo un rincón del
paraíso en nuestra propia casa.